La vergüenza de ser italianos

En la anterior entrada del blog publicamos un artículo de Veronica Adriani, parte del cuarto número de la revista dedicada a la vergüenza. A continuación les presentamos la traducción al español.

La vergüenza de ser italianos

Traducción de Cecilia De Marchi Moyano

Quien es italiano conoce bien la vergüenza: por toda la vida los italianos son etiquetados como comedores de espaguetis, tocadores de mandolina o mafiosos. Parece ser que en el patrimonio genético de los italianos no haya otra cosa que música, tuco y criminalidad. Como si uno, recién nacido, entonase O sole mio, pidiera fideos con tomate en lugar de leche y amenazara a los otros bebés con extorsión de juguetes.

Estereotipos.

Desde hace algunos años, la situación ha empeorado. Ahora ya no somos “espaguetis, mafia y mandolina” sino “Berlusconi y Bunga Bunga” (no entro en detalles, pero créanme: no es nada dignificante.  En el exterior,  los políticos que denominan Kapo a otros políticos o hacen los cuernos durante las fotos de grupo en una cumbre internacional. Igual no son tomados en serio.

De cualquier manera, estas escenas de las que hoy reímos han creado muchos problemas para los italianos en el exterior. Hace dos años, un joven alemán se sorprendió que sellara mi pasaje de bus: “¡los italianos siempre viajan sin pasajes!”, me dijo. Durante mi último curso de alemán, en Austria, el docente preguntó en qué países fuera más fuerte la emigración de nuestros compatriotas:  una joven albanesa y una rumana no mencionaron intencionalmente Italia, a pesar de que esté entre los primeros lugares de las clasificaciones para la inmigración de los Balcanes y el este de Europa. En el mismo curso, a la pregunta “¿cuál es el personaje histórico más famoso en tu país?” recuerdo muy bien las risitas y el “Berlusconi” susurrado por distintas partes del aula. Y era difícil encontrar rápidamente un personaje (actual) que pudiera hacer de contraste (sobre todo moral).

Porque Italia, tristemente -por causa de la mentalidad de muchos- no es solo Dante, Giuseppe Verdi y Leonardo Da Vinci. Es un país de gente que ha aprendido a arreglárselas como podía, muchas veces pasando por encima de leyes y derechos ajenos. Lo hizo para sobrevivir a las invasiones, a las guerras y a las divisiones internas, pero sobre todo lo aprendió de la mala costumbre política, muchas veces un pésimo espejo de la sociedad. Y muchas cosas no pueden ser negadas.

La vergüenza más grande para un italiano nace cuando habla con alguien que viene de un país donde son válidas las reglas de la vida civil. Por ejemplo, con un suizo que explica que en su país, si no puedes estar presente en el día de las elecciones, puedes depositar tu voto en los días anteriores con la seguridad de que no será falsificado. O con un alemán, que en su país paga por impuestos universitarios menos del 10% de lo que pagas tú por un servicio mucho peor. Nace cuando se caen pedazos del Coliseo o frescos de Pompeya, o cuando en Roma los medios públicos no funcionan por días, dejando a pie a turistas y ciudadanos. O, tal vez, cuando ves alguien que trata de pasar delante de todos en la fila en la oficina de correos o en el supermercado. Porque es cierto –en el fondo- que, si pueden, los italianos no pagan el pasaje del bus.

Pero por suerte viajando y leyendo los periódicos te das cuenta también de algunas cosas. Por ejemplo, que en tu país no hay muchos locos que hacen masacres en las escuelas. Que en algunos países “más civilizados” tienen un grado de corrupción política más alto que el nuestro. Que seremos el país de la pizza y los espaguetis, pero no nos toca la obesidad infantil. Que nuestras universidades sacan del horno algunos de los licenciados con mejor nivel mundial (que van a hacer investigación en el exterior, pero esa es otra historia…). Y entonces te sientes un poco mejor, y la vergüenza disminuye. Solo un poco, tal vez. Pero créanme, no es poco.

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3 pensamientos en “La vergüenza de ser italianos

  1. sería interesante que alguien escribiera sobre la vergüenza de ser bolivianos, por ejemplo. O hasta se puede hacer una serie sobre la v… de ser cochabambinos, peruanos, argentinos, usamericanos, irlandeses, chinos, etc.

  2. Había, por ejemplo, la serie (cuando menos 4 libros) de Díaz-Plaja: “El español/francés/italiano y los siete pecados capitales”, “EEUU y los siete pecados capitales”.

  3. Y bueno, este artículo se desluce al final con un poco de trillado antiamericanismo (USA como un país de obesos, estúpidos o criminales). Es triste constatar que hay países en Latinoamérica con una tasa de homicidios entre 5 y 20 (veinte) veces mayor a la que hay en EEUU. Hay algunos en los que la tasa de homicidios por armas es mayor a la tasa total en EEUU. Efectivamente USA es un país violento si lo comparamos con Japón o Europa, y algunas ciudades son tan inseguras como las latinoamericanas. Pero el punto no es ese. Nunca conocí a alguien que expresara un sentimiento virulentamente antimexicano a partir de sus horrorosos asesinatos (con tortura y mutilación previos) de las últimas décadas, o de su espeluznante y corrupta policía, o del maltrato (peor que el usamericano) que reciben los inmigrantes centroamericanos (camino al otro pais del norte).

