La insignificante mortalidad del ser

Este es el artículo de Ariel Revollo, parte del segundo número de la revista de Punto Aparte, Ñatitas. La muerte puede cambiar el sabor de las memorias…

El café se convirtió lentamente en un acto masoquista. El aroma me remonta a una etapa feliz, y podría decir que hasta estaba íntegro en ese momento; pero como buen columpio, lo divertido acaba cuando pones los putos pies en la tierra. Tú te habías ido de la manera más idiota posible, y entonces el aroma del café me oscurece, apaga toda la mañana; no es que todo se ponga gris o se nuble, en realidad se aclara… se aclara cada cicatriz, cada dolor es intensamente colorido, la idiotez de mi congénere es tan apreciable que hasta puedo tocarla (referencia al número anterior), pero tal vez lo más terrible es que se aclara tu ausencia… y puta mierda, como se me aguan las piernas, los ojos, los días que se avecinan y toda la maldita eternidad. Y el mundo continúa, los micros siguen en su ruta, las bocinas suenan, la calle brilla con los reflejos del sol, las vendedoras están en sus puestos y mi caserita me vende la linaza con que desayuno cada mañana que me chupo la madrina.

El hospital siempre es algo lóbrego, aunque es de un lóbrego bastante estéril, sin oscuridad, es más plástico, superficial, es como detener en el tiempo el transcurrir del dolor. Quizá tengo esta impresión por lo que me toca en estos momentos y eso que no suelo ser muy fluido, por razones de ineludibilidad no puedo alejarme de tu puerta, aunque ya ni las enfermeras se acercan; ya la luz tenue de la farola del pasillo apagó toda esperanza y solo espero lo ineludible, restriego mis manos en la frustración, en la inmensa impotencia y en el deseo de entrar, pero hay normas, un mierda de normas que cumplir. Me despediré después de ti, me despediré cuando no haya despedida. Por “suerte” la enfermera se compadeció de mi violento estado y por su seguridad y la del maldito troglodita enfermero de terapia intensiva me dejaron pasar a verte escupir la vida y manchar la brillosa piel de tu mentón en sangre antes de que solo pueda agarrar tus manos y decirte chau. Al día siguiente todo estaba claro clarísimo, el ajetreo en la parte de oficinas, el asiento acolchado con cuero falso, la secretaria hablando por celular y finalmente el rellenar un formulario para que me den el certificado de defunción y pueda recoger tu cuerpo que durante tantas noches calentó mi piel, mi alma, mi puto cinismo, mi misantropía y me sacó una sonrisa ante cada cursilería de la que descubrí ser capaz.

El mundo se puede poblar y despoblar, puede estar frío, caliente, podrido, como sea pero lo fundamental es que está siempre girando, y tú en su superficie eres solo polvo, o paja. Los sentidos pésames, los homenajes, los chistes, las palmadas de aliento se pasan, se convierten en hastío, en el malestar de toparse con mi presencia, con recordarles que los muertos pasan y sus fantasmas somos sus dolientes, pero aun los fantasmas pasamos, nos convertimos en parte del panorama hasta que el tedio de lo cotidiano nos lleva con todo lo demás y pasas a la estadística.

Todo estaba dislocado, y cuando digo todo me refiero también al tiempo, (Mucho más grave del Mario, se convirtió en un texto lacerante) y si mi infancia, mi adultez, mi ser estaban dislocados, la luz estaba dislocada, el mundo mediado por el dolor y el alcohol estaba a un ladito de la realidad. Era un observador que veía que todo seguía su curso, y aunque me era imposible entenderlo, lo veía, no entendía cómo podía existir todo sin ti, pero allí la puta realidad me lo demostraba clarito y como un puñete, la muerte era tan intrascendente como la vida, me dejaba en claro la insoportable levedad del ser pero ya desde la óptica de mi mortalidad, porque también yo estaba muerto.

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