La memoria está hecha de tiempo

Aquí encuentras el texto que se leyó esta noche en el evento “Una limonada, por favor. Aproximación a la obra de Antonio Tabucchi”. Texto de Cecilia De Marchi Moyano.

La memoria está hecha de tiempo

Sostiene Tabucchi haber conocido a Pereira una noche que vino a visitarlo, en 1992. Un mes antes, Tabucchi encontró en un diario de Lisboa la noticia de la muerte de un viejo periodista que fue un opositor a la dictadura de Salazar, y que conoció brevemente en París. Este periodista había logrado publicar en un diario de Portugal un artículo feroz contra el régimen, teniendo luego que salir exiliado por problemas con la policía.

Esta forma de comenzar un ensayo me parece ya casi canónica. Hablar de Tabucchi implica, inevitablemente, hacer referencias a Sostiene Pereira, su novela más representativa y más difundida.

Antonio Tabucchi nació en Pisa, el 24 de septiembre de 1943, y creció en casa de sus abuelos maternos en Vecchiano, un pueblo cercano a esa ciudad. Durante los años de universidad viajó numerosas veces por Europa, siguiendo las pistas de los autores que conoció en la biblioteca de su tío. Volviendo de uno de estos viajes a París, encontró en una caseta un libro de Álvaro de Campos (uno de los heterónimos del gran poeta luso Fernando Pessoa) con el poema Tabacaria, que cambió para siempre el rumbo de su vida. De hecho, se apasionó por la poesía de este autor, y se dedicó a traducir –junto con su esposa– toda su obra.

Tabucchi viajó a Lisboa tras los pasos del poeta y afloró una verdadera pasión por la ciudad del Fado y por Portugal. Se graduó en 1969 con una tesis sobre el Surrealismo en Portugal. Se perfeccionó en la Escuela Normal Superior de Pisa en los años 70, y en 1973 es llamado para enseñar lengua y literatura portuguesa en Boloña.

En 1973 publica su primera obra, Piazza d’Italia, “fábula popular en tres tiempos, un epílogo y un apéndice”, como indica en el subtítulo. Se trata de un intento de escribir la historia desde la perspectiva de los perdedores, en este caso una familia de anarquistas toscanos. Desde entonces su producción se vuelve inagotable.

El año 1984 publicó su primera novela de gran éxito, Notturno indiano (Nocturno hindú), que fue adaptada al cine por Alain Corneau. En 1986 publicó Il filo dell’orizzonte (la línea del horizonte). También se realizó una versión cinematográfica de esta novela en 1993, con la dirección de Fernando Lopez.

En 1990 publicó Un baúl lleno de gente. Escritos sobre Fernando Pessoa. En 1992 escribe en portugués la novela Requiem, una novela que más tarde será traducida al italiano, y ganó el premio del P.E.N. Club italiano. También esta novela es adaptada y llevada a la pantalla grande.

En 1994, publicó Gli ultimi tre giorni di Fernando Pessoa (Los últimos tres días de Fernando Pessoa), y además la novela por la que más ha sido (o es) conocido: Sostiene Pereira. Roberto Faenza dirige la película del mismo nombre, con actuación de Marcello Mastroianni en el papel de Pereira y música de Enio Morricone.

En 1997 escribe la novela La testa perduta di Damasceno Monteiro, basada en la historia real de un hombre cuyo cuerpo fue encontrado en un parque. La novela acabó revelándose como profética cuando el asesino, el sargento José dos Santos, finalmente confesó su delito. En 1997 escribe también Marconi, se ben mi ricordo. El año siguiente, L’Automobile, la Nostalgie et l’Infini.

En el año 2001 Tabucchi publica Si sta facendo sempre più tardi, novela epistolar, sin destinatario, 17 cartas que celebran el triunfo de la palabra.

En el 2004 publica Tristano muore, un largo monólogo de un expartisano en agonía: contando su vida a un escritor que él mismo convocó, Tristano (el nombre es un homenaje al personaje de Leopardi, de las Operette morali) evoca contradicciones y laceraciones frente a la guerra, a la política, a la vida.

