Informe para una academia

Sergio Harb, responsable de Informe para una academia tuvo una enorme flojera de escribir un artículo más ajustado al tema mensual de la revista, por lo cual expresa sus disculpas a los editores y a los lectores. Por nuestra parte, esperamos solamente que lo disfruten.

Informe para una academia

El relato está ambientado en el interior de una academia de ciencias. Alguien presenta un informe o discurso acerca de su vida pasada; informe [que comprende la integridad del relato que nos presenta Kafka], sobre el proceso de su transformación de mono a hombre. La captura ocurre en la orilla de un río (cf.: Côte d’Or) a cargo de una expedición presumiblemente alemana de nombre HANGENBECK. El entonces mono, desplazándose a través de la selva, es alcanzado por dos disparos: el primero le impacta en la cara, dejándole una cicatriz rojiza por la que recibirá el sobrenombre de «Peter (léase también Pedro) el rojo», y el segundo disparo en la cadera, motivo de su rengueo. A continuación es encerrado en una prisión-jaula y transportado en barco con destino desconocido. La jaula es estrecha por donde se vea, imposible de comprender desde el punto de vista animal. Sin salida, y gracias a una sorprendente curiosidad, durante el viaje va observando a los tripulantes desde los barrotes, de los que aprende (o aprehende, como se quiera) sus costumbres. –Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano, afirma. Los marineros se le acercan para alcanzarle una pipa o invitarle unos tragos [una botella de caña, a saber de la jerga y la garganta de los marineros] invitaciones que el mono juzga como verdaderos guiños de la civilización. Entre sus maestros hay algunos que se burlan de su afán por imitar, “la torpeza del mono” es motivo de simpatía y, sobre todo, de risa. El mono tiene sus monerías. Se siente preso y quiere liberarse. Entre los tripulantes, repito, hay uno que, no indiferente al (visible) entusiasmo del animal, decide enseñarle el «ARTE» de vaciar botellas como se tratase de una técnica formalizada o formolizada a través del tiempo, ¿o no?

Lo cierto es que un mono desea hacerse hombre y el hombre termina mono; esto es, su instructor. La cautividad es un horno donde lentamente se van cocinando planes. Los rudimentos del arte son aprendidos por imitación, por repetición, por emulación. Solo hay que ser buenos observadores como este mono que, a la veracidad de las fuentes, tenía dos salidas: una era escapar y la otra, ser libre. ¿Contradicción? No del todo.  No es lo mismo escapar siendo un mono [y tirarse al océano o ser devorado en el intento por las boas de las jaulas vecinas] que ser libre o liberarse convirtiéndose en hombre. Según esta lógica, una salida humanamente atractiva sería el music-hall. Un sueño -entiéndase acaso- solo humanamente compresible. Todo se fragua una noche en medio de la conversación de los tripulantes, cuando una botella dejada cerca de su jaula se convierte en excusa para que las «clases teóricas» de descorchar y vaciar botellas del instructor sean puestas en práctica. El resultado es que el mono se embriaga y comienza a gritar una palabra humana, ¿una palabra etílica? Y la sorpresa es de todos. Este es el nacimiento de la palabra. Y la palabra, distinguidos señores, es libertad.

GLOSA:

El autor de relatos como Investigaciones de un Perro, El fogonero, o La Metamorfosis, nació el 3 de julio de 1883 en Praga. Kafka es maestro de ficciones, padre de un infortunado Josef K. [vid.: El Proceso], seguramente estaba enterado de las teorías darwinistas de evolución como lo demuestra su biografía: «Círculo del café del Louvre», y sus aproximaciones con los anarquistas. En 1919 publica junto a otros relatos el Informe para una academia [Ein Bericht für eine Akademie], con un marcado gusto por la elaboración y la ironía (gr. eirōneia: “interrogación fingiendo ignorancia”), nos presenta su particular lectura de evolución: el HOMO DOMESTICUS.

 

Faceta para el olvido

A continuación te presentamos un texto de Alexis Argüello Sandóval, que es parte de la revista dedicada a la flojera. Esperamos que te guste.

Faceta para el olvido

Vivir de recordatorios, más que de recuerdos, es faceta para el olvido. Mi escasa colaboración en revistas le quita tiempo a mis lecturas y mis lecturas le quitan tiempo a mi vida; esa que está afuera de lo que ustedes suponen que hago; afuera de lo que supongo que hago y callo para no causar mayor inconveniente a terceros. La brevedad coquetea conmigo, casi a diario, de forma breve e inconsecuente; como el cuento que deseo terminar hace meses, dieciocho de veintidós páginas que debo terminar por haberlas comenzado, porque las cosas a medias no me gustan, no me gustan como no me gusta el sexo con los calcetines puestos.

El recordatorio que impide que interrumpa lo que ha sido interrumpido ya, me impide abandonar esto que ustedes leen y yo escribo; el recordatorio. Dos libros que hablan sobre “el vicio de todas las madres” son los que resaltan en mi librero, por hoy no me pidan más: Breviario de la haraganería de Horacio B. Oyhanarte y Divagaciones de un haragán de Jerome K. Jerome. Uno de ellos, menos mal, ha dejado de hacerlo; es el espacio vacío de la mesa de saldos el que ahora resalta, ya no el libro; desde ya causa pereza el explicar porqué no pude terminar su lectura y Jerome K. Jerome terminó en la odiada mesa de saldos. Breviario de la haraganería de Horacio B. Oyhanarte, en cambio, acoge algunas páginas válidas, es un libro de aforismos que invita a la acción de abandonar la lectura por recomendación textual del autor pero que implícitamente impide hacerlo. Menos mal que aún lo tengo, aunque algo me dice que pronto, pronto se irá, para reposar en un espacio más, o menos, cuidado que el que ocupó. Extraigo de dicho libro lo siguiente:

Nos arrastramos conduciendo nuestra propia muerte: somos la cabalgadura de un cadáver.

