La venganza como una forma más de la memoria

Este es un ensayo de Christian J. Kanahuaty, publicado en las Apostillas a la Venganza. ¿Alguna vez sentiste que el blanco de tu venganza eras tú?

La venganza como una forma más de la memoria

Si uno pudiera perdonar sería realmente horrible la vida. No quiero decir que uno deba salir y matar para cobrar venganza o revancha por algo sucedido hace un tiempo. La venganza es una forma de la memoria, es la manera en que la memoria no permite perdonar ni olvidar.

No quiero hablar de esa venganza dirigida a otro, a un tipo que simplemente nos puso chicle en el asiento del banco o se metió con la chica con la que salíamos ni al tipo que le rompió la nariz a tu madre. No, de ellos no hablaré. Más bien hablaré de esa venganza contra uno mismo. Del autocomplot. De la vergüenza que uno siente cuando se encuentra culpable de un crimen que ni sabe que cometió pero que reiteradamente se encarga de purgar a como dé lugar. La venganza de no ser feliz, por ejemplo.

Cuando uno comete un error no está dispuesto a asumirlo y corregir en el acto las cosas. Lo que hace es sacrificarse, inmolarse y luego con el tiempo siempre, siempre sabotearse y decir que uno no sabe cómo hacer cierta cosa o no sabe cómo actuar y por eso debería pagar una culpa. Una culpa cuyo precio no sólo es repetir y repetir la misma historia sino dejar historias sin terminar y no permitirse uno mismo afrontar nuevas cosas, se encierra en un proyecto que está condenado desde el principio.

Las palabras, los símbolos, las imágenes y ciertas canciones, en ese momento son las herramientas del destino macabro de la venganza. Una venganza sistemática donde no quedan piedra sobre piedra en nuestra autoestima y nos hacemos daño. Un daño tan terrible y concreto que no sanará ni con todo el tiempo del mundo. A menos a que aprendamos a olvidar, pero como eso no siempre es posible, por lo menos habrá que aprender a perdonar.

Hay ocasiones, incluso en que la venganza no es planificada, simplemente aparece, se hace sentir y llega. A veces en un buen momento, casi siempre lo hace en un buen momento de nuestras vidas, cuando creemos que todo empieza a salir bien, ahí aparece el verdugo de nuestra felicidades que es la venganza. Algo que hayamos hecho, por mínimo que sea, toma cuerpo y se adapta a nuestra nueva realidad y desde ahí atenta contra nuestro mente y nuestra paz psíquica y adiós felicidad. La venganza la hacemos nosotros contra nosotros. Yo contra yo. El yo que quiero ser contra el yo que se sintió mal por algo en el pasado. Resolverlo es un proceso de introspección y de autointerpelación consciente, sin miedo ni dudas, un acontecimiento de demolición, donde uno ya no puede dejar de ser el mismo, porque una buena parte se fue, con la venganza incluida, si tenemos suerte.

La venganza, puede matar el alma, puede ir más allá y dañar el cuerpo cuando uno mismo siente que es el cuerpo de carne y hueso el culpable de los fallos y maltratos recibidos por otras personas. La venganza está viva y la alimentamos con el dolor, la frustración, la soledad y el abandono. No la dejamos enjaulada, no se ríe de nosotros, sólo aguarda agazapada el mejor momento y ahí da el zarpazo, de un toque te vuelve de agua y te lanzas a llorar y te resquebrajas y te olvidas de todo el camino que recorriste. Así, te olvidas de lo que eres y de lo que tienes para dar y sobre todo, del por qué muchas personas aún te cuentan entre sus amistades. No sé si eso tenga que ver con tu autoconcepto o con las múltiples imágenes que lanzas o la manera insistente en colocarte en situación de permanente víctima. Pero lo cierto es que a pesar de que ejerces venganza sobre ti, hay otras personas que no desean dañarte ni ajusticiarte. Y es muy posible que las amistades que tienes te saquen poco a poco de ese hueco profundo que cada día excavas para enterrarte en él. Quizá, un día, decidas dejar de ejercer violencia sobre ti y seas una persona un poco diferente.

Pero a la venganza no le gusta eso, a ella le encantaría que siempre te lamieras las heridas y que estuvieras sosteniendo interminables soliloquios. Donde una y otra vez en el espejo veas tu rostro y sólo en esa figura demacrada veas al culpable, al que debe pagar por todas las horas previas de dolor o de miedo o de silencio.

Yo no sé si habrá solución para no sentirse víctima y victimario al mismo tiempo, a veces me parece que uno está ahí al lado del otro, como hermanos siameses, y explotan cuando algo nos molesta y no lo podemos resolver. No les sucede a todas las personas, pero a muchas nos ha pasado, espero que no a tantas. Pero lo que sí es seguro es que no hay que convertir la venganza en perdón, porque eso implica una situación de igualdad. De reconocer el poder del mal y el poder que tiene también el olvido y el perdón. Aquí hablo en una situación interna. Quieres vengarte de quien odias y odias a quien quieres vengarte. Y a veces odias y ejerces venganza contra ti mismo. De eso hablo., de uno mismo. De esa situación de uno contra uno, frente al espejo, en soledad.

Al parecer es un tema que da para mucho y genera muchos hijos: odio, por ejemplo y luego miedo. Y uno se vuelve incapaz de salir de esa espiral. A menos que reciba un golpe muy fuerte o una emoción muy completa lo contraiga y lo haga tocar fondo, una vez más, pero con otra idea. La idea de abandonar el odio.

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