Además ha dirigido el Instituto italiano de Cultura en Lisboa entre los años 1985 a 1987. Lisboa es la ciudad donde se refugiaba para escribir durante seis meses del año, junto con su mujer y sus dos hijos. El resto del año lo pasaba en Toscana, enseñando Literatura portuguesa en la Universidad de Siena. También contribuía a las páginas culturales del Corriere della sera y de El País, donde sus artículos eran publicados regularmente. Tabucchi, de hecho, se consideraba escritor solamente en sentido ontológico, ya que desde el punto de vista existencial se sentía feliz de poder definirse “profesor universitario”. La literatura, para Tabucchi, no era una profesión “sino algo que implica a los deseos, los sueños y la fantasía” (en una entrevista de Asbel Lopez). Colaboraba además con la revista Latinoamericana.

En el 2009 publicó Il tempo invecchia in fretta, que es el último libro en ser traducido al español.

No es poco. De todos modos, antes de continuar, revisaremos un poco la famosa novela “Sostiene Pereira”. El personaje principal, Pereira, es un periodista que trabaja actualmente en la sección cultural del vespertino “Lisboa”. Viudo, católico, con problemas cardiacos y algo de sobrepeso; pasa sus días entre su casa, la redacción cultural y el café Orquídea, donde bebe limonadas (nada de alcohol), come homelettes a las finas hierbas y se entera de las noticias que nunca están en los diarios. En casa, habla con su mujer (con la foto de su mujer muerta) y traduce algunos cuentos franceses del siglo XIX. Y piensa en la muerte.

Un día, en el verano de 1938, encuentra en una revista un texto tomado de la tesis filosófica de un tal Monteiro Rossi que habla justamente de la muerte. Se le ocurre que podría contratarlo como ayudante para redactar unas necrológicas anticipadas de escritores aún vivos; así que lo busca para conversar. En este primer encuentro además conoce a la novia del joven, Marta. Siente una extraña afinidad y preocupación por Monteiro Rossi, piensa en él como si fuera el hijo que nunca tuvo, o como un recuerdo de su misma juventud. A partir de ese momento, nada será igual. A lo largo de la novela, aunque muchas veces no esté de acuerdo con el comportamiento o las ideas del joven, profesará hacia él un cariño paternal.

Monteiro Rossi es un activista de los partisanos, que está en contra del gobierno dictatorial de Salazar y de Franco, y no tiene reparos al momento de redactar las necrológicas (ninguna publicable, ya que la censura no permitiría decir algunas cosas), aunque siguen siendo pagadas por Pereira.

A medida que transcurre la novela, Pereira siente que hay algo extraño. La afinidad con Monteiro Rossi comienza a despertarle, en cierto modo, la necesidad de decir lo que piensa; y más con los encuentros con otros personajes, como el doctor Cardoso o el director de su periódico.

El final de la novela es, podríamos decir, perfecto. Con una narración ligera, nos lleva en una espiral donde van creciendo las tensiones y provocando cambios profundos en la forma de ser del personaje, hasta tener el valor de decir lo que piensa, algo que no siempre es bien visto, y menos en contextos como el de una dictadura.

Este libro se ha convertido, de cierta manera, en un símbolo de la libertad de expresión y de la responsabilidad individual en contextos de absolutismo.

Algunas consideraciones

Hay cinco aspectos o puntos que me gustaría abordar.

