Libertad – Teoría y práctica | Venganza

A continuación encuentras el cuento de Marta Basso, parte del sexto número de la revista, traducido al español por Cecilia De Marchi Moyano.

Libertad—teoría y práctica

5:30. Como cada mañana, puntuales, le llevaban el desayuno. Se sentía muy bien cuando lo despertaban: se acomodaba los cuatro pelos que le quedaban en la cabeza, daba un paseo, saludaba a todos con una sonrisa y luego consumía su muy merecido desayuno. Era feliz, también porque sabía que nadie era más feliz que él: solamente él, entre todos, había entendido la buena suerte que le había tocado. Una casa cómoda, caliente; algunos amigos agradables, confiados; la posibilidad de no trabajar; tres comidas diarias muy abundantes.

“¡Eh, muévete de allí, tengo hambre!” detrás le gritaba uno, y él se hacía a un lado, lo dejaba comer y se volvía a poner en la cola, porque sabía muy bien que habría todavía suficiente para él; no podía ser de otro modo, porque la suya era la mejor vida del mundo.

La imaginación de Issimo, según él, “el ser más feliz del universo”, no llegaba siquiera a concebir una condición mejor que la suya: por ello se tomaba todo con filosofía, no lloraba y no metía su hocico, esperaba su turno, y, si no llegaba, se ponía el alma en paz pensando en un mañana que seguramente habría sido mejor. No podía ser de otro modo.

Los viejos de la comunidad, una tarde, reunieron a todos para una comunicación extraordinariamente importante: no había nunca sucedido una cosa así, y se podía palpar la agitación en la espera. Tomó la palabra el más anciano de todos, que casi no podía hablar de la consternación:

“algunos de nuestros conciudadanos, esta mañana, dando un paseo, por casualidad han escuchado unas palabras preocupantes… diría aberrantes, que tienen que ver con todos” comenzó, indicando un grupo que se había separado de todos nosotros y que sus componentes, notó Issimo, tenían todos los ojos clavados al suelo. “Le pido a uno de ellos que se aproxime a mí para dar su anuncio a toda la comunidad”.

Issimo no entendía. ¿Paseo? También él lo había hecho, en aquella mañana como todas las demás, y no había notado nada raro, diferente… Todo andaba bien, como siempre, y como no podía ser de otra manera. Meditaba estos pensamientos, cuando el más gordo del grupo se movió (con dificultad) hacia el centro del escenario sin despegar la mirada del suelo, y deteniéndose totalmente consternado pronunció solo estas palabras:

“Quieren asesinarnos. A todos. Mañana por la mañana”.

Un silencio gélido invadió toda la habitación. Nadie osaba hablar, hasta que Issimo, persuadido de lo absurdo de la afirmación, replicó:

“No creo, ¿por qué deberían hacerlo? Nos traen comida todos los días, nos cuidan con cariño. Esta es la mejor vida que nos podría tocar, somos libres, libres de vivir como nos gusta”.

“Somos libres en teoría” se irguió el viejo que había hablado pocos minutos antes, “pero no lo somos en la práctica. Y es hora de hacer coincidir la teoría con la práctica: escaparemos esta noche, tres horas antes de que salga el sol, para tener tiempo de alejarnos lo suficiente para que no nos alcance quien se dé cuenta de que hemos huido”.

Issimo no podía ni quería escapar: un salto al vacío, porque nadie les aseguraba que más allá de esas cuatro paredes en las que siempre había vivido existía algo… Y además, ¿para qué? Por una presunta voluntad de asesinarlos… ¿Y por qué, por qué todos? ¿Una represalia? Pero si siempre habían sido educados, con los superiores, nadie había dado problemas nunca… Ninguna pataleta, inclusive pocos enfermos… No, no podía ser verdad.

La noche, para Issimo, y solamente para él, pasó tranquila, exactamente como todas las otras noches que la habían precedido y que, por lo menos en su mente, le habrían seguido.

Pero, cuando se despertó por un ruido de pasos pesados de más de un par de piernas, se encontró solo: no creyó que se habrían escapado de verdad, y todos… ¡qué crédulos! Mejor, esta mañana el desayuno sería todo para él. Pero no tuvo tiempo para analizar como hubiera querido la fuga de sus compañeros, ya que escuchó unos pasos detenerse justo a algunos centímetros de él:

“¿Dónde se fueron todos? ¿Qué cuernos ha pasado?”
“¡Puercos! No lo puedo creer…”

“Es absurdo… Es una pesadilla…”

“¿Ha quedado solo uno?!” ¿Uno?! Me la vas a pagar…”

Estas fueron las últimas palabras que escuchó Issimo, antes de sentir un cuchillo helado que se le hundió entre la cabeza y el cuello. Murió casi sin un gemido, tal vez todavía estaba convencido que la suya fuera la mejor vida del mundo, y que por ello merecía una muerte de héroe: en realidad, en aquella puñalada estaba toda la rabia y la desilusión de quien ha perdido, para siempre, la ganancia de una estación de trabajo.

Los compañeros de Issimo ya estaban muy lejos cuando los criadores comenzaron la búsqueda: algunos, que se habían detenido en el camino por el cansancio causado por la poca destreza física, o que tuvieron poca fantasía para esconderse, fueron encontrados y asesinados; pero otros, que todavía viven sin vallas en los bosques, se volvieron, en el valle, símbolo de libertad, la verdadera, no solo teórica sino práctica, y fueron recordados por todos sus iguales como héroes. Si van a Val D’Ultimo, seguramente les contarán la leyenda de los cerdos que huyeron de la muerte que se les había asignado, y, si tienen suerte, podrán encontrar alguno de ellos que vagan en la maleza, y que aún hoy, viejo y cansado en sus miembros pero joven en su espíritu, predica en la mancha la libertad.

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