Bailando el desamor

Por Cecilia Romero

“Cuando subes a un escenario sientes que estás en el cielo, es algo que no se vuelve a vivir dos veces, y una vez ahí estás esperando que todos te aplaudan y bailen contigo” dice Adriana Mendoza, integrante de Las Traicioneras del Amor, minutos antes de subir al escenario y presentarse ante un público numeroso, que expectante aguarda a los grupos de huayño zapateado en uno de los tantos locales que abren sus puertas en la avenida Blanco Galindo.

Entonces, comienza la música y el zapateo, las polleras giran y un baño de lentejuelas anega con sus vibrantes colores el lugar. La gente baila también, las canciones se deshacen en un rosario de penas de amor, desencuentros y fatales flechazos.

Los orígenes de este género propio de la región andina de Latinoamérica se ubica en el imperio incaico, como una expresión musical creada para la colectividad, para compartir y crear lazos. Su evolución a través del tiempo permite que se convierta en la música característica del altiplano boliviano. El escritor peruano José María Arguedas brinda la siguiente referencia: “El huayño es como la huella clara y minuciosa que el pueblo mestizo ha ido dejando en el camino de salvación y creación que ha seguido. En el huayño la obra que ha quedado para toda la vida, todo los momentos de dolor, de alegría, de terribles luchas y todo los instantes en que fue encontrada la luz y la salida al mundo grande en que podía ser como los mejores.” Por su parte, la investigadora sobre la historia y las variantes del huayño boliviano, Cecilia del Carmen Ramallo, afirma “a lo largo del siglo XX, el huayño se introdujo profundamente en la bolivianidad, bailándose donde la gente se reúne para divertirse, como broche de oro de otra danza (generalmente la cueca) y de toda la fiesta en sí. El huayño actual resulta de la fusión de varios ritmos, empero, sin perder el toque característico boliviano, destacando además sus particularidades”.

El huayño es el gran género que permite todas las variantes posibles, siendo el huayño zapateado un baile de movimientos alegres, cuyo orden e intensidad responderán de acuerdo a la tonada, teniendo su momento de mayor júbilo cuando las cantantes bailarinas ejecuten un zapateo ligero y enérgico a la vez.

El huayño zapateado recibe en la actualidad varios afluentes de los géneros cumbia villera y huayño peruano, mostrándose como una nueva versión sobre la misma base y siendo la clara expresión de un movimiento neofolklórico, de amplia libertad sincrética, que tiene cada vez un tono más comercial, de libre adaptación y adopción de instrumentos musicales, no convencionales del huayño tradicional, y aún así, de hacer permanentes sentimientos o transfiguración de sus alegrías, el dolor, búsquedas amorosas y esperanzas. De igual manera permite una forma nueva de expresar cómo los jóvenes negocian con el entorno y cómo construyen, desde esta esfera, su propio concepto de lo popular y lo mestizo.

Evidenciamos que esta vigorosidad y expansión de los diferentes estilos musicales andinos en las ciudades y en los ámbitos periféricos son expresión de una democratización y amplitud de quienes ahora pueden ser fenómenos masivos de preferencia musical, esto se refleja también en el interés que se ha generado en otros países tales como Chile, Brasil y Argentina por este tipo de música, lugares de presentación constante de muchas de estas agrupaciones.

Así el huayño muestra una vez más su gran flexibilidad y poder de sincretismo. Mauricio Sánchez Patzy, sociólogo e investigador, afirma: “El huayño, especialmente en la zona del Perú y Bolivia, en los andes centrales, ha perdurado de manera extraordinaria, probablemente como el género precolombino más permanente, en el siglo 20 hay una recuperación del huayño en diversos niveles por la gente andina tanto en los pueblos como en las ciudades, a través de procesos de espectacularización de la música popular, así el huayño empieza a convertirse en una forma muy popular que se adapta con mucha facilidad a diferentes gustos de época, con una matriz muy moldeable que ha permitido que en Bolivia haya una enorme recuperación del huayño a través del neofolklore. En el caso de Cochabamba, esta ciudad debería declararse patrimonio cultural de la humanidad por su gran riqueza cultural e histórica, porque ha generado y genera estilos musicales extraordinarios y cuya influencia se percibe más allá de nuestras fronteras”.

