Masajes nocturnos

A continuación, presentamos el artículo de Cecilia De Marchi Moyano, parte de nuestro número sobre el tacto de la revista Punto Aparte.

Masajes nocturnos

Hace ya varios días que mi pequeña me pide que, antes de dormir, le haga unos masajes especiales. Nada del otro mundo. Le voy describiendo su cuerpito mientras toco cada una de las partes que nombro y le digo que sienta cómo se llena del agua tibia de la tranquilidad. Sé que es una manera casi ingenua de relajación, pero mi hija es feliz.

Las relaciones de piel a piel con los niños no son siempre fáciles. Me costó lograrla. Soy del grupo de madres que sufrieron depresión posparto. Al inicio, lo confieso, lo único que sentí por mi hija fue la sensación de que alguien se había equivocado. Esa cosita pequeña, tan velluda, tan llena de gritos y uñas no podía ser algo mío. De todos modos cumplí con mis funciones: la levantaba, cambiaba y limpiaba, pero con la misma disposición de quien tiene que sellar tarjeta en un banco.

Me alejé de todas y todos, de cierto modo. Me sentía un monstruo, porque ¿quién puede ser tan horrible de rechazar así a su hija? ¿Quién puede no sentirse feliz cuando acaba de parir? ¿Acaso las mujeres no tenemos ese maldito remaldito instinto materno? Yo solo quería desaparecer, o más bien volver al yo, sola.

Para colmo de males, tuve muchos problemas con la lactancia. Se supone que es un momento íntimo, y si al inicio es algo doloroso, después te conecta mucho con el niño. Patrañas. Yo veía a mi hija como el monstruo que se encargaría de succionarme la sangre, ya que leche no salía. Y me provocaba un profundo horror ver su boquita acercándose a mi pecho.

Creo que quien logró sacarme de ese estado fue ella misma, mi nena. En pocos meses ya tenía esa su sonrisa preciosa, que se me fue quedando grabada. El tiempo pasa deprisa con los niños, y antes de que me diera cuenta ya tenía sus brazos colgados alrededor de mi cuello, me llamaba “mamá” y trataba de hacerme cosquillas cuando me veía triste. Me ganó a fuerza de piel, me impuso su presencia, rompiendo mi resistencia a ser tocada.

Ahora que pasaron los años no puedo imaginar mi vida lejos de esta pequeña. Es más que solo mi hija, es una gran compañera de lecturas, de parques y de vida. Le devuelvo por las noches lo que ella me dio: tranquilidad, esa tranquilidad profunda que se siente en la piel.

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