Acerca de Cecilia De Marchi Moyano

poeta, narradora, editora y gestora cultural boliviana. Obtuvo mención de honor en el Premio Nacional de Cuento "Adela Zamudio" 2012 y en el Premio Nacional de Poesía "Yolanda Bedregal" el 2013. Ha publicado el poemario Blanco (Yerba Mala Cartonera, 2015) y los libros de narrativa infantil Abre (El Taburete – ICCO, 2016) y, en coautoría, Buscar y volver a buscar (Penguin Random House Argentina, 2017). Ha participado en distintas antologías y festivales poéticos nacionales e internacionales.

FLOJERA | Revista Punto Aparte, Número 8

 

REVISTA 8 FLOJERA portada

Queridos lectores:

Aquí encuentras nuestro octavo número de la revista, donde quisimos hablar de uno de los grandes pecados: la flojera. Puedes descargarla haciendo clic en este enlace: REVISTA 8 FLOJERA.

Para lograr este número, nos colaboraron:

Comité editorial:
Cecilia De Marchi Moyano
Ariel Revollo
Lourdes Reynaga Agrada
Mayra Romero Isetta

Columnistas:
Ch’aki (Ariel Revollo)
La maja en tacones (Mayra Romero Isetta)
La loca de los gatos (Cecilia De Marchi Moyano)
El revólver del cocodrilo (Iván Gutiérrez)
Amores perros Perrini-ini (Mayra Romero Isetta)
El ojo crítico (Lourdes Reynaga)

Colaboran en esta revista:
Ramón Rocha Monroy
Jack N. Kennedy
Carolina Hoz de Vila
Alexis Argüello
Sergio Harb
Veronica Adriani
José Luis Claros López
El físico secreto

Imágenes:
Jota Gordillo (ilustrador)
Andrés Herrera
Lesly Moyano
Liz M. Mendoza
Katsunori Osoegawa

Diseño y montaje:
Renato De Marchi Moyano

Documentación y coordinación:
Mayra Romero Isetta

Edición:
Lourdes Reynaga
Mayra Romero
Cecilia De Marchi Moyano

Correctora en jefe:
Mariela De Marchi Moyano

Portada:
Jota Gordillo (El gato hidráulico)

Contratapa:
Lesly Moyano

 

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Amores Perros | Venganza

Perrini – Ini, nuestro peludo escritor, nos propone su artículo sobre la venganza. Es parte del sexto número de la revista que puedes descargar aquí.

perrini

Un día, mi abuelo me dijo que si alguien buscaba venganza, eso significaba caer tan bajo como la persona de la que uno quería vengarse. Lo que no me dijo es que si uno se disfraza o se oculta, sí se puede vengar, y mejor aún, no caes bajo sino que te conviertes en héroe.

Fue así que me inspiré para vengarme de un gorila (literalmente un gorila, no una persona grandota) que me hace bullying: me conseguí un disfraz de Batman. Y como el Caballero de la Noche, me fui a darle una paliza… después de eso me convertí en celebridad entre los peluches de la casa.

Aprendí entonces dos cosas de ustedes, los “sabios” humanos:

Primero, que uno sí puede vengarse y disfrutarlo. Eso me lleva al segundo punto: se disfruta más si no das la cara. Y esto lo que se viene inculcando (oooootra palabra difícil para mí), ahí tenemos a Batman, Spiderman, El Conde de Monte Cristo, Tomy y Daly, Hamlet, etc.

Podemos disfrutar de un “helado de chocolate” llamado venganza (para los que entendieron la referencia: se dice que la venganza es dulce y fría, lerdoides) cuando usamos una capa. Así que, ya saben, si quieren vengarse, lo único que necesitan es un disfraz.

Libertad – Teoría y práctica | Venganza

A continuación encuentras el cuento de Marta Basso, parte del sexto número de la revista, traducido al español por Cecilia De Marchi Moyano.

