Ronda y hormigas | Venganza

Ahora les presentamos un texto de Roberto Oropeza, una de las joyas del sexto número de la revista dedicado a la venganza.

Ronda y hormigas

Kinder

I

Toda la tarde habíamos perdido en cada uno de los juegos, incluso en el fútbol. Derrotas humillantes que no daban lugar a ninguna réplica. Antes de dirigirnos al bus de regreso a casa, a una de las madres presentes –la mía tal vez– se  le ocurrió realizar un último enfrentamiento a modo de revancha. Éramos jóvenes y todavía teníamos una vida que ofrecía chances

Nos tomamos de las manos formando un círculo, las risas y gritos –sobre todo éstos últimos– comenzaron a aumentar en intensidad. Las reglas establecían que nosotros podíamos levantar o bajar los brazos dependiendo de la situación. Y ella… ella corría muy rápido, no la podíamos detener.

No podía seguir tolerándolo, cada vez quedábamos menos. La vi pasar por mi flanco derecho a toda velocidad, en vano hubiera servido bajar mis brazos, jamás hubiera podido detenerla. Estiré mi pierna, y en esa pequeña fracción de segundo que dura el nacimiento de la orden en el cerebro hasta que se ejecuta la acción, ella cayó al suelo con un golpe seco, no tuvo tiempo de poner las manos para amortiguar la caída, parecía que nunca se iba a levantar. Los gritos cesaron. Todos me miraron atemorizados, mi madre miraba al piso. Fin del juego. Ganamos.

II

Cuando tenía cinco años era Dios. Armado con un vaso de agua y una lupa lograba destruir colonias enteras en pocos segundos. Había creado el apocalipsis mucho antes de aprender a leer. Los pocos sobrevivientes que se arrastraban buscando refugio en alguna piedra o agujero cercano, eran drásticamente castigados por su osadía: dejaba caer mi saliva sobre ellos para así ahogarlos lenta y definitivamente.

Cuando tenía cinco años odiaba la hora de dormir, porque estando acostado y a oscuras, lloraba sin consuelo mientras pensaba que un ser supremo tenía conocimiento pleno de mis actividades diurnas y que su divina mente encontraría la forma más horrible de hacerme pagar por ello.

Cuando tenía cinco años era Dios.

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