Un sólido nudo de dolor

Mariela De Marchi Moyano escribió este hermoso artículo para el cuarto número de nuestra revista, dedicado a la vergüenza, que puedes descargar en pdf aquí.

Un sólido nudo de dolor

Cuando terminó la película lloré, lloré y lloré. Jamás había llorado así, en medio a la gente. Esperé a que se fueran todos antes de levantarme, la proyección era al aire libre y la clemencia nocturna del verano me permitía recuperar el aliento antes de volver a casa.

En “El lector” (The reader), de Stephen Daldry, una mujer que había cometido crímenes durante la segunda guerra mundial  prefiere ser condenada a cadena perpetua antes que admitir públicamente que era analfabeta, lo cual le habría reducido notablemente la pena. Me causaba conmoción reconocerme en un sinfín de gestos de este personaje, en la vergüenza, el silencio, el secreto, la remoción, la fuga, la soledad. La sensación, en fin, de no lograr decodificar lo que sucede a tu alrededor, o negarte a hacerlo, no leer la realidad y vivir en una especie de cápsula invisible y sofocante, para colmo fingiendo que todo va bien, esforzándote en hacer encajar todo.

Lo más interesante vino después, cuando me puse a hablar de la película con otras personas o a leer reseñas. Para la mayor parte de la gente es imposible que alguien pueda pensar primero en un problema o impedimento personal frente a cargos tan importantes para la colectividad, no es “creíble” que la vergüenza sea tan potente. Pues les tengo una (¿buena? ¿mala?) noticia: la vergüenza es un motor potentísimo que mueve al mundo y a la humanidad. Es la emoción que nos permite relacionarnos con los demás y descubrir nuestros límites, lo que no estamos haciendo bien, lo que debemos aprender a manejar. El problema es que tendemos a la fuga, a rechazarla sin conseguir más que alimentarla. Cuando no logramos mirarnos al espejo y aprender una lección, en fin, nos encontramos frente a “un sólido nudo de dolor que se convierte en vergüenza, casi una ruda renuencia”, como dice Giovanni Romani en una reseña.

La vergüenza que nos negamos a enfrentar nace en la infancia y nos reconduce siempre, inevitablemente, a la infancia. Nos hace sentir incompletos y pequeños, vulnerables y frágiles, expuestos a los demás. Nos lleva a apuntar el dedo hacia otra persona o situación para liberarnos del peso de nosotros mismos – peso adquirido, recordémoslo, no intrínseco. Llega irruenta y atroz, se revela en todo su paradójico esplendor atropellando nuestro cuerpo y nuestra necesidad de controlar la situación.

La vergüenza es un camaleón huidizo y flexible, cabe en todas partes. Ni bien crees haberla domesticado con lo mejor de tu artillería racional, hete que se asoma desde rincones olvidados y se presenta con un nuevo antifaz en el momento más inoportuno, exactamente cuando necesitabas todo lo contrario.

La última vez que la sentí en mí fue durante una cita, cuando el Otro me observaba – me sentí desnuda, aterrorizada por la intimidad de una mirada atenta. La última vez que la vi en el Otro fue una revelación, pues por primera vez comprendí cómo funcionaba, sentí como si fuera mía esa fuerza que arrasa con todo y hace emerger los recuerdos más remotos de las primeras vergüenzas, sin rostro y sin nombre.

Si hasta hace un mes toda vergüenza me recordaba a Hannah, el personaje interpretado por Kate Winslet, que a su vez me recordaba a mí-niña, ahora pienso más bien al complejo tráfico de miradas y reflejos infinitos que hacen la relación. Y ya lloro con toda libertad cuando una historia me conmueve.

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