Libertad—teoría y práctica

5:30. Como cada mañana, puntuales, le llevaban el desayuno. Se sentía muy bien cuando lo despertaban: se acomodaba los cuatro pelos que le quedaban en la cabeza, daba un paseo, saludaba a todos con una sonrisa y luego consumía su muy merecido desayuno. Era feliz, también porque sabía que nadie era más feliz que él: solamente él, entre todos, había entendido la buena suerte que le había tocado. Una casa cómoda, caliente; algunos amigos agradables, confiados; la posibilidad de no trabajar; tres comidas diarias muy abundantes.

“¡Eh, muévete de allí, tengo hambre!” detrás le gritaba uno, y él se hacía a un lado, lo dejaba comer y se volvía a poner en la cola, porque sabía muy bien que habría todavía suficiente para él; no podía ser de otro modo, porque la suya era la mejor vida del mundo.

La imaginación de Issimo, según él, “el ser más feliz del universo”, no llegaba siquiera a concebir una condición mejor que la suya: por ello se tomaba todo con filosofía, no lloraba y no metía su hocico, esperaba su turno, y, si no llegaba, se ponía el alma en paz pensando en un mañana que seguramente habría sido mejor. No podía ser de otro modo.

Los viejos de la comunidad, una tarde, reunieron a todos para una comunicación extraordinariamente importante: no había nunca sucedido una cosa así, y se podía palpar la agitación en la espera. Tomó la palabra el más anciano de todos, que casi no podía hablar de la consternación:

“algunos de nuestros conciudadanos, esta mañana, dando un paseo, por casualidad han escuchado unas palabras preocupantes… diría aberrantes, que tienen que ver con todos” comenzó, indicando un grupo que se había separado de todos nosotros y que sus componentes, notó Issimo, tenían todos los ojos clavados al suelo. “Le pido a uno de ellos que se aproxime a mí para dar su anuncio a toda la comunidad”.

Issimo no entendía. ¿Paseo? También él lo había hecho, en aquella mañana como todas las demás, y no había notado nada raro, diferente… Todo andaba bien, como siempre, y como no podía ser de otra manera. Meditaba estos pensamientos, cuando el más gordo del grupo se movió (con dificultad) hacia el centro del escenario sin despegar la mirada del suelo, y deteniéndose totalmente consternado pronunció solo estas palabras:

“Quieren asesinarnos. A todos. Mañana por la mañana”.

Un silencio gélido invadió toda la habitación. Nadie osaba hablar, hasta que Issimo, persuadido de lo absurdo de la afirmación, replicó:

“No creo, ¿por qué deberían hacerlo? Nos traen comida todos los días, nos cuidan con cariño. Esta es la mejor vida que nos podría tocar, somos libres, libres de vivir como nos gusta”.

“Somos libres en teoría” se irguió el viejo que había hablado pocos minutos antes, “pero no lo somos en la práctica. Y es hora de hacer coincidir la teoría con la práctica: escaparemos esta noche, tres horas antes de que salga el sol, para tener tiempo de alejarnos lo suficiente para que no nos alcance quien se dé cuenta de que hemos huido”.

Issimo no podía ni quería escapar: un salto al vacío, porque nadie les aseguraba que más allá de esas cuatro paredes en las que siempre había vivido existía algo… Y además, ¿para qué? Por una presunta voluntad de asesinarlos… ¿Y por qué, por qué todos? ¿Una represalia? Pero si siempre habían sido educados, con los superiores, nadie había dado problemas nunca… Ninguna pataleta, inclusive pocos enfermos… No, no podía ser verdad.

La noche, para Issimo, y solamente para él, pasó tranquila, exactamente como todas las otras noches que la habían precedido y que, por lo menos en su mente, le habrían seguido.

