La única puta del Borocotó

En el cuarto número de la revista Punto Aparte tenemos el privilegio de contar con la colaboración de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, ganador del Premio Nacional de Novela de Bolivia de 2011. ¡Buen provecho!

La única puta del Borocotó

Decían que era peruana; otros chilena. No importaba. Lo concreto, lo cierto, impenitente y real estaba en su oficio: el de puta.

El cuartito azul, inventado por un amante del tango homónimo queriendo eternizar el ritmo y la letra de Mores y Battistella en un refugio “de amor”, se ubicaba en una curva de la calle Tumusla, entre un caserío de villa colonial-indígena, carente de piedra y abusivo en adobe y tejados de caña hueca. La ciudad podía ser cualquiera, pero era una, sólida y conocida, por donde trajinábamos manchando los dedos con el polvillo antiguo de sus paredes de barro.

Cuartito azul dulce morada de mi vida, decretó el empresario cuando su decisión de salir de la pobreza lo impulsó a aprovechar de la belleza de su mujer, pernilarga y castaña, todo lo opuesto a las chaparras y afanosas matronas del pueblo, tañedoras de una tradición de chicanería y beaterío, con el sexo escondido entre inmensos pliegues de faldones que olían a viejo o jabón Patria. Nada podía superar su oferta, dar a los mestizos que estuviesen dispuestos a pagar la ocasión de volar a mundos ajenos entre las piernas de una dama que no hedía a alcanfor como sus esposas sino a tocador de lavanda… lila igual que las sábanas de su lecho, púrpura como los campos de Francia.

¿De dónde Borocotó? De una colección de El Gráfico con columnas y textos que llevaban esa firma: Borocotó, un nombre sonoro. Homenaje y marketing al mismo tiempo, porque la extrañeza de lo foráneo daría para negocio a la vez de quitarles lo asno a los clientes quienes, mientras esperaban, hojeaban catálogos con fotocopias de las famosas crónicas deportivas del homenajeado. El cuartito, pintado de azul de mar no de cielo, tenía dos modestas impresiones enmarcadas en la pared. Una la de Arsenio Erico, el astro paraguayo que ni la habilidad de Pelé y menos la gordura de “Maracodona” emularían jamás y la segunda un recorte de Margit Carstensen, actuando para Fassbinder, con un párpado caído.

A la entrada, diminuta, una placa fundida en aleación rojiza rezaba: ici Borocotó.

La calle Tumusla tiene quiebres. El tiempo le construyó paredes en medio de la calzada; la bloquearon. Ahora anda a saltos; hay que bordear manzanas para reencontrarla, lo que le da cierto misterio. Una calle que desaparece no existe. Y lo que anide en su fondo, como la casita de dos plazas: un receptorio y un culeatorio, da la tranquilidad del anonimato, la certeza de que yendo allí es como si no fueras a ningún lado. A los costados no hay ventanales, solo muros altos tipo convento que los historiadorcillos del museo desean inventar como remanentes del interregno sangriento de Goyeneche, el de Arequipa, el del Baztán.

La propuesta se delineó como casa de citas con una sola oferta, una única opción de mujer sofisticada, bien vestida, trilingüe, con aficiones numismáticas, gusto por la poesía, y conocedora de los vaivenes del cine en su versión Garbo. Algo como un espectro de los veintes en una fragmentación de los ochentas. Tras de esa puerta la impresión de penetrar el pretérito se hacía patente. La penumbra de las celosías de naranja oscuro, el enigmático aviso en francés, una consola que tocaba solo valsecitos criollos y alguna que otra marinera; todo.

Las citas se hacían por correo y reservadas, con un mes de anticipación. El número de visitantes tres por jornada, a cincuenta dólares la hora, coito o no. Hubo algunos que iban a sentarse con una taza de café o té aromático a conversar de André Gide con ella. Otros se perdían en inútiles confrontaciones habladas de fútbol con él. Todavía no se opacaba la estrella de Cruyff, el holandés y su revolucionario juego.

El golpe militar del 80 redujo las horas de atención. Se hizo cambios que incluían el viernes libre, añadido a los legales días de descanso de sábado y domingo. Entonces el empresario, cafisio de corbata y paletó, tomaba un bus hacia la capital con su mujer. Visitaban restaurantes, rebuscaban en librerías las obras que no pasaran de 1950. Acuerdo tácito de no leer a los contemporáneos. Disponían de dinero y sabían emplearlo. Luego, ya en el Plaza, él sacaba cuadernos que iba marcando con números donde anotaba detalles de la vida de los otros que ella le comentaba. Sonreía la peruana, o chilena según algunos, puntualizando que si existía un común denominador entre los hombres eran estupidez e inseguridad. Que antes, y peor después de acostarse con ella, de frotar sus oliváceas epidermis en una piel blanca soltaban la lengua como en comunión de castrados. El esposo esbozaba una sonrisa a su vez y marcaba con lapiceros de fina punta y diverso color lo que decía sería su obra maestra, un retrato del mestizo en calzoncillos con la nostalgia de Proust.

Cuando cumplí veinte, y a través de un tío que ejercía de juez de instrucción en lo penal y que pudo regalarse una velada en Borocotó para festejar los cincuenta, tomé hora. Me preparé como para el médico, medias flamantes dentro de zapatos nuevos que evitasen el aroma a parmesano de pies apelmazados y calurosos que destruye cualquier acto romántico y toqué el timbre. Me encantó que no sonase brutal como suelen estos aparatos. El tono era más bien de delicada melodía china, casi un silbido. Me abrió un hombre, que supuse era el escritor que vivía y escribía explotando a su mujer. Equivocado estaba, por lo que ella me contó, que creía en él, que su prosa merecía mejores espacios y su completa ayuda.

Antes de entrar di vuelta para observarlo. Un paternal saludo imperceptible de cabeza me dio la sensación de tiniebla. Pero pronto desapareció para dar lugar a una ofuscación sensual. La señora, la única puta del Borocotó, se presentó con una bata gris de líneas clásicas. Entreví los senos de mármol y no atiné a otra cosa que a levantar un libro de su tocador. Lo miré, jugué con sus páginas como abanico. Nos pasamos la hora hablando quedos de Pierre Loti, cuyo viaje a Pekín se describía en las páginas. Y recuerdo esa como la cópula más hermosa de mi existencia. Ni zapatos ni terno de promoción se movieron. No nos tocamos; apenas un beso como susurro sobre los labios.

Salí. La puerta se cerró. El viento lleno de polvo del río barría la calle y se estrellaba en el fondo, chocaba contra las paredes, se revolcaba y subía en volutas como tornados sietemesinos. Adentro, alguien escribía sobre mí, sobre mis aficiones literarias y mi obsesión con Tambov, Rusia. Miré hacia las orillas mugrientas del Rocha y creí ver en el pútrido oleaje de los excrementos humanos barqueros con remos. Cantaban.

12/12

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