Inevitabilidad y silencio | Venganza

Hoy te proponemos un relato muy bien logrado, de Lourdes Reynaga Agrada, que apareció en la revista de la venganza.

Inevitabilidad y silencio

My love is vengeance.
The Who

“Venganza” es la palabra que me cruza repetidamente la cabeza, adueñándose del compás de mis movimientos. La perfecta sincronización entre mis dedos y mis labios no logra abandonar el pausado ritmo de mis ideas. No es una cuestión de placer, cuando menos, no de placer físico. La venganza es posible, la venganza es necesaria y, a la vez, la venganza es inevitable. Tan inevitable como el cambio que se opera en mí a cada chasquido inaudible de mi lengua, a cada retroceso y avance de mi mano que se cierra oprimiendo, de mis dedos que intercalan movimientos sutiles con espaciadas aspiraciones de mi boca, mientras mis ojos se cierran y por mi mente cruza veloz la posibilidad de una llamada en el celular.
Porque, lo sé, no funcionaría si no es ella quien llama para sorprender el momento, pero también sé que es imposible; ella confía en mí, ella me ama, como yo la amé, como yo confié antes de descubrir los bóxers, por eso se requiere un plan distinto. En eso estoy, demostrando una pericia que no creía posible en mis labios y mis dedos, cuando siento los dedos ajenos enredarse en mi cabello y el movimiento predictivo que me advierte un segundo antes y logro desviarme, mientras el chorro acre estalla en el rosa de mi negligé manchando mis pechos.
“Venganza” me repito mientras me aseo, comprendiendo por primera vez algo que suele insinuarse pero que no se explicita: la potente carga de violencia autoinfligida que posee la venganza y que proviene del secreto. Para que una venganza sea exitosa debe cumplir con dos requisitos: el objeto de la venganza debe conocer la identidad de su victimario y el acto debe quedar impune (1). No hay efectividad en ella si es incapaz de evadir un castigo, tal vez no merecido, pero sí adecuado. En el secreto está la clave de la mutación.
Los vengadores de “La puerta y el pino” de Stevenson o del más popular “Tonel de amontillado” de Poe, no son los mismos luego de ejecutar la venganza, como no lo es la dulce Emma Sunz del cuento de Borges. Junto con el secreto, en el centro de la venganza está la inteligencia, porque la venganza aparece originalmente como un ejercicio intelectual, como una muestra paciente de planificación (no encontré al hombre en un bar cualquiera como Emma, porque este no podía ser cualquier hombre, debía ser este hombre, no podía ser en un hotel de paso, debía ser en su casa), aunque para ejecutarla inevitablemente haya una carga de suciedad corporal. El polvo en el cuento de Stevenson, la mohosa humedad para el narrador de Poe, los fluidos del marinero en el cuerpo de Emma, son muestras irrefutables.
Aquí se encuentra la distancia con el acto de justicia, ya que este exige una reparación pública. La venganza, sin embargo, tiene un lado perverso que no puede exhibirse, que está tal vez en toda la planificación requerida, en el disfrute previo imaginando el momento de la realización y en el placer posterior al revivir no tanto el acto como su carga simbólica. No es el disparo lo que recordará Emma, ni el ambiente subterráneo donde quedará Fortunato en lo que pensará el narrador de Poe, yo no volveré a pensar en el cuerpo del hombre, porque no son los actos lo que proporcionan placer al ser revividos, sino lo que representan. En mi simple venganza me bastará con leer en ella que lo sabe, con una certeza impotente pues enfrentarme implica delatarse.
Pienso en esto mientras me visto, remplazando mi camiseta por una del hombre en un planificado acto de crueldad. Y, antes de largarme, rehuyendo con algo de asco la piel que me ofrece su tibieza, no olvido ─cómo olvidarlo─ escribir con mi identificable caligrafía, en donde sé que mi novia podrá encontrarla, tal vez esta misma tarde, la cita de Virginia Clemm, enunciada en una novela que nadie recuerda: “Mi lesbianismo recalcitrante, acaso no sea más que una misoginia desorientada”.

(1) “No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad.” Aclara el narrador de “El tonel de amontillado”.

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