Pero, cuando se despertó por un ruido de pasos pesados de más de un par de piernas, se encontró solo: no creyó que se habrían escapado de verdad, y todos… ¡qué crédulos! Mejor, esta mañana el desayuno sería todo para él. Pero no tuvo tiempo para analizar como hubiera querido la fuga de sus compañeros, ya que escuchó unos pasos detenerse justo a algunos centímetros de él:

“¿Dónde se fueron todos? ¿Qué cuernos ha pasado?”
“¡Puercos! No lo puedo creer…”

“Es absurdo… Es una pesadilla…”

“¿Ha quedado solo uno?!” ¿Uno?! Me la vas a pagar…”

Estas fueron las últimas palabras que escuchó Issimo, antes de sentir un cuchillo helado que se le hundió entre la cabeza y el cuello. Murió casi sin un gemido, tal vez todavía estaba convencido que la suya fuera la mejor vida del mundo, y que por ello merecía una muerte de héroe: en realidad, en aquella puñalada estaba toda la rabia y la desilusión de quien ha perdido, para siempre, la ganancia de una estación de trabajo.

Los compañeros de Issimo ya estaban muy lejos cuando los criadores comenzaron la búsqueda: algunos, que se habían detenido en el camino por el cansancio causado por la poca destreza física, o que tuvieron poca fantasía para esconderse, fueron encontrados y asesinados; pero otros, que todavía viven sin vallas en los bosques, se volvieron, en el valle, símbolo de libertad, la verdadera, no solo teórica sino práctica, y fueron recordados por todos sus iguales como héroes. Si van a Val D’Ultimo, seguramente les contarán la leyenda de los cerdos que huyeron de la muerte que se les había asignado, y, si tienen suerte, podrán encontrar alguno de ellos que vagan en la maleza, y que aún hoy, viejo y cansado en sus miembros pero joven en su espíritu, predica en la mancha la libertad.

Libertà – Teoria e pratica | Venganza

A continuación encuentras un relato de Marta Basso, poeta italiana que participa en el sexto número de la revista, dedicado a la venganza. En italiano.

Libertà—Teoria e pratica

­5:30. Come ogni mattina, puntuali, gli portavano la colazione. Si sentiva benissimo quando lo svegliavano: si sistemava i quattro peli che gli rimanevano in testa, faceva due passi, salutava tutti con un sorriso e poi consumava la sua meritatissima prima colazione. Era felice, anche perché sapeva che nessuno lo era più di lui: questo perché egli solo, tra tutti, aveva capito la fortuna che gli era capitata in sorte. Una casa comoda, calda; degli amici simpatici, fidati; la possibilità di non lavorare; tre abbondanti pasti quotidiani.

“Ehi, spostati da lì, ho fame!” gli sbraitava dietro uno, e lui si spostava, lo lasciava mangiare e si rimetteva in coda, perché sapeva benissimo che ce ne sarebbe comunque stato ancora per lui; non poteva essere altrimenti, perché la sua vita era la migliore del mondo.

L’immaginazione di Issimo, a suo dire, “l’essere più felice dell’universo”, non arrivava nemmeno a concepire una condizione migliore della sua: per questo prendeva tutto con filosofia, non piangeva e non metteva il muso, aspettava il suo turno, e, se questo non arrivava, si metteva l’animo in pace pensando a un domani che sarebbe stato sicuramente migliore. Non poteva essere altrimenti.

I vecchi della comunità, una sera, radunarono tutti per una comunicazione straordinariamente importante: non era mai successa una cosa del genere, e l’agitazione nell’attesa era palpabile. Prese la parola il più anziano di tutti, che faceva quasi fatica a parlare dalla costernazione:

“Alcuni dei nostri concittadini, stamattina, facendo una passeggiata, hanno per caso sentito delle parole preoccupanti… direi aberranti, che riguardano tutti” cominciò, indicando un gruppo che si era staccato da tutti noi e i cui componenti, notò Issimo, tenevano tutti gli occhi inchiodati al suolo “Prego uno di loro di venire qui vicino a me per dare a tutta la comunità l’annuncio”.

