Dónde caerse muertos

Desde Italia, Mariela De Marchi Moyano nos hace llegar este artículo sobre sus experiencias con la muerte… es parte de la revista Ñatitas, que puedes descargar en pdf aquí.

Dónde caerse muertos

Cuando tenía catorce años leí “El loco”, una novela breve de Miguel Delibes que me hizo tomar una decisión casi sin pensarla: cuando me muriera debía ser incinerada. El libro comienza con el relato de un hombre que es enterrado vivo, un relato tan intenso y realista que la idea de sufrir la misma suerte me llenó de terror. Para colmo a la salida del colegio comencé a ver a un señor que iba a recoger a su nieto (espero no haya sido su hijo) y que era tan gris y sombrío como mi loco. Con el tiempo la angustia se fue diluyendo, supongo, porque le dije a toda mi familia que cuando me muriera etcétera.

También a catorce años escribí mi primer testamento, en el que dejaba mis peluches a los niños pobres, donaba mis órganos, pedía que incineraran mis diarios conmigo y que echaran mis cenizas en cualquier lado, así no necesitaba pensar dónde caerme muerta. Cosas de medio niña todavía – niña que en el fondo sigo siendo, aunque con otros miedos. Entre las donaciones estaba la de mi propio esqueleto a mi colegio; me imaginaba al profesor de biología que decía “López y Quiroga, vayan al laboratorio a traer a Mariela, ¡nuestra querida exalumna!”. El tiempo pasaba y yo iba poniendo al día el famoso testamento, hasta que en algún traslado se perdió y ya no me ocupé de él, al fin y al cabo todos sabían cuáles eran mis “últimas” voluntades.

Comencé a preocuparme cada vez menos de la muerte y de lo que sucedería después, simplemente porque no creía que hubiera un después. La muerte, por otro lado, fue clemente conmigo y se llevó a pocos afectos. El primero que me dolió fue mi abuelo, pero como yo estaba ya al otro lado del charco, lejos de los hechos, y tuve que consolar a mi madre y ayudarla en todo el ajetreo de conseguir un vuelo para que viajara inmediatamente, no tuve tiempo para sufrir. Sólo este último año comencé a vivir la muerte, de todos modos a una suerte de distancia de seguridad. No sé si soy yo o es la cultura italiana, o incluso la cultura electrónica, lo cierto es que la muerte parece estar y no estar, al mismo tiempo.

Cuando hace unos meses se murió una tía, hermana de mi padre, esta contradicción era palpable: bastó poco para pasar del dolor de la pérdida a la ligereza del chisme cuando la cuñada de la finada le preguntó a uno de los asistentes sanitarios “ay, hijito, ¿no eres hijo de la Fulanita?”, justo mientras sacaban al cadáver de la habitación de hospital. Por interminables minutos charlaron con la muerte de por medio, sobre la camilla que no terminaba de abandonar la puerta. Para el velorio la pobre tía estuvo un par de días en una sala fúnebre prácticamente abandonada, para colmo con absurdos horarios para las visitas. Por no hablar de la experiencia literalmente religiosa del funeral, que tuve que tragarme desde el rosario y el purgatorio, en un rito que alternaba el mármol de la iglesia con las llamas del infierno -la tía era buena y apreciada en su pueblo, pero somos todos pecadores, ¿no?

Apariencia y negación, eso es la muerte en Italia. Las fiestas de difuntos y Todos Santos, que caen en los días más nublados y tristes del otoño, están ya casi olvidadas; la gente comienza a celebrar cada vez más Halloween, que ofrece disfraces, diversión y muchas golosinas. Y así los muertos están cerca pero lejos, se evaporan a la velocidad de la luz.

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