Suicidas recuperan su matrimonio en Todos Santos

En la columna “El revólver del cocodrilo”, Iván Gutiérrez escribe una crónica roja literaria en cada una de las entregas de la revista Punto Aparte. Aquí está el segundo caso, parte del número dedicado a las Ñatitas.

Suicidas recuperan su matrimonio en Todos Santos

La mañana del 31 de octubre ambos recibieron la misma llamada. Les informaban que sus parejas les eran infieles. Enrique de 34 años colgó el teléfono, terminó de entrelazar el nudo de la corbata y salió de su casa. Adolfina de 36 años se recostó en el suelo y llamó a su madre. La madre informó que su hija se escuchaba un poco nerviosa pero que la conversación no había revelado ninguna cosa fuera de lugar, sabía que se enfrentaba a una crisis con el esposo. Según la información de los compañeros de trabajo de Enrique, no habían notado ninguna actitud que les llamara la atención, sólo uno afirmó que se lo veía un poco nervioso y que últimamente tenía problemas con la esposa.

El 1 de noviembre a las 23:00 retumbaron dos explosiones con una diferencia de minutos. El encargado del motel Pasiones inmediatamente acudió a la habitación de la cual provenían las detonaciones, después de unos minutos de no recibir respuesta, ingresaron al cuarto y se encontró con el cadáver de Enrique y Adolfina, y las manchas de sangre pintando gran parte de la cama y los espejos. La policía llegó después de treinta minutos para el levantamiento del cadáver.

Según la investigación, los occisos habían visitado el cementerio con sus respectivas familias y se habían despedido después de un almuerzo familiar. A las 16:30 se encontraron en un bar al que solían frecuentar los últimos años.  Después de varias botellas y de una conversación calurosa, se dirigieron al lugar donde acabaron la noche. Enrique y Adolfina se conocían desde la secundaria. Aparentemente esa reunión la habían concretado para conversar sobre noticias gravísimas que recientemente habían recibido.

El teléfono sonó unas cuatro veces. Ella se levantó de la mesa y quedó en ir al lugar de siempre. Ambos se miraron por unos minutos, pidieron la primera ronda y cada uno confesó al otro la llamada de la mañana del 31. Bebieron por un rato. El mesero observó que la conversación había comenzado en un tono muy serio, pero que a medida que se acumulaban los vasos la atmosfera cambiaba, de repente la pareja se puso eufórica y gritaba, y compartía de rato en rato vasos con el dueño del bar. Según el mesero, la pareja frecuentaba el boliche y siempre se veían como amigos muy cercanos. El momento que decidieron irse dejaron una modesta propina, aceptando estar en una actividad del siguiente fin de semana. Antes de salir se inclinaron con un movimiento rápido de manos en la mesa de la difunta madre del dueño. Enrique intentó alzar una masita pero Adolfina le golpeó la mano, pasó todo desapercibido.

El aliento se impregnaba del cigarrillo que apuraba a medida que el acelerador se hundía y el silencio se prolongaba. Adolfina no despegó su mirada de las calles que pasaban sin dejar rastro alguno de nostalgia. En ese momento ninguno de los dos estaba consciente de lo que pasaría unas horas más adelante. Pidieron una habitación simple, se bajaron del auto, subieron las escaleras como completos desconocidos. Al entrar ella se perdió en el baño y él buscó un espacio para todas las cosas de su bolsillo. Se desnudaron. Enrique aumentó el volumen de la música y escuchando a Juan Gabriel la penetró. Fue rápido y al terminar ambos sonrieron, se conocían muchos años, nunca habían dormido juntos, nunca como esa noche. Ella se recostó a un lado de la cama mirándolo en el otro extremo. Él apoyo la cabeza sobre dos almohadas, prendió un cigarrillo, le preguntó si la idea le había servido de algo, ella dijo que no. En dos movimientos Enrique llegó a la chamarra de jean, sacó una 38 y dijo que no podía con la farsa. El plan no había funcionado, se habían agotado. Ella preguntó por qué el revolver, solamente escuchó que era para el tipo que cogía a su esposa. Volvió a recostarse, terminó el cigarrillo y jaló el gatillo.

La impresión del impacto de la bala con la cabeza de su marido la aturdió un poco, se pasó la mano por su rostro y con la determinación férrea volvió a jalar el gatillo.

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