Too old for Rock ‘n’ Roll (…too young to die)

Jota Gordillo, ilustrador y comunicador social, en este número de la revista (Abuelos) nos presenta un artículo sobre los grandes abuelos del rock.

Too old for Rock ‘n’ Roll (…too young to die)

Algo muy extraño me sucedió hace poco tiempo atrás:

Tarde de domingo. Es el cierre de los Juegos Olímpicos de Londres y toda la realeza del rock de cinco décadas hace gala de sus poderes en este ampuloso evento. Todos aquellos que lo vieron recordarán –y reconocerán– que el show de clausura poco tuvo que ver con el deporte y sí mucho con la cultura popular del siglo XX que el Reino Unido generó/explotó/exportó para el mundo. Un espectáculo donde los grandes protagonistas fueron la rememoración de los hitos del rock y el pop británico, el homenaje a los caídos y el aire de revival que siempre pega (60’s, 70’s, 80’s, 90’s, 00’s incluidos), todo inyectado con una fuerte dosis de nostalgia. Para nada mal, todo lo contrario, – y salvando algunas excepciones– fue un evento espectacular como muy pocos.

Llega el espectáculo de cierre, la última banda en escena, el gran finale: The Who, banda que descubrí ya grandecito, con la que me identifico desde entonces y en la cual siempre reconocí un fuego interno y un encanto que muy pocos músicos y grupos tuvieron. Una banda que destrozó escenarios y equipos a lo largo de 5 décadas, compusieron grandes himnos generacionales, óperas rock, hits increíbles, música para inadaptados, experimentos atrevidos. Aparentemente, lo tenían todo: Un vocalista aguerrido y carismático, un bajista virtuoso como pocos, un guitarrista/compositor provocativo, intrincado e innovador y un baterista irreverente, talentoso e impredecible.

Sólo que ahora estaban diferentes. La obviedad, ahora son el 50% de la banda original. John Entwisttle y Keith Moon ya partieron al Cielo del Rock ‘n’ Roll hace un tiempo atrás, víctimas o beneficiarios de una vida de excesos que ahora nada les reclama, dejando la responsabilidad del mito a Daltrey y Townshend, virtuales y eternos frontmen de la “banda más ruidosa del mundo”. Sin embargo, no era la ausencia de estos dos grandes la que llamó mi atención, cada vez más parecida a una preocupación. Algo estaba sucediendo ese momento y yo lo estaba viendo en directo. Antes del final de Baba O’Riley, la primera canción que interpretaron, me di cuenta. La tarde del 12 de agosto de 2012 noté que a mis héroes les había llegado algo que tanto yo como ellos nos negábamos a aceptar. Fue la primera vez que los vi –y escuché– viejos…

Y no es que eso sea un pecado o algo que no se les permita. Para nada. Es sólo que nadie me había advertido. Extrañamente, cuando descubrí a The Who ya eran sumamente mayores pero, de algún modo, no lo eran realmente y nunca lo habían sido. Sin embargo, esa tarde presencié vía satélite la paradoja de Townshend y Daltrey en escena: los hombres que hace casi 50 años atrás le dijeron al mundo –uno como compositor y el otro como interprete– que “preferirían morir antes que llegar a viejos”, no sé si por restricciones del comité olímpico o por verse envueltos en su propia incongruencia, no pudieron cantar la línea más polémica y popular de My Generation, uno de los himnos más perdurables del rock.

Quizás sea el discurso, la energía vital y la actitud honesta y directa de muchos de ellos –porque, reconozcámoslo, en muchos es pura pose– las que crean ese ese halo mágico alrededor de ellos (como diría Christopher Lambert: “It’s a kind of magic”) lo que los hace inmortales y perdurables a nuestros ojos, fuera de la línea temporal donde habitan, digamos, Julio Iglesias o José José. Los Rolling Stones acaban de cumplir 50 años de vida y sus Satánicas Majestades siguen paseándose por el mundo como un grupo de gamberros de 18 años. Del mismo modo Led Zepellin, o AC/DC, o Morrisey, o Alex Lora y la lista se extiende…

Es el poder del Rock. Deberíamos colocarnos todos más a menudo el uniforme que Angus Young de AC/DC utiliza para personificar el alma eternamente joven de una música que hizo que nos descubramos como jóvenes. Sobre todo colocárselo a nuestra mente y a nuestro espíritu para evitar que envejezcan, que se hagan obsoletos, que dejen de brillar y de vibrar. Quizás suceda en algún momento, como les sucedió a Townshend y Daltrey, pero a ellos les llegó casi sobre los 70 años y aún siguen en la ruta. Mientras más tarde, mejor.

Creo que sólo debo aceptarlo, –como en su momento acepté que otro buen viejo, que igual hacía felices a muchos por fin de año, no existía realmente– mis héroes están envejeciendo…

…Y es un placer envejecer con ellos… (Y como ellos)

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