Venganza™ – Manual de instrucciones | Venganza

En la revista dedicada a la venganza, encomendamos a Renato De Marchi Moyano un documento especial, un manual de instrucciones sobre las armas para una venganza eficaz. Aquí encuentras este peculiar manual de instrucciones. Úsalo con cautela.

Venganza™ – Manual de instrucciones

Desde el inicio de los tiempos, el hombre siempre tuvo algo que decir sobre sus semejantes. Normalmente esto era debido a las (in)capacidades físicas o mentales de los demás, o a posibles discrepancias ideológicas o teológicas, o simplemente al hecho de que el mundo está demasiado lleno de idiotas. Algunos académicos, sin tener nada mejor que hacer, hipotizaron que la venganza es innata en el hombre, así sea física, psicológica o espiritual. Por esto es que me tomé la libertad de hablar al respecto con un experto que, visto el tema y su situación con la justicia, llamaremos D. Alighieri.
El experto en cuestión me dio mucha información sobre cuáles son los medios más eficaces, los precios, cómo fabricar, dónde comprar, cómo planificar y cómo disfrutar plenamente la venganza contra alguien.
Vista la amplitud, la precisión y el cuidado con que me fueron proporcionados todos estos datos, mi abogado, mi editor y un par de personas sombrías y con cara de mala fama me aconsejaron que evite contarles todo, para salvaguardar mi seguridad y mis antecedentes penales.
De todos modos, si han pensado en hacerse justicia con un arma de fuego, debemos dividirlas en tres categorías principales: las ligeras y semiautomáticas, las automáticas y las pesadas. Digámoslo sin tantos rodeos, las armas ligeras y semiautomáticas son las más adecuadas, tanto por la facilidad de uso como por el hecho de que pueden ser usadas a una distancia de seguridad, son fáciles de esconder y relativamente baratas. Si usamos un revólver podemos tener problemas al recargarlo, por lo tanto una buena semiautomática es la mejor elección. Debe recordarse, sin embargo, que estas armas son ruidosas, tienen algo de problemas legales y la mala costumbre de ensuciar mucho si son usadas a corta distancia.
Las automáticas son divertidas. La probabilidad de matar a alguien son bastante elevadas, la distancia desde la cual pueden ser disparadas es mucho mayor con respecto de las ligeras y el caos que producen puede facilitar una eventual fuga, pero su precio es alto, necesitan de mucha práctica y hay que enfrentar no pocos enredos logísticos y legales.
Las armas pesadas tienen un precio elevadísimo, pueden crear muchos problemas con las autoridades y la logística de la venganza, además del pequeño detalle de que no todos somos Rambo. Pero disparar y ver estallar su auto, sin duda, produce una enorme satisfacción.
Los explosivos merecen un capítulo aparte. Si tienen buenas nociones de química, los pueden preparar en casa, planificándolos con cuidado. Hay miles de tipos diferentes para escoger, son bastante eficaces y muy divertidos. Pero presentan una serie de insidias no indiferentes. Antes que nada hay que saber lo que se hace, de lo contrario quedarán pedazos tuyos hasta en el cielorraso. No todos los explosivos se encuentran en el supermercado, y normalmente tienen precios relativamente altos –además, para usar los “prefabricados” hay que evitar numerosas tribulaciones burocráticas y legales.
Si no quieren ensuciarse las manos, tienen una puntería desastrosa y no tienen suficiente guita para conseguir un arma de fuego, los venenos son una excelente alternativa. Son baratos, fáciles de encontrar o fabricar en casa, muchos nada más hay que recogerlos en el jardín. Son planificables, se puede siempre postergar su uso si las condiciones no son las ideales y, cuando los usas, la víctima de la venganza sufrirá como un perro. Pero debemos poder estar en estrecho contacto con la persona sobre la cual queremos derramar nuestra venganza. Un simple examen forense puede revelar el motivo de la muerte y la duración variable de la planificación puede hacernos renunciar a nuestros intentos de realizar justicia por mano propia.
Para quienes en cambio son irascibles y prefieren métodos más personales, las armas blancas son lo ideal. Por simplicidad las dividiré en grandes (de machete para arriba) y pequeñas (de machete para abajo). Las grandes presentan grandes problemas logísticos: si uno se presenta ante el enemigo con un hacha tal vez puede sospechar que no es para cortar leña. Además suelen ensuciar. Mucho. Muchísimo. Y no es seguro que tu víctima estire la pata. Pero si sabes cómo usarlas, la matas o la mutilas; en fin, le causarás un dolor de mierda. Y son bastante comunes, siempre que no decidas usar una espada o un hacha medieval.
Las armas blancas pequeñas son las más prácticas, fáciles de esconder, baratas, las encuentras casi en todas partes, puedes liberarte de ellas sin muchos problemas. Normalmente son la elección ideal si uno quiere vengarse de algo muy personal y, admitámoslo, se disfruta de verdad viendo a la víctima sangrar como un cerdo. Pero por otro lado las motivaciones muy personales pueden resultar un perjuicio. Uno se ensucia bastante y necesita tener agallas. Debemos recordar, además, que la víctima puede defenderse.
Por último quisiera recordar que todo es un arma en potencia. Desde una botella a una sartén, todo puede ser arma. Y están en todas partes. En fin, si realmente eres irritable y quieres ajusticiar inmediatamente a otro, basta mirar alrededor: ¡algo encontrarás! Y si quieres darte el gusto de pensarlo por un instante, son muchas las cosas baratas con las cuales despedazar huesos. Pero háganlo sólo si tienen el físico adecuado, y aun así recuerden que la persona de quien quieren vengarse puede siempre responderles. Recuerden, además, que si deciden usar una llave inglesa de 25 pulgadas, podría resultar complicado esconderla.
Quisiera recordarles, por último, que si quieren hacerse justicia con sus manos, deberán contar hasta diez, tratar de tranquilizarse y verán que se les ocurrirán mil otros modos para conseguir la añorada venganza. Personalmente pienso que hay modos mucho más creativos y eficaces que los violentos. Mi ejemplo preferido es la Divina Comedia, donde Dante se tomó la libertad de mandar al infierno todos los que le caían mal. Y si los recordamos aún hoy, es en general por méritos dantescos.
Espero que no deban nunca seguir estas recomendaciones. Por lo menos, no contra mí.

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