Sangre en la cara

¿Alguna vez te dijeron que no tienes sangre en la cara? Lourdes Reynaga nos cuenta su experiencia en este artículo, que apareció en el cuarto número de la revista.

Sangre en la cara

Y todo comienza con la vocecita a mi derecha lanzándome, con toda la saña de la que es capaz: “Es que tú ya no tienes sangre en la cara”. El tono de censura demasiado obvio sobrepasa la comprensión racional, lo sé porque Filomena (la felina Filomena), sentada en uno de los extremos de mi cama, aplasta por un momento las orejas antes de, silenciosa como se debe, apartar la mirada y dirigirla hacia mi hermana que tiene todavía la furia pintada en la cara.

No tengo sangre en la cara, se me queda la expresión y mi mecanismo de defensa se activa de inmediato transformando el sentido de la frase, haciéndolo más textual, más directo. En el sentido en el que pienso, es verdad, ella tiene razón, sangre sobre la cara, no tengo. Cuando menos, no al estilo de Carrie, en la película del mismo nombre. Poniéndonos estrictos, la venganza se desata en cuanto la sangre de cerdo le cae en el rostro y el cuerpo exponiéndola a la vergüenza pública. “Pero, a ver, por qué está usted hablándome de una película”, dirá el lector perspicaz ligeramente molesto, “si el tema de la revista es la vergüenza. O es que acaso ¿hay que aceptar que hasta en las revistas virtuales pese la falsa publicidad?”

Y yo le diré: calma mi estimado lector, no se olvide que es siempre difícil hablar de lo que nos avergüenza, de los pantalones mojados a una edad ya inapropiada, de las sábanas manchadas con una humedad nada inocente descubiertas por la madre, de la sangre (esta vez menstrual) que ha marcado a toda mujer en público cuando menos una vez en la vida. Como iba diciendo, un mecanismo de defensa, en mí cuando menos (como haría tal vez con usted en mi lugar), se activa y busco un escape, una salida camuflada entre las cosas que me salvan, que me alejan de la vergüenza, que hablan de ella sin que tenga que evidenciarme, sin que pueda tocarme. Porque si bien ya no parezco tener “sangre en la cara”, seamos honestos, tampoco tengo poderes telequinéticos…

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