    Y ni hablar que México tiene, aunque usted no lo crea, un problema de obesidad todavía peor que el usamericano.

    No se trata de que no se pueda criticar. La crítica basada en conocimientos, en una compenetración de la realidad y no en prejuicios o caricaturas, es siempre bienvenida. El tema es que, sencillamente, no hay proporcionalidad en las “críticas” antiamericanas, lo cual en sí mismo es un fenómeno interesante. Hay mucho que criticarles a los gringos, y no sólo -como es cliché decirlo- a su gobierno. Merecen crítica a nivel cultural, social y político. Pero es una tarea relativamente difícil y que ha sido contaminada por tanto antiamericanismo excesivo y de caricatura, sin una debida contextualización.

    Valdría la pena conocer, por ejemplo, que en el país de la masacre crónica, las más espectaculares suelen ocurrir en lugares relativamente pacíficos. Por ejemplo, la última en Newtown ocurrió en un pueblo cuasi-idílico en el que no habían existido casos de homicidios (por cualquier medio) en los últimos diez años. Este es un récord digno de una pacífica aldea de pescadores en el Japón. En cambio, si comparamos esto con, no voy a decir ya Cochamba, sino Vinto, Cliza, cualquier pueblito del valle, vemos que no hay còmo hacerlo… Y ni hablar de las zonas periurbanas de las ciudades en Bolivia que sufren de atracos, violencia crónica. Pero bueno, el espectáculo siempre se impone.

    Veronica Adriani nos habla de países “donde son válidas las reglas de la vida civil”. Sin duda que pocos países latinoamericanos (quizás Uruguay, Chile o Costa Rica) dan la talla en ese sentido. Pero a Veronica acaso le sea interesante saber que USA es precisamente uno de esos países, pese a su enorme tamaño y sus endiabladas complejidades (por lo que no es una taza de leche, por supuesto, no es Suiza ni Dinamarca). Hace poco un periodista potosino relató como una taxista fue a buscarlo a su hotel para devolverle una laptop que él había dejado en su taxi. No recuerdo si era en Miami o en Orlando (si fuese Miami sería mucho más notable todavía).

    Cierto compañero de estudios francés, quien ostentaba de forma muy evidente y desdeñosa su antiamericanismo, en una ocasión al ver un maletín (que estuvo horas hasta que volvió su dueño) en un lobby de la universidad, no pudo refrenar este comentario: “Esto es lo que me gusta de este país. En Francia, este maletín habría desaparecido en un dos por tres.” Y ahí se explayó con una serie de varios otros ejemplos personales. Ni hablar que en el dormitorio en el que vivía no tenía llave (daba a la salida de emergencia) y nunca se me perdió nada y ni siquiera se me pasó por la cabeza o tuve el temor. En Bolivia, y probablemente en la mayor parte del resto del mundo, ni se me ocurriría aceptar una habitación en esas condiciones (la de no tener llave). En contrapartida, puedo mencionar que perdí dos bicicletas (nunca les ponía cadena). Tampoco me importó mucho, una de ellas era regalada.

    Abundan muchas de estas anécdotas, por supuesto. La costumbre gringa (cada vez menos) de dejar el carro con las puertas y ventanillas abiertas, o la vieja idea (inventada mucho antes de las cámaras ocultas de seguridad) de tener tiendas y bibliotecas con anaqueles abiertos. Es significativo el hecho de que antes del siglo XXI, los USA estaban atrasados, en relación a otros países desarrollados, en cuestión de tecnologías de seguridad. Una parte tiene que ver con cierto deterioro en las infraestructuras públicas (un problema muy candente), pero otra no menos importante, sin duda, es una vieja tradición de apostar a la confianza en el otro, de asumir como verdaderas cosas que se dicen verbalmente y sin respaldo documental (yo todavía me he beneficiado de estas cosas).

    Por supuesto, todo esto está cambiando muy rápidamente, y para peor. Es doloroso decir pero hay que reconocerlo, que esto en gran medida se debe a la inmigración, ante todo la proveniente de nuestros países, y al hecho que los EEUU han sido mucho más laxos y liberales en sus reglas inmigratorias y, sobretodo, en sus políticas de asimilación que la mayoría de los países europeos, como bien lo señala el sociólogo Anthony Giddens. Aún en medio de la desastrosa guerra contra el terrorismo, los gringos tomaban la idea de un documento nacional de identificación obligatorio como una imposición poco menos que totalitaria. Puede parecernos una exageración, pero antes de caer en la ronda habitual de burlas y risitas, debemos reconocer, con un poco menos de arrogancia, que este solo hecho dice (en medio de todas sus enfermedades) que todavía persiste algo muy saludable y envidiable en el corazón de la vida estadounidense.

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