Este subgénero también ha permitido ciertos rasgos particulares como la creciente feminización en las agrupaciones, los grupos son acompañados en la parte instrumental por una presencia masculina instalada a un costado del escenario o en segundo plano, siendo ellas las que llevarán la parte más importante, asumiendo también en una gran proporción las composición de las letras y ser de igual manera las que armen las coreografías, en un trabajo de construcción colectiva.

En este collage de influencias varias, el huayño zapateado no escapa a los viejos usos que la cultura impone, persiste un juego erótico ahí donde el poder de la sugerencia entre lo que se muestra y se oculta, toma un tono ambiguo. Las polleras, recordándonos lo que pasó con la danza caporal urbana, se acortan, adoptan colores fosforescentes, aparece el oropel típico de las ciudades, la mixtura y la mezcla. Sánchez afirma “En este mundo global, donde hay un mercado para todo, se juega mucho con este concepto binario del género (…) Hay un divismo detrás de todo esto, donde vemos también que esta cultura tienen sus propios gustos, sus propias leyes y su propia estética, esto muestra mucha vitalidad y creatividad del mundo andino y también muchísima contradicción y ambigüedad, condición típica de las culturas populares”.

El sincretismo se ve no sólo en la forma que adopta la música, sino también en la representación visual; una que tiene la capacidad de negociar con lo foráneo y recrearse constantemente en una coyuntura donde lo plural y lo multicultural es el paraguas en el que se apoya la extensa diversidad que nos hace. Esta es una cuestión vital en la cultura boliviana, condición además, que nos permite gozar de una gran variedad de estilos y donde la estética del exceso o las combinaciones anticonvencionales son una forma que adquiere valor y también belleza. Mauricio Sánchez afirma que “existe una manera de ver el mundo, de habitarlo y decorarlo, que muchas veces no condice con las idealizaciones de los historiadores de arte, ni aparece en los libros poblados de lujosas ilustraciones”, este es un determinante muy claro en la forma que las culturas populares bolivianas construyen sus procesos identitarios, además como una forma real y hasta rebelde de mestizaje respecto a las grandes influencias globales, sobre todo en términos estéticos.

Respecto a este fenómeno de espectacularización de la música popular de la que habla Sánchez y el poder latente que tienen las sociedades de recrear nuevas formas de expresión (elementos clave para entender la gran riqueza que albergan las culturas mestizas) no es fenómeno nuevo, afirma, ya que tiende a tener momentos de gran ebullición y luego a diluirse lentamente en el gran mosaico de géneros y subgéneros que ha propiciado y propiciará el huayño.

Probablemente el huayno zapateo agote en un tiempo su novedad, o tal vez tenga la capacidad de renovarse; nadie sabe exactamente cuáles serán los rumbos que tomará este subgénero, porque en nuestra geografía siempre irrumpe la sorpresa y lo inesperado. Sin embargo, el huayño zapateo con su movida de amplia popularidad en las zonas periurbanas y pueblos del valle alto, mantiene una vigorosidad que guarda dentro suyo la semilla que hace que el huayño sea la forma más permanente de expresión andina, y pese a los reciclajes que permite no ha perdido tono y picardía. Bajo el artificio de esos temas recurrentes que tienen como punto común el amor, algunas agrupaciones femeninas de huayño zapateo están hablando de los lugares nuevos donde el encuentro se puede propiciar o dificultar, según se vea, como por ejemplo los espacios de las páginas sociales de internet. También se canta sobre la violencia institucional y cotidiana; aunque, de forma más recurrente, el amor terrible y no correspondido es el gran tema al que se vuelve.

Y aún así, pese a la candidez de algunas de sus letras, el huayño forma parte de esta fiesta donde la gente se reúne para mantener viva la tradición del encuentro, donde bailar, beber y festejar es la forma que tenemos de olvidar el desamor y las injusticias. El huayño zapateado sigue manteniendo el tono picaresco e inocente del que dice las cosas sin oropel y fintas, sin tener como camisa de fuerza la rigurosidad de la forma y el estilo que impone la música culta o de autor. Son también esas canciones las que nos llegan de forma certera al corazón, sabrá uno por qué. Esas melodías, el movimiento delirante de las polleras, las vidas que uno imagina tras el artificio del show de este domingo y cuando las luces se apaguen, está claro que seguirá resonando en los oídos por mucho tiempo “¿Porqué finges cariño? Si tienes alguien mejor, yo no te obligo, yo no te insisto para estar conmigo” cantada en la voz adolescente de Luz Dany Quinteros Zeballos, integrante de las Palomitas del Valle.

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