Mi abuela

A continuación encuentras la traducción del artículo Mia nonna, de Veronica Adriani, parte del tercer número de la revista Punto Aparte, que puedes descargar en pdf aquí.

Mi abuela

Traducción: Cecilia De Marchi Moyano

Normalmente se tienen cuatro abuelos. A mí me ha quedado una sola, mi abuela paterna. A uno nunca lo conocí, otro murió tres años atrás. Mi abuela materna, en cambio, aquella con la que pasé los primeros 11 años de mi vida, murió el año pasado.

No es que cuando era pequeña no tuviera una familia: todo lo contrario. Solo que mi familia –es decir mi madre y mi padre, ya que soy hija única– trabajaba todo el día. Papá salía de casa aun antes de que me despertara y regresaba a las ocho de la noche o más tarde, según la cantidad de trabajo que había en la oficina. Mi madre salía de casa hacia las nueve entre mi llanto y mis pataletas y volvía poco antes de la cena, teniendo mil cosas que hacer, casi nunca conmigo.

No es sorprendente que mi punto de referencia para la idea de “familia” fuese mi abuela.

No es fácil vivir con una persona anciana dentro de casa, pero de niños eso no se lo comprende. Solamente más adelante, al crecer, percibí claramente que cocinar pasta con salsa de estofado a una niña de seis años para dársela a las cuatro de la tarde como merienda no era del todo normal. Y también que llamar a mi madre cada vez que alguien tocaba la puerta con el terror de que se tratara de terroristas era un poquitín paranoico.

No, en ese momento esas cosas yo no las veía: pasaba con mi abuela todo el día –o medio día, una vez que inicié la escuela– entre mi cuartito y la cocina, entre una telenovela argentina y una minilección de costura, entre una fábula contada cuando estaba en la cama enferma y los ñoquis hechos en casa robados del mesón cuando estaban aún crudos.

De mi abuela recuerdo el perfume del talco y las canciones de los años ’50 cantadas por toda la casa mientras hacía la limpieza. Recuerdo ese acento pesado de quien no ha logrado nunca separarse totalmente del dialecto. Recuerdo los partidos de naipes que jugábamos por las tardes cuando los otros abuelos nos venían a visitar, y partía la clásica pregunta cabrona que solo los abuelos saben hacer: “a quién quieres más, ¿a tu madre o a tu padre?”, pregunta a la que, para gran disgusto de mi padre, daba siempre la misma respuesta.

Abuela era la clásica ama de casa del sur de Italia, dependiente del marido – y una vez viuda, de los hijos – cuyo único objetivo en la vida era encargarse de la casa y dejar al prójimo las demás incumbencias. Pero con nosotros, los nietos, era la abuela dulce, aquella que te cantaba las canciones para hacerte dormir, que te hacía las trenzas de noche para que al día siguiente tuvieras los cabellos con ondas, y que cocinaba para un ejército aunque en la cena éramos cuatro (con el resultado de que el miércoles las reservas de la compra semanal ya se habían terminado)

Abuela se nutría de telenovelas y revistas de cocina. En mi casa no he tenido nunca tantos libros de recetas como en ese periodo: en cada página “interesante” había una hojita, un apunte escrito a mano, con las variaciones propuestas por mi abuela. También porque era golosísima: en mi casa se hacían al menos dos tortas de manzanas semanales –que le salían muy bien y que yo nunca más he logrado reproducir– y ñoquis al menos los jueves.

Abuela se enfermó en los últimos años, y desde entontes nunca más hizo nada de esto. Pero para mí sigue allí, amasando los ñoquis y viendo a Grecia Colmenares, hablando con la televisión como si pudiera escucharla. Para mí sigue allí leyéndome las fábulas con su acento calabrés.

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