  1. La búsqueda de la identidad. Es uno de los grandes temas de Antonio Tabucchi. En muchas de sus obras hay una búsqueda -falsamente- silenciosa por el yo. Una búsqueda que a veces no es tan evidente, pero se revela la única fundamental del personaje (por cierto, siguiendo temas de Pirandello, Borges y Kafka, autores muy queridos por Tabucchi). En esta novela en particular, Pereira nota el cambio en su personalidad a raíz del encuentro con Monteiro Rossi, y que es de cierta manera explicado por el doctor Cardoso, que conoció en una visita a una clínica de Talasoterapia: no hay un alma, sino una confederación de almas. Nuestra forma de actuar correspondería al alma hegemónica, pero que con el tiempo puede perder su lugar. El encuentro con el otro es un espejo, como siempre, y poder entender ese reflejo puede llevarnos toda una vida. Los otros y las circunstancias descascaran, desgastan al alma hegemónica dando lugar al surgimiento de otra.
  2. Una cuestión de geografía. El segundo punto, que espero poder trabajar con más calma en un próximo ensayo, es el siguiente: hay una construcción de algo parecido a una geografía vital, una construcción que se realiza en el encuentro o intersección entre la experiencia de vida, por un lado; el paso del tiempo, que cambia la topografía, y el encuentro con otros, que cambian la perspectiva de ese relieve. En uno de sus más hermosos cuentos, “Pequeños equívocos sin importancia”, una serie de –justamente– equívocos resultaron fundamentales para el futuro de los personajes. Los cambios vitales son cuestión de azar.
  3. La memoria está hecha de tiempo. Esta es una frase que Tabucchi usó en una entrevista, que me gustaría explorar. Me parece particularmente iluminadora: no son los hechos, sino el tiempo el que conforma la memoria. Justamente, la memoria es la visión de nuestra geografía mental. Es pues, pura topografía. El tiempo y el Otro, o los Otros, son los que nos trasladan de un punto a otro de nuestra geografía vital, como trenes, como puentes, como barcos, como fantasmas, y nos dejan un nuevo punto de vista del horizonte y los recuerdos. Nosotros somos el tiempo. Por otra parte, la memoria es arbitraria, es intencional y creativa. Volviendo a la metáfora de la geografía, nuestro mundo interno también sufre de condiciones climáticas, y grandes sucesos naturales que hacen que la memoria emerja o se pierda. Y la muerte es uno de esos grandes cataclismos.
  4. La muerte. La obra de Antonio Tabucchi es sumamente vital, y justamente por eso se hace más necesario hablar de la muerte. «La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que une la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida», nos dice en el primer capítulo de esta obra, atribuyendo este texto a Monteiro Rossi. La muerte es, pues, algo inherente a la vida misma. Tabucchi no se centra en largas meditaciones sobre la muerte, sino que escribir sobre la muerte implica hablar de la vida, y viceversa. En este mundo, dice Tabucchi, se prefiere hablar de la muerte mientras se siente la inmortalidad propia. “El hombre es una criatura estúpida que tiene una pequeña idea de inmortalidad. Piensa que no morirá nunca”, dice este autor. Y la conciencia de la muerte permite asumir una posición también de responsabilidad hacia el otro y hacia el contexto en el que se está inmerso.
  5. Derechos civiles y libertad de expresión. La rebeldía no tiene una edad. El reconocer la importancia de decir lo que se piensa es fundamental, y en cierto modo, un acto revolucionario. En un libro-entrevista, Tabucchi nos recuerda: “Las dudas son como manchas en una camisa blanca, recién lavada. La misión de todo intelectual y de cada escritor es de instalar dudas en la perfección, porque la perfección genera ideologías, dictadores e ideas totalitarias. La democracia no es un estado de perfección.” Tabucchi ha comentado en varias oportunidades que él siente que sus personajes suelen ser los perdedores. En un momento determinado hacen simplemente lo que deben hacer, sin heroísmos precisamente, sino solo reconocen, o podríamos decir que se aferran a la importancia de tomar una decisión y asumir el contexto. Pero como autor, como artista o como intelectual eso no significa que se pueda cambiar ese contexto, sino dejar un testimonio perdurable de los sucesos. En una entrevista realizada por Hector Pavón dice “Creo que el arte tiene poco poder frente a los cañones y la bomba atómica. En la Edad Media, en el siglo XVI, había guerras espantosas mientras seguía existiendo una bellísima literatura, una filosofía. En el siglo XIX, mientras Napoleón llevaba la democracia también llevaba masacres a toda Europa. A Rusia, a la Península Ibérica, a todas partes. Mientras las guerras ensangrentaban a Europa seguía habiendo una grandísima literatura. Estaban Stendhal, los grandes poetas y también una filosofía óptima. Pero no fue Stendhal el que mandó a Napoleón a Santa Elena. Stendhal dejó un testimonio de lo que era Napoleón; los desastres de la guerra son uno de los testimonios más espantosos y también monstruosamente bellos de un período trágico de Europa, pero no fue Goya quien venció a Napoleón. Por eso no creo que la tarea de tranquilizar al mundo o de resolver los grandes problemas de las guerras y las masacres le corresponda a los artistas y a la literatura. Picasso pintó Guernica pero no frenó la mano de Franco”.

Muchas gracias a todos por su paciencia.

Cecilia De Marchi Moyano

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