Issimo non capiva. Passeggiata? L’aveva fatta anche lui, quella mattina come tutte le altre, e non aveva notato nulla di strano, di diverso… Andava tutto bene, come sempre, e come non poteva altrimenti andare. Meditava questi pensieri, quando il più grosso del gruppo si mosse (a fatica) verso il centro della scena senza staccare lo sguardo da terra, e, fermatosi nella costernazione più totale ebbe la forza di pronunciare solo queste poche parole:

“Vogliono ammazzarci. Tutti. Domani mattina”.

Un silenzio raggelante invase tutta la stanza. Nessuno osava parlare, finché Issimo, persuaso dell’assurdità dell’affermazione, non sbottò:

“Non ci credo, perché dovrebbero? Ci portano da mangiare tutti i giorni, ci curano amorevolmente. Questa è la migliore vita che ci potesse capitare, siamo liberi, liberi di vivere come ci pare”.

“Siamo liberi in teoria” si erse il vecchio che aveva preso parola pochi minuti prima “ma non lo siamo in pratica. Ed è ora di far coincidere la teoria con la pratica: scapperemo stanotte, tre ore prima che sorga il sole, per avere il tempo di allontanarci sufficientemente per non essere raggiunti da chi si accorgerà che siamo fuggiti”.

Issimo non poteva né voleva scappare: un salto nell’ignoto, perché nessuno gli assicurava che oltre quei quattro muri entro cui aveva sempre vissuto esistesse qualcosa… E per cosa poi? Per una presunta volontà di assassinarli… E perché, perché tutti? Una rappresaglia? Ma erano sempre stati educati, con i superiori, nessuno che avesse mai dato problemi… Nessuna lamentela, persino pochi malati… No, non poteva essere vero.

La notte, per Issimo, e solo per lui, passò tranquilla, esattamente come tutte le altre che la avevano preceduta e che, almeno nella sua mente, l’avrebbero seguita.

Ma quando si svegliò, per un rumore di passi pesanti di più d’un paio di gambe, si ritrovò solo: non aveva creduto che sarebbero scappati davvero, e tutti… che creduloni! Meglio, stamattina avrebbe avuto tutta per lui la colazione. Ma non fece nemmeno in tempo ad analizzare come avrebbe voluto la fuga dei suoi compagni che sentì i passi fermarsi proprio a qualche centimetro da lui:

“Dove sono andati tutti? Che diamine è successo?”
“Porci! Non ci posso credere…”

“E’ assurdo… E’ un incubo…”

“Uno ne è rimasto?! Uno?! Ti faccio vedere io…”

Queste furono le ultime parole che Issimo udì, prima di sentirsi un coltello gelato piantarglisi tra capo e collo. Morì quasi senza un gemito, forse ancora convinto che la sua fosse la miglior vita del mondo, e che per questo meritasse una morte da eroe: in realtà, in quella coltellata c’era tutta la rabbia e la delusione di chi ha perso, per sempre, il guadagno di una stagione lavorativa.

I compagni di Issimo erano già lontani quando gli allevatori cominciarono le ricerche: alcuni, che si erano fermati per strada per la stanchezza causata dalla poca prestanza fisica, o che avevano avuto poca fantasia nel nascondersi, furono trovati ed ammazzati; ma altri, che ancora vivono senza recinti nei boschi, sono diventati, in valle, simbolo di libertà, quella vera, non solo teorica ma anche pratica, e sono ricordati da tutti i loro simili come eroi. Se andate in Val D’Ultimo, sicuramente vi racconteranno la leggenda dei maiali che sfuggirono alla morte che gli era stata assegnata, e, se siete fortunati, potrete trovare qualcuno di loro vagare nel sottobosco, e che ancora oggi, vecchio e stanco nelle membra ma giovane nell’animo, alla macchia predicando la libertà.