De tacto y contacto en Manhattan Pulp

A continuación presentamos un artículo de Lourdes Reynaga Agrada sobre el cuento Manhattan Pulp de Matias Candeira, parte del libro La banda de los corazones sucios de la editorial El Cuervo. El artículo fue originalmente publicado en el número 1 de nuestra revista Punto Aparte: TACTO. ¡Buena lectura!

De tacto y contacto en Manhattan Pulp

Manhattan Pulp es un cuento, esa es casi una obviedad. Lo que no resulta tan obvio es todo lo que está en juego en sus páginas, o cuando menos no para quien, acostumbrado a la presunta división absoluta entre lenguajes, no relaciona al instante al Otto Octavius protagonista con el archienemigo de un superhéroe arácnido de historieta. Y es que Manhattan Pulp es un cuento, sí, pero un cuento cuyos referentes inmediatos están en la historieta. Sin embargo, Manhattan Pulp pone en juego, más que una continuación a la historia de los personajes, un concepto inadmisible fuera del espacio ficticio. Me refiero a la posibilidad de establecer un contacto con y a través de un objeto, a la posibilidad de tocar rebasando las fronteras del cuerpo, incorporando un elemento inanimado (no del todo, eso es discutible, pero sí ajeno) en la relación con el otro.

Otto, o bueno, el Dr. Octopus, está dotado de miembros adicionales completamente funcionales. Es más, en las extremidades metálicas es posible detectar la presencia de una conciencia autónoma, aunque generalmente en consenso con la de Otto. Candeira, el autor del cuento establece dos niveles narrativos para visibilizar la división del cuerpo en piel y metal coexistiendo definitivamente: En el primero está la narración en primera persona de Otto, intercalada por algunos diálogos; en el segundo, en cursiva, están los comentarios de la consciencia múltiple de los miembros metálicos.

He hablado de un consenso, que involucra una relación, ambigua, eso sí, pero imposible de ignorar. Una relación en la que a veces hay un enfrentamiento, opiniones encontradas que terminan por definirse en una dirección gracias a que alguna de las partes cede, pero que también es una relación de complicidad. Y aunque a veces la distancia es más clara: “Mis tentáculos estaban de pésimo humor, y, mientras buscaba algo en la nevera industrial, un yogur o un poco de gelatina (…) han empezado a hablarme con esos chillidos grimosos.” (137) e incluso se explicita una cierta subordinación de los tentáculos a la mente de Otto, hay otros momentos en los que la división entre cuerpo y objeto no es tan sencilla, actos de humanidad efectuados por los tentáculos y actos de suprema crueldad llevados a cabo por el cuerpo y la piel de Otto. Eso sucede, por ejemplo, con la muerte de Peter (“el tardoadolescente”, “el retrasado mental que me llamó así [Dr. Octopus] por primera vez”). Son los tentáculos quienes detienen a Marcia, evitando que destroce a Parker, pero es la mano de Otto la que termina con su vida mediante una inyección letal, la misma mano que pasará la siguiente hora arreglando el deshecho traje azul y rojo para enviarlo (empapado en la sangre de Marcia) al Daily Bugle.

Y aunque Octavius se muestra inyectando sedante de caballos en su columna para adormecer a los tentáculos, no son solo ellos los que definen la muerte de Anna, la mujer que pudo amar. “Hacía mucho tiempo que, con mis propias manos, no apretaba a alguien para romperle los huesos y prometer algo que jamás cumpliré” (151) Y aunque, después del sexo, Otto se ve a sí mismo como un ciudadano normal, de carne y hueso, olvidando a los tentáculos que no se están manifestando, sintetiza esa emoción en una frase contundente: “Un completo imbécil. Ese ciudadano que, en cualquier guerra, cae el primero bajo la ametralladora del enemigo” (153). Por eso no extraña lo que sucede después, la negativa al amor de Anna, el asesinato y el destrozo del cuerpo, más, la elección de volver a ser la criatura ambigua y solitaria que vaga haciendo el mal por la ciudad. Los tentáculos lo dicen: “Hace un rato que estamos despiertos. Pero nos ha parecido bien darte este capricho” (154). Ellos han permanecido en silencio esperando la decisión de Otto.

Cabe preguntarse por el destino de Octopus si este hubiera decidido aceptar el amor de Anna, ceder al impulso de saberse vivo, mejor, humano, así fuera por un momento. Posiblemente los tentáculos se hubieran impuesto, tal vez no, tal vez el cuadro familiar se hubiera cerrado con una fotografía, el matrimonio en solitario en las montañas, la vida de campo lejos de cualquier ciudad y de personas que pudieran opinar. Todo el cuadro que es posible asumir se le cruza por un segundo a Otto por la mente, impregnado de ridículo, como corresponde.

Los tentáculos de Otto desafían la noción de la que se había creído la capacidad más humana e irremplazable, la capacidad de tocar, de relacionarse con otro a través del tacto, a través del contacto piel a piel entre dos sujetos. Porque aunque es posible tocar mediante un objeto a otro ser vivo, la sensación que recibe el cerebro a través de un impulso, es distinta a cuando se emplea la piel. Otto, sin embargo, elige al objeto por encima del sujeto.

Así, la relación sujeto-objeto, mejor, la frontera en esta relación, se problematiza a través del cuerpo ambiguo de Otto, ¿es posible amar u odiar a través de objetos?, mejor ¿es el vínculo sujeto-objeto preferible al habitual entre sujetos? ¿Acaso Otto eligiendo a los tentáculos por encima de la mujer a la que puede amar no nos hace pensar que Marilyn Monroe tenía razón cuando cantaba en aquella inolvidable película: “se siente muy lindo que te besen la mano, pero un diamante es para siempre”?

 (Candeira, Matías. Manhattan Pulp, en La banda de los corazones sucios, antología del cuento villano, selección de Salvador Luis, Ed. El Cuervo, La Paz, 2010. editorialelcuervo.blogspot.com)

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