El trabajo del corrector

Por Cecilia De Marchi Moyano

Hace unos días recibí un libro de una editorial nacional que estaba esperando con cierta expectativa. Cuando me llegó, abrí al azar una de las páginas y encontré un error ortográfico que me dejó algo alarmada. Comencé a revisar con más cuidado el libro y contenía una gran cantidad de errores, tanto tipográficos como de ortografía y redacción. A un cierto punto suspendí la lectura. Pasaba más tiempo concentrada en los errores de la forma que en el fondo del texto.

Es importante notar que cuando un escrito no está corregido, no tiene una unidad de criterios de escritura y la lectura se entorpece –no solamente para los especialistas, sino también para el lector promedio. Se siente como si hubiera un ruido de fondo que no permite la comprensión completa del contenido. Aunque no estemos conscientes de la influencia de las reglas gramaticales, si están ausentes el texto se nos oscurece y cierra. No podemos leer. Tanto el autor como el responsable de la publicación pierden parte de su credibilidad y de su posible “mercado”.

Hay un oficio que está destinado justamente a evitar ese tipo de errores. Este oficio es el del corrector. Un corrector es un profesional del lenguaje que se encarga de revisar el material escrito que debe ser publicado, ya sea en un libro, en un texto publicitario o en una publicación periódica, para asegurarse que el lector reciba con claridad y sin errores el mensaje del autor.

A veces se tiende a confundir a la corrección con una policía de la gramática, en la que el trabajo sería simplemente regular acentos y cambiar comas, o que se trata de una especie de “escritor en las sombras”. Pues bueno, no es así. En realidad es un trabajo intelectual fascinante.

Un corrector debe lograr la legibilidad de un texto. Para ello, revisa que el documento tenga un uso correcto de la lengua, que se mantenga una uniformidad de criterios sobre usos de signos, cerciorándose de la coherencia del texto y respetando lo más posible la forma particular de redacción que tiene cada autor.

Para garantizar un buen trabajo se deben realizar por lo menos dos lecturas del material en bruto y otras dos después del armado del documento final. De ser posible, estas lecturas deben ser realizadas por personas diferentes: así se puede asegurar un mejor trabajo, ya que con la repetición de las lecturas se pierde un poco la frescura y la objetividad.

Hay varios tipos de correcciones: la de estilo, la tipográfica, la ortográfica, la corrección de pruebas. Actualmente suele suceder que quien lleve a cabo todos los tipos de correcciones sea la misma persona.

Para poder tener las competencias necesarias para este oficio, además de un sólido conocimiento del idioma y sus reglas, se necesita paciencia, algo de obsesión, conocimientos enciclopédicos, una gran pasión por la lectura, una biblioteca con diccionarios y textos de referencia y, sobre todo, sentido común en muy altas dosis.

Hacer corregir un documento permitirá darle brillo y aumentar su valor. No hacer este trabajo, aunque sea moroso y aumente en algo los costos, hará que quienes pierdan sean tanto el autor como el lector.

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2 pensamientos en “El trabajo del corrector

  1. Este es uno de los casos en los cuales la prolijidad no se “nota”, lo que se nota es más bien la falta de ella. La corrección del texto se concibe como un mínimo necesario, un sine qua non. Por otra parte, la “improlijidad” es puede ser percibida como un ruido, como algo que desmerece la calidad mínima que esperamos de una editorial, un periódico o una revista mínimamente seria.

    No obstante, en la época de los sms, así como del ruido gratuito (a todo nivel, acústico, visual, simbólico), de la adicción al ruido, del miedo al silencio, la soledad y el recogimiento, me pregunto cuántas personas (intelectuales y legos) son efectivamente sensibles al ruido de un lenguaje pateado, a las miserias de sintaxis, semántica y ortografía, cuando el mundo está tan poblado de miserias cotidianas todavía mayores.

    Por supuesto, el universo de la escritura es un universo ideal…

  2. Pingback: Sobre el trabajo del corrector | Red-acción

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