El último búfalo de las praderas

A continuación encuentras un artículo de Cecilia De Marchi Moyano, parte del tercer número de la revista Punto Aparte (que puedes descargar en pdf aquí):

El último búfalo de las praderas

He vuelto a leer la novela El vino del estío, de Ray Bradbury. En ella, Doug (el personaje central) y otros niños descubren una máquina del tiempo que lleva solo al pasado. Esa “máquina” es el anciano coronel Freeleigh. Los niños se le acercan y escuchan absortos sus historias de la guerra de secesión, de los grandes ejércitos del norte y del sur o de la masacre de los búfalos de las praderas que presenció en sus viajes junto a Buffalo Bill. En un mundo en continua transformación, la máquina del tiempo se queda inmóvil para siempre con sus recuerdos del funcionamiento de las cosas que, en la mente de los niños, tiene un gusto a mundo recién construido, nuevo, misterioso y -se podría decir- puro.

Yo tengo mi propia máquina del tiempo. La visito con frecuencia, aunque prefiero verla en días que pueda disponer de toda la tarde. Me abre la puerta con sus pasos sonrientes y acompasados, me invita a pasar y tomar un cafecito destilado en la cafetera blanca de fierro enlozado. Me siento en la mesa. Mi abuela toma el primer sorbo caliente de su taza y poco a poco vamos retornando al pasado.

Mi abuela conoció un mundo distinto, que si para ella era tan solo su mundo, para mí tiene el olor a navidad, a regalo recién sacado del celofán: cocinar en keroseno, viajar en los tranvías de La Paz, preparar el pan en el horno de la llantabaja, los viajes por una Bolivia con caminos en construcción, las epidemias de sarampión que diezmaban a los niños, mi madre de niña aprendiendo a andar en bicicleta, cruzar el lago Titicaca remando, los primeros aviones carniceros que traían la carne faeneada desde el Beni, las revoluciones y golpes de estado, los muertos de la guerra del Chaco, los billetes de un millón de pesos… Todo un país que ya no existe, que desapareció junto con el paso de los años y el crecimiento de los edificios.

Y pronto me llegará el turno. No sé si mi hija recordará ver las luciérnagas que poblaban los jardines en Cochabamba, o si el teléfono de rueda será algo más que una antigüedad. Si las radios seguirán emitiendo. Si los viejos colectivos seguirán recorriendo la 25 de Mayo. Si mi mundo para ella será de celofán o solo tendrá un dejo alcanforado.

Aquello que conoció mi abuela se acabará en el momento en que el corazón de su máquina del tiempo deje de funcionar. Y para mí será como si desapareciera la mitad de la gente que puebla mi propia memoria. El mundo habrá olvidado su infancia y la memoria se convertirá solamente en historia. A menos… a menos que yo también sea una máquina que lleva entre sus engranajes cada recuerdo de la vida de mi abuela. Seré un puente que lleve de una máquina a otra, de un mundo a otro, de regreso a un tiempo remoto en el que aún no había muerto el último búfalo de las praderas.

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