Mademoiselle Pompadour | Perros

Aquí va un hermoso artículo de Lourdes Reynaga Agrada, parte de la revista dedicada a los perros.

Mademoiselle Pompadour

La Pompadour me mira, acostada pacíficamente en mi cama. Ladea la cabeza y gime-gruñe reclamando mi presencia, que para ella es sinónimo de algunas caricias y algo de calor. Le devuelvo la mirada con el rabillo del ojo y le sonrío. Aplasta las orejas, parece resignada. Me es inevitable asociarla con el perro lobo de “Encender un fuego” de Jack London, aunque sé que tiene más de Hachiko, el perro japonés del que supe por primera vez leyendo Nana y sobre quien hay hasta versiones cinematográficas.

Volviendo a London, Ricardo Piglia, en El último lector, tiene una lectura muy linda sobre el protagonista. Aproxima su lucha por sobrevivir a los últimos días del Che en Bolivia. La aproximación es contundente; sin embargo, emulando al hombre del cuento de London, deja de lado al acompañante, el perro lobo que sí sobrevive. Hay en el cuento una presencia fuerte del perro, sus movimientos son descritos y también la forma en que el amo lo percibe, como la criatura con la que no tiene una comunicación y que, en determinado momento, se le presenta como la única posibilidad de sobrevivencia. Ese momento es impactante. El hombre, entumecido por el frío, piensa en matar al perro e, introduciendo las manos en sus entrañas, aprovecharse del calor de su cuerpo para librarse de la parálisis que le va avanzando por el cuerpo. Por supuesto, está ya en tal nivel de congelación, que le es imposible y le agradezco a London la omisión de esta alternativa.

La Pompadour no sabe sobre qué escribo, pero la escucho revolverse en la cama, reclamando ella también algo de calor y la golosina que le toca. En los años de convivencia nos hemos condicionado la una a la otra para interpretar ciertos gestos y sus movimientos son capaces de provocar los míos dirigiéndome a la caja para extraer las galletas y ponerlas al alcance de su boca, mientras ella me recompensa con la celeste mirada de sus ojos y el movimiento de la punta de su cola.

Algo hay en ella del instinto del perro lobo, con el que guarda un lejanísimo parentesco. No me refiero únicamente al abundante pelo blanco que se hace más denso en ciertas partes de su cuerpo y que le ha valido el nombre de Pompadour, sino también a los rastros de ese instinto primitivo que se le despierta de vez en cuando. Nunca cuando las visitas se le acercan y la abrazan, pero sí cuando los fuegos artificiales dibujan explosiones y provocan ruidos intensos que atraviesan la transparencia del tragaluz poniéndola nerviosa. Entonces se eriza y saca de las entrañas esa voz grave de perro grande y emite ladridos potentes, para luego acurrucarse entre mis brazos y meterse en la cama temblando.

La miro terminar sus galletas feliz, relamiéndose el hocico, y me es difícil verla como sus ancestros, medio salvaje, medio loba, trotando –con sus patas cortas por un mestizaje del que no tiene idea– entre la nieve, lejos del sol del altiplano que le raja la nariz y le cubre de pecas el hocico. Pero no me es difícil imaginarla cubriéndose con la cola las patas para abrigarlas, levantándolas alternadamente como el perro del cuento de London; ella no por frío ni por la nieve, sino después del baño con un producto adecuado a la blancura de su pelo, para lamérselas a conciencia y quitarles los restos de humedad.

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