La libertad de expresión y los cerdos

Conocí La rebelión en la granja cuando era niña. Mi padre, que tiene un gusto muy particular en sus lecturas y unas teorías educativas cuando menos cuestionables, nos leyó este libro durante un invierno en el que estábamos mis hermanas y yo en cama con paperas. Recuerdo muy vívidamente las historias, y estoy segura de que esta fábula ha influido poderosamente mi vida y mi incapacidad de soportar autoridades.

George Orwell, o más bien Eric Arthur Blair, nació en la India, en Motihari, el 25 de junio de 1903 y murió en Londres el 21 de enero de 1950. En su obra se pueden reconocer tres etapas: la primera, donde es un luchador contra el imperialismo británico. Luego, una segunda donde es un gran luchador a favor de la justicia social después de sus primeras experiencias en Londres y París, y por último una etapa marcada por su participación en la guerra civil española, que lo llevan a denunciar el totalitarismo nazi y el estalinismo. A este periodo corresponden sus dos obras más importantes, “La rebelión en la granja” (Animal Farm) y “1984”.

En La Rebelión se nos cuenta la historia de la Granja Manor, propiedad del señor Jones, donde los animales comienzan a sublevarse. El cerdo más viejo de la granja, o Viejo Mayor, habla con los animales para contarles un sueño donde se imagina un futuro sin los hombres, donde los animales no deban trabajar hasta sus últimas fuerzas, recibir solamente una ración pequeña de alimento y ser sacrificados cuando ya no pudieran trabajar. Al poco tiempo el Viejo Mayor muere, y por una serie de acontecimientos se arma una rebelión de los animales que termina con la expulsión de todos los humanos de la granja. Los organizadores de la revuelta son dos cerdos, Napoleón y Snowball. Una de las primeras cosas que deciden hacer es escribir los mandamientos de la nueva granja de los animales:

  1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
  2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es amigo.
  3. Ningún animal usará ropa.
  4. Ningún animal dormirá en una cama
  5. Ningún animal beberá alcohol.
  6. Ningún animal matará a otro animal.
  7. Todos los animales son iguales.

Al principio, la granja (que pasa a llamarse Granja Animal) prospera y obtienen más y mejores resultados que cuando estaba dirigida por los hombres. Pero las cosas comienzan a transformarse lentamente. Por ejemplo, se hacen evidentes algunas diferencias entre los cerdos dirigentes, hasta que Napoleón expulsa a Snowball, haciéndolo perseguir por los perros que había entrenado a escondidas. Se adueña del poder absoluto y convence a los otros animales de que Snowball es un traidor, que siempre lo ha sido y lo acusa de cualquier cosa que pueda suceder o salir mal. Junto con su séquito de cerdos, comienzan a tergiversar la historia de la granja, a cambiar la repartición de los bienes y ganancias y llegan incluso a cambiar los mismos mandamientos. Cada vez que los otros animales quieren hacer algún reclamo u oponerse, los gruñidos de los perros los amenaza, mientras las ovejas comienzan a balar a todo pulmón “cuatro patas sí, dos pies no”, una frasecita que les hacía más fácil recordar los mandamientos.

Para el final del libro, queda solamente una sensación de frustración profunda y de imposibilidad de hacer algún cambio, ya que los cerdos se han vuelto idénticos a los hombres que tanto les costó expulsar.

Hay varios documentos en internet sobre el libro donde pueden encontrar el paralelismo entre cada animal y algún personaje o colectivo político, pero sin lugar a dudas en esta fábula se muestra de forma alegórica lo que estaba sucediendo en la Unión Soviética bajo la dictadura de Stalin. También se puede encontrar la versión pirata en pdf del libro. No importa si es original o no, es un libro que definitivamente vale la pena leer.

Este libro se terminó de escribir en el año 1943. No es un dato irrelevante. Ya entonces Orwell era corresponsal de guerra, tenía varios libros publicados y era un personaje reconocido. Se sabía que era un socialista, y que tenía afinidad con marxistas, pero también se conocía su visión muy crítica hacia el estalinismo. Pues bien, cuando trató de publicar el libro pasó de editorial en editorial sin que ninguna tuviese el valor de imprimirlo. En el prólogo del libro se puede encontrar un extracto de una de las cartas de rechazo enviada por una editorial. En una parte de esta carta se lee lo siguiente:

Debo hablarle de la desfavorable reacción que me fue transmitida por un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja. Reconozco que su opinión me ha dado elementos para modificar mi actitud inicial. He comprendido todo lo peligroso que puede ser publicarlo ahora, pues si la fábula tuviera como blanco los dictadores y las dictaduras en general, la publicación no sería mal vista, pero dado que el relato sigue con tan notoria fidelidad el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dictadores que resulta por demás evidente que la anécdota alude sin lugar a dudas a aquel país, excluyendo todo otro régimen dictatorial. Además, resulta por demás ofensivo que la casta dominante de la fábula sea la de los cerdos. Una elección semejante puede ser ofensiva de modo especial para quienes sean un tanto susceptibles, como sabemos que es el caso de los rusos.

Para muchos era un hecho sabido que en la URSS se estaban cometiendo atropellos. Las deportaciones en masa, las desapariciones, los gulags, no eran algo novedoso. Pero en 1943 ya se estaba peleando en toda Europa la Segunda Guerra Mundial. La Unión Soviética no era un Estado indeseable, sino un aliado estratégico.

