El zorro amansado y el mar de Nietzsche

Por Gabriel Chávez Casazola

Todos hemos escuchado por ahí aquello de que traducir es traicionar, pero raras veces tenemos ocasión de comprobarlo.  No son muchas las ocasiones en que –salvo un interés particular- podemos leer y comparar con detenimiento las diferentes versiones en nuestra lengua de un libro escrito originalmente en un idioma diferente.  Menores todavía son las posibilidades de que un lector promedio conozca otro u otros idiomas con la suficiente soltura como para poder apreciar el acierto o desacierto de una traducción determinada, sea considerada como un todo o en alguno de sus elementos específicos: un título, una frase, inclusive una palabra.

Hace algunos meses, una escritora y traductora que reside en Italia se interesó por una frase de Nietzsche que yo había citado en una carta: “Tranquilo es el fondo de mi mar, quién diría que lo habitan monstruos joviales”.  Al encontrar que estaba extractada de Así hablaba Zarathustra, ella quiso leer el libro y acudió a una versión italiana, pero páginas adentro se sorprendió al encontrar que en esa traducción los monstruos no eran joviales y sí extraños (strani): “Tranquillo è il fondo del mio mare: chi mai penserebbe che esso cela strani mostri?”.

Es más, en otras traducciones al italiano estos moradores de los abismos se tornaban graciosos (scherzosi), juguetones (giocherelloni) y hasta bizarros (bizzarri), y de paso también cambiaba sutilmente la cualidad del fondo del mar nietzscheano, ora tranquilo, ora silencioso, ora plácido.

La perla, sin embargo, la ponía una versión inglesa, publicada nada menos que por la Oxford University Press, en la cual los monstruos eran ¡deportivos!: “Still is the bottom of my sea: who would guess that it harbours such sportive monsters!”.

Como ni mi contraparte epistolar ni yo conocemos el alemán, ni el tiempo libre nos dio para tanto, la averiguación sobre la versión original quedó pendiente, pero los lectores que dominan esa lengua bien podrían pesquisar cuál es la frase original de Nietzsche y descubrir cómo finalmente eran –y acaso siguen siendo- los monstruos de su mar y el verdadero talante del fondo de éste.

No quisiera cerrar la columna de hoy sin citar otro caso, relativo a la ya clásica –y poética- traducción que hizo el diplomático argentino Bonifacio del Carril de Le Petit Prince de Antoine de Saint-Exupéry con el título de El Principito; traducción con la cual estamos familiarizados pues es la que más se reedita, aunque un coleccionista (en http://www.fragomeni.it) declara tener otras 57 versiones en nuestro idioma. Todas las que muestra traducen también el título y el nombre del personaje en diminutivo: El Principito, en lugar de El Pequeño Príncipe, lo que diferencia las versiones en español de las de otros idiomas: The Little Prince, Il Piccolo Principe, etc. (según puede verse en elpetitprincep.eu, aunque hay excepciones).

El caso es que en el capítulo XXI, el zorro le pide al Principito ser domesticado: –“Domestícame”, le dice, y ante la consulta de su interlocutor, debe explicarle que domesticar significa “crear lazos”. Poco después, dialogando sobre la remota rosa del Principito, el zorro postula que “uno es responsable para siempre de lo que ha domesticado”.

Casualmente llegó a mis manos la versión original, en francés, del libro de Saint-Exupéry.  Esperaba encontrarme, en el lugar que menciono, con el verbo “domestiquer”, pero no fue así.  El término que el autor emplea es “apprivoiser”, que según el diccionario que consultemos significa domesticar, amansar, familiarizar.  “Tu deviens responsable pour toujours de ce que tu as apprivoisé”, dice el zorro.

¿Cuál la diferencia de connotación entre uno y otro término? Alguien me explica que “domestiquer” se aplica mejor a los animales domésticos, a los falderos de toda la vida. En cambio, “apprivoiser” se emplea más para los animales salvajes, libres, que han sido o están siendo amansados. El zorro (como algunas rosas, como algunas mujeres, como algunos de nosotros mismos) una vez creados los lazos, será “apprivoisé”, pero no “domestiqué”. En español ese matiz se pierde.  Como se pierde, también, el espíritu de los monstruos si hacen deporte en el plácido fondo de los mares nietzscheanos.

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