De Judas y otras traiciones

Este es el artículo de Ariel Revollo para el cuarto número de la revista Punto Aparte, dedicado a la vergüenza.

De Judas y otras traiciones

Suelo contar como chiste grosero que el hombre tiene 12 apóstoles del sexo, los diez dedos de la mano, la lengua es Pedro y el pene, Judas; y es Judas porque no sabes cuándo te va a traicionar. Como chiste hasta es divertido, y, bueno, gran parte del humor está basado en el morbo, en hacer sorna del otro o de uno mismo. Pero ¿qué pasa cuando esta traición peneal se da, cuando el compadre no se puede parar? Las causas fisiológicas y psicológicas de la disfunción eréctil están bien documentadas, en gran medida, una de estas causas tiene que ver con los malos hábitos masturbatorios. El ser humano, en este caso el hombrecito, aprende a masturbarse en la adolescencia, de manera furtiva, con el temor de ser descubierto, dándole un cariz malo a la masturbación, convirtiendo el hecho de ser descubierto en algo vergonzoso. Hacemos de la sexualidad algo vergonzoso, algo sucio, le damos un doble discurso a nuestro cerebro: por un lado, nuestra masculinidad y, por el otro, la moral. Este es sólo uno de los muchos casos donde construimos una doble moral.

La impotencia masculina es vergonzosa para el hombre, por el segundo factor, por nuestra masculinidad, no es poco común escucharnos decir cosas como: “es la primera vez que me pasa”, “no soy así, no sé lo que pasó” y etc. Es tanto así que en muchas ocasiones estaremos dispuestos a crear una carga de culpa que depositaremos en nuestra pareja sexual. Diremos o pensaremos cosas como: “es culpa de la muy perra”, “ella ya no me excita”, y puede ser cierto, muchas veces los hombrecitos tienen que responder al sexo como algo mecánico, algo impuesto por sus “metafunciones sociales” de macho, por esa moral enmascarada que dice que el hombre es un putodonte continuamente en celo, por lo tanto le damos a cualquier cosa que abra las piernas. Entrando en este tema es cuando podemos entender la carga de vergüenza que tiene para nosotros la impotencia, cómo horada nuestra masculinidad y nos pone a cuestionarnos desde nuestra sexualidad hasta nuestra salud (en realidad es lo único que debería cuestionarnos al punto de ir a una revisión médica), pero sólo nos cuestionamos, es muy poco probable que alguno lo haga público o lo comparta para buscar ayuda y se quede como otra de las muchas vergüenzas enmascaradas.

La construcción de nuestra identidad, y en particular de nuestra identidad sexual en función a nuestros roles sociales crea una serie de metarreglas que en la gran mayoría de los casos traen un discurso que, si no es opuesto, es al menos diferente de aquel al que nos adscribimos como correcto o bueno, lo que nos hace crear dos ambientes morales para nuestro desarrollo: uno, donde ser sensible respetuoso, “todo un caballerito” es lo correcto, y otro donde somos brutales, inmaduros y nos medimos los penes, es decir, donde ser “todo un hombrecito” es lo adecuado. Es normal que en un momento dado sintamos vergüenza por no cumplir algún requerimiento de una u otra conducta, en este caso porque no se nos pare la paloma, ese símbolo de nuestro masculino fálico, de ese rol de putodonte, de ese individuo (si le hemos dado un carácter hasta antropomórfico al apéndice en cuestión).

Es tan común decir que nos estamos midiendo los penes cuando tratamos de ser el macho alfa, el líder en una cuestión, pero no decimos: “están midiendo sus inteligencias, o sus capacidades discursivas”, ni siquiera algo más básico, no decimos: “están midiendo sus fuerzas”… no, mis amigos, decimos: “están midiendo su penes” como si esa partecita de nuestro cuerpo nos hiciera hombres y, es más, nos hiciera hombres superiores.

Ahora bien, teniendo en cuenta el peso y el valor simbólico del pito no es raro que nos cause vergüenza tener uno que no funciona, es como decir que nosotros no funcionamos como machos, pero no sólo es que no funcionamos como hombres, sino que carecemos de valor en más aspectos que el sexual. Por asociación, la disfunción eréctil en el campo de lo simbólico es una negación de nuestra identidad en todo el campo que esta abarca, y la verdad a mí me da más vergüenza pertenecer a un grupo de putodontes donde mi identidad y mi valor social está definido porque se pare o no un pedazo de carne que cuelga entre mis piernas.

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