Sin apuro, sin demora

Este es un artículo de Alexis Argüello, que se encuentra en el suplemento Apostillas que publicamos a inicios de abril. Buena lectura.

Sin apuro, sin demora

Para Andrea Callejas Herrera.

Es la espera del abandono que inquieta. Y no se va.

Es la espera, y la espera del abandono, que paciente se queda. Aquellos clientes chilenos que desordenaron mis estantes y reacomodaron sus recuerdos; posibilidad y expectativa. Es el recuerdo, y la espera de su abandono; lo que lleva a bajar la cabeza, desde el mentón hasta el más llamativo de los cabellos parados; lo que inquieta; lo que lleva a blandir los puños y, conscientes o no, clamar, reclamar Venganza.

El número acumulado de NO(s), el número inflado de SÍ(s). Recuerdos que van tras de algo más que recuerdos. Recuerdos, siempre en busca de algo más, entre la espera del abandono que inquieta… Y no se va.

Toda esa gente que olvida rápido su enojo, minutos después, ya sufre de Alzheimer; de Síndrome de Korsakoff, sufre los efectos de la Ley de Ribot, sufre por no sufrir, por haber sufrido un cambio o… mejor dicho, no haber sufrido ninguno…

He sido interrumpido, ocurre a diario. Cobro el precio convenido; me vendo y no. Sonrío. Suena de fondo Te eché al olvido, de Estanis Mogollón, interpretado por Tony Rosado.
Errven Torrez, cantando el tema, me enseñó a cantarlo, me enseñó a no perdonar y a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.

Eco no perdona a Narciso, Apuleyo no perdona a Eco, Umberto no perdona ni a Apuleyo ni a Narciso ni a Eco. Borges dice: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Anónimo dice: “Hay un hombre que no olvida: el olvidado”. Me quedo con Anónimo y Errven Torrez que, ya lo dije, me enseñó a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.

El espejo, no hoy, no ayer, me lo ha dicho: Hay casas, casos, cosas que no se recuperan, que no se olvidan. El televisor, la radio, el periódico y los libros de texto me dicen lo contrario. Me quedo con el espejo que sólo se contradice cada que me contradigo… yo. La subjetividad siempre ha sido colectiva, y es por eso que prefiero callar cada que veo a más de dos personas vistiendo la misma marca y riendo con los mismos chistes de siempre; prefiero callar porque supongo que comparten una misma interpretación y que, tal interpretación, no se presta a interpretaciones… responde a una “verdad”: “la verdad de todos”. Esa clase de gente, dirán algunos, debería causarme desprecio, pero no; en estos casos uso la palabra desencanto. El desprecio llama a la acción y el desencanto sólo a la lástima y apatía. Tal vez, para hacer algo más que sentir lástima, debería imprimir y repartir tarjetas que lleven la siguiente frase de Nietzsche: “No hay hechos, hay interpretaciones”.

Son tiempos en que, para los lectores de Foucault, las ciencias humanas se desarrollan para conocer al hombre y dominarlo mejor; la razón de la opresión y la opresión por la “razón”. Son tiempos de Venganza, o mejor dicho, tiempos para identificar el momento adecuado, el momento de la Venganza; si es que tal no ha pasado ya, claro. El paso que antecede al primer paso, es el primer paso; el más difícil de todos. Identificar el Cuándo. Esperar como el fotógrafo y el cazador que, llegado el momento, al presionar sobre algo presionan sobre sí mismos. La Venganza, lo mismo, requiere de paciencia, de actuar sin apuro y sin demora, exige el ritmo exacto y la mirada de la “víctima”, requiere su atención y conciencia en el momento en que se desarrolla; si no, no es Venganza.

Venganza.

Pocos son los Actos de Venganza, contados son los que no han sido confundidos. El victimario, hoy es casi regla, asume el rol de víctima, niega el rol y la existencia del contrario, despojándole de todo; incluso de su condición de víctima. Pocos son los Actos de Venganza y, aunque es lo que se acostumbra, no, no se puede considerar Acto de Venganza al abuso y agresión que, socapado en excusas, termina en abandono o asesinato. La Venganza es lo más cercano a la justicia y se comete de pocos a muchos; sí, en ese orden, siguiendo la dinámica de cierto superhéroe de cuyo nombre no me quiero acordar. Es cierto, no devuelve la felicidad pero, ¿quién hoy en día es realmente feliz?, ¿acaso necesariamente venimos a este mundo para ser felices? La Venganza atenta contra lo reiterativo de uno o más recuerdos que abren la herida; sí, esa herida que amenaza con no cerrar. Exagera los hechos o, mejor dicho, los toma por primera vez en serio.

Acto poético cuando se hace en nombre de todos y cada uno, y cursi cuando se hace en nombre del “amor”. La Venganza es, tal vez, el único mecanismo de defensa ante lo frustrante de vivir una vida que no quiere ser vivida por nadie; una vida, la suya, por ejemplo, que dice “Lo quiero todo” cuando quiere decir “No sé lo que quiero, no quiero nada”.

Todos conocemos, o creemos conocer, el etimo de la venganza. El primer Acto de Venganza, un acto que nos ha llevado a declararnos una guerra tímida, que además se pone vieja con el pasar de los años; acto que no genera escarmiento, siendo eso, precisamente eso, lo que se ha esperado, lo que se espera y se sigue esperando. Esperamos la llegada del último Acto de Venganza, creyendo haberlo identificado y desengañándonos a diario. Esperamos, la espera del abandono, repantigados en un cómodo sillón, dentro de un café, con café en mano y, detrás de una ventana, detrás del vidrio. Esperamos, como espectadores, no como partícipes. Esperamos el último Acto de Venganza, en vez de cometerlo… O tal vez, prestos a interpretaciones, simplemente… “No me lo digas, demuéstralo”… esperamos cobardes… “Ese fue tu gran error”… el último acto de perdón.

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