Traductores, por Héctor Abad Faciolince

Conozco oficios útiles que no son hermosos: cajero de banco (pasarse la vida contando plata ajena), embalsamador (tratar lo muerto para que no se pudra), matarife (descuartizar animales). Por necesarias que sean estas profesiones, no me gustaría reencarnar en enterrador, en verdugo, en carnicero. Otros oficios, en cambio, tienen una dignidad estética que los hace bellos: panadera, cocinero, carpintero . Me dedicaría a ellos sin chistar, si tuviera otra vida. Pero entre los oficios bellos que existen, quizás el más hermoso que hay sea el de traductor.

Saber que no distingo ni una letra del alfabeto cirílico, que no entiendo uno solo de los miles de caracteres japoneses, saber que de las letras griegas apenas si distingo el alfa y la omega, no entender ni uno solo de los jeroglíficos egipcios y haber leído, sin embargo, el Libro de los Muertos, haberme conmovido con Tolstói, haber entendido a Basho, a Platón, y tener al menos una remota idea de sus ideas. Por esta sola magia los traductores merecerían muchos más homenajes que los sociólogos y los psicoanalistas, que los banqueros y los políticos. Pero no: rara vez se los celebra y rara vez se exalta su oficio.

Hay un solo oficio que me gusta más que el de traductor, tal vez porque es más descansado, menos duro y más irresponsable: el de lector. Pero si uno lo mira y lo piensa bien, el traductor no es otra cosa que un lector exacerbado, un lector excesivo, minucioso, obsesivo, preciso y necesario. Dijo una vez Antonio Muñoz Molina: “El traductor es el lector elevado al grado máximo, el que presta a un libro una atención que a veces ni siquiera el autor le ha dedicado”.

Pero fuera de buen lector, el traductor literario tiene que ser un gran escritor en la lengua de destino de sus traslados. Si no tiene los registros, las herramientas, los recursos léxicos, sintácticos y narrativos de su propia lengua, si no tiene esa escasa inteligencia que consiste en comprender (comprender en el más alto sentido de la palabra) fracasa como coautor, que es aquello en lo que en realidad se convierte cuando es bueno. Lo que no puede ser es un escritor tan lleno de estilo, tan dueño de una prosa idiosincrásica, que haga parecer como si fueran propios los libros ajenos que traduce. Gogol dijo que el “traductor ha de ser transparente como el cristal”. Lo que debe notarse son las características, las bondades, incluso a veces los defectos del texto original, las manías, los tics, los hallazgos… A veces, si el escritor está vivo y puede consultársele, el buen traductor nos salva muchas veces de nuestras tonterías, inexactitudes, errores y distracciones. Nos corrige y nos mejora. Dos grandes traductores presentes en la Feria del Libro me han hecho ese favor: Anne McLean y Albert Bensoussan; esta nota quiere ser un amoroso reconocimiento a su trabajo.

Elke Wehr, una gran traductora al alemán, decía que todo el día todos nosotros estamos traduciendo. En este momento ustedes traducen las letras que están leyendo a un lenguaje mental, el mentalese, la muda lengua del pensamiento, que es lo que nos permite entendernos. Cuando uno no conoce una palabra y busca su definición, está traduciendo un sonido no a otra lengua, pero sí al pensamiento. Fíjense en esta antigua palabra castellana que designa un oficio: mamporrero. Es posible que muchos de ustedes no sepan lo que quiere decir. Bueno, de ahora en adelante la entenderán y quién quita que hasta un día la usen en la casa: el mamporrero es quien toma el miembro de un caballo y lo dirige a la vulva de la yegua para ayudar a que quede preñada: la idea, la acción, tiene su encanto (o su asco) y es compleja, pero queda resumida en una sola palabra muy expresiva. Traducir es eso: entender lo que es un mamporrero y guardarlo en la mente, y si son tan berracos, pasarlo con precisión y expresividad a una lengua distinta.

Fuente: http://prodavinci.com/2012/05/02/actualidad/traductores-por-hector-abad-faciolince/

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