Más adelante, Orwell indica en el prólogo que “la libertad de expresión y pensamiento no está amenazada por la intromisión directa del Ministerio de Información o de cualquier organismo oficial… La censura literaria en nuestro país ha sido en la mayoría de los casos de carácter puramente voluntario”. Yo creo que habían dos razones fundamentales para esta autocensura: por una parte, la alianza estratégica de la guerra, que permitió finalmente la victoria sobre el nazismo, y por otra una devoción –en cierto sentido– a la Unión Soviética y a la posibilidad de una revolución socialista a escala planetaria. Ya sabemos que se replicó la lucha contra los poderes establecidos en otros países, y para muchos intelectuales de izquierda era impensable criticar a Stalin y a su poder. No se quería perder la posibilidad de una utopía, y hubo una negación en general a reconocer que se estaban cometiendo errores, o más bien, gigantescos atropellos a la gente que se oponía al régimen.

Aquí creo que nos encontramos ante una situación compleja. Por una parte, en casi cualquier gobierno que busque una hegemonía, se busca un control de la opinión pública, pero por otra es la opinión de las masas que se limita a sí misma para no entrar en desacuerdo con los poderes. De cierto modo, cedemos a la presión del conjunto.

El libro fue finalmente publicado en 1945, al finalizar la guerra; pero se hizo conocido entre el público solamente a partir de 1950. El mundo había sido dividido en dos grandes polaridades, por un lado con el “apoyo” de Estados Unidos, y por otro “bajo el control” soviético y se inició una guerra fría. Finalmente algunas voces opositoras de lo que sucedía en el oriente europeo se dejaron sentir. Es más, a un cierto punto se hicieron estridentes en algunos grupos, mientras que en otros se prefería mirar a otro lado. En cualquier caso, la crítica, tanto de unos grupos como de otros, seguía siendo dogmática, se seguía solamente el pensamiento de la opinión ortodoxa dominante.

Bien, hay algunas cosas que quisiera apuntar antes de continuar. Una vez terminada la guerra, con todas las atrocidades que salieron a la luz sobre la “solución final”, sobre las masacres, la barbarie, las ejecuciones y las torturas, muchos psicólogos estadounidenses se preguntaron si era posible que la obediencia a una autoridad pudiera llevar a personas normales a actuar de forma tan descarnada. Se hicieron varios experimentos en psicología social. En particular me referiré a dos de ellos: el experimento sobre la obediencia a la autoridad, de Stanley Milgram (realizado en 1963), y el experimento de la cárcel de Stanford, de Philip Zimbardo (llevado a cabo en 1971).

En el primero se quería medir la disposición de los sujetos a obedecer ciegamente a órdenes de una autoridad a aunque estas órdenes entraran en conflicto con su postura ética. Para ello, se ponía a estos sujetos a “castigar” a una persona si no acertaba a algunas preguntas con descargas eléctricas que aumentaban de intensidad a medida que se acumulaban los errores. Inicialmente pensaron que solo uno en mil de los sujetos estudiados llegaría a hacer descargas potencialmente peligrosas, pero en los resultados descubrieron que dos tercios llevaron hasta el final la sesión de descargas.

En el segundo experimento, se pidió a 30 estudiantes de psicología voluntarios para replicar un sistema carcelario. Al azar se eligieron quince de ellos para que pudieran convertirse en presos y los otros en celadores. El resultado fue descorazonador. Se suponía que el experimento duraría dos semanas, pero por los excesos de parte de los guardianes, por la sumisión y pérdida de identidad de los presos, se optó por finalizar el experimento a los seis días.

Traigo estos dos experimentos a colación por dos cosas: primera, el poder absoluto puede corromper a quien lo detenta, y llevar a las personas a cometer actos de los que no se creían capaces. Esto no quiere decir que no haya una responsabilidad individual, que creo que es fundamental para oponerse al ansia de ejercer el poder que se tiene. La segunda, que es muy fácil que perdamos nuestra capacidad crítica en determinados contextos donde la presión social nos indica que es más fácil y mejor visto asumir una actitud distinta o indiferente ante el dolor de los demás. Es decir, y esto es incómodo, tendemos a convertirnos en una suerte de rebaño por la presión social.

Llegados a este punto, quisiera dejar algunas preguntas que me están dando vueltas desde hace varios días. La crítica de La rebelión estaba dirigida eminentemente a la Rusia estalinista, pero es también extrapolable a cualquier dictadura y dictador. ¿Es también aplicable a las democracias?  ¿Es posible hacer  una crítica libre y sólida en los países democráticos? Si existen mecanismos para no permitir una libertad de expresión completa (y yo estoy convencida de que es así), ¿cuáles son y cómo podemos desenmascararlos?

No se puede negar que existe una gran presión social para dirigir nuestra forma de actuar y de reaccionar ante distintas circunstancias, pero ¿es posible salir de la condición de rebaño? ¿Qué tipo de discursos me niego a escuchar?

Por último, y no menos importante, creo que debemos darnos un tiempo para reflexionar sobre nuestra responsabilidad individual a la hora de asumir una postura frente a cualquier forma de abuso de poder, tanto en quienes consideramos amigos como enemigos, en Bolivia y en cualquier otro país, para poder de alguna manera lograr un cambio real en las circunstancias en las que vivimos. Sin la posibilidad de enfrentar una crítica, no es posible una sociedad sin corrupción.

Muchas gracias por la paciencia.

Cecilia De Marchi Moyano

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Un pensamiento en “La libertad de expresión y los cerdos

  1. Conmovedora critica, deja ver una realidad palpable cuyo cambio deberia mostrarse con una conciencia colectiva arrazadora , lamentablemente las masas son tan faciles de manejar por la memoria pasajera con la que cuentan , en fin ; gracias por tu grano de arena, las ideas perduran , segui escribiendo los haces de lujo.

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