Quienes compilaron la biblioteca de Alejandría ignoraban que estaban acumulando los materiales de un incendio. ¿Cabe colaborar en empresas tan deleznables?

De todos los dioses, Saturno es el más razonable. Por desconfiar de sus obras, devora a sus hijos.

No hay que creer que las cosas valgan tanto: somos nosotros quienes les damos valor.

Ningún astro, como la luna, ha merecido, en todas las épocas, los elogios, y las adulonerías de los poetas y los escritores. Sin embargo, su tarea se limita a reflejar la luz del sol.

Un esclavo que sabe que trabaja para su señor; en eso, cuando menos, es superior al hombre libre, que nunca sabe para quién trabaja.

Me niego a devolver algunos saludos por ocio, y por ocio algunas personas no dejan de hacerme llegar el suyo. Es entonces que el Hábito se hace amigo del Ocio (cosa similar a lo que ocurre en El talento de Mr. Ripley de Patricia Highsmith) para, luego, asesinarlo y hacer suplantación de identidad. Eso hasta la llegada del Negocio (que no es más que la negación del Ocio), que incluso desde su carácter negativo se muestra como lo correctamente establecido; sin más apologías de por medio que el sinnúmero de tratados sobre Management. Y eso me divierte, y me divierte mucho, pero no al punto de evadir lo serio del asunto. Entonces acudo al recordatorio que exige que interrumpa lo que ha sido interrumpido ya, me ordena abandonar esto que ustedes leen y yo escribo; el recordatorio. Caigo en cuenta de los veintiséis minutos, de los casi veintisiete años que llevo viviendo, que se han ido, que no volverán. No corrijo, y no por flojera, más bien por falta de ella. Desatiendo, desentiendo, disintiendo.

Vivir de recordatorios, más que de recuerdos, es faceta para el olvido.

Vuelta a la página, para sumar otro regreso, otra vuelta más.

Zapping

A continuación te proponemos un relato de Cecilia De Marchi Moyano, publicado en la revista dedicada a la flojera. Estamos seguros de que te sentirás identificado.

Zapping

Click. Solo un rato, un pequeño descanso. No me viene mal, ha sido una tarde de mucho trabajo. Click. Esto está mejor. Sheldon es tan gracioso. Click. No, publicidad no. Pero qué cuerpo tan atlético. Click. Claro, seguramente es taaaaaan alimenticia la sopa instantánea. Y se la sirven a los niños con tanta facilidad. Click. Esa película ya la vi. Click. Esa no la vi, pero está comenzada. Click. ¡Jajaja! Buen traje, pero no es para mí. Click. De nuevo algo de Big Bang Theory, pero en portugués. Click. Ah, un especial sobre las hermanas Brontë. Otra vez. Click.

Mejor regreso al trabajo, ya pasaron… vaya, media hora. Abrir el correo, otro click. Diez nuevos mensajes en la bandeja de entrada. La primera carta, una suerte de ensayo sobre si se debe escribir Bangladesh o Bangladés. Hace tiempo se propuso un cambio igual, que no pegó, con el tema del güisqui. Ya me veo yo en el menú un güisqui. Solo por esos dos puntitos encima de la u que parecen hacer un mohín de desprecio, seguramente preferiría un vino, más franco y en cristiano. Click. La siguiente carta, una oración a la virgen del socorro que debes reenviar diez veces para conseguir el trabajo de tus sueños. Si no la comparto, amenaza con mandarme las diez plagas de Egipto. Creo que puedo tolerar la lluvia de ranas. Borrar. Una carta del jefe. Click. Los clientes quieren una revisión sobre los términos utilizados en el documento. Click. Otra carta, de mi hermano, sobre una reunión familiar en un par de meses.

Mejor reviso el Facebook, a lo mejor me mandaron algo los clientes. Click. Un evento fantástico, pero en otra ciudad. Click. Algo de música, buena cosa. Click. Otra vez el niño de Ghana que necesita un pulmón nuevo. Creo que si de verdad regalaran un centavo por cada vez que se comparte, ya que se ha compartido mil veces, lograrían juntar… ¿diez dólares? Con eso podrían comprarle un buen almuerzo. Pero mientras tanto se siente tan bien, pensar que se ayuda a la gente desamparada. Click. Compartir.

No hay novedades. Miro el reloj. Ya pasaron dos horas. Me queda poco tiempo para terminar el documento. Me pondré una música relajante para concentrarme mejor. Click. Entrar en el disco D. Click. Música en general. Hoy escucharé algo de jazz. Mh, ¿quién hubiera pensado que BB King haría un disco tan ñoño para navidad? Mejor no incluirlo.

Me pondré a trabajar un rato. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Los clientes y sus términos. Página 245. Google, ven a mí. Click. Buscar. Estas tres páginas están interesantes. Uhm, mejor miro en la wiki. Sigo un enlace. Y otro. Click. Otro. Llego a un artículo sobre los magnetrones en la vida cotidiana, aunque la búsqueda original tenía que ver con teléfonos celulares. Aprovecho y reviso las ocho notificaciones en el Facebook. Click.

 

Ya es hora de irse a dormir. Mis ojos están agotados. No conseguí terminar el documento. Mañana diré a mi jefe que entró un virus en mi computadora. Click.

Siempre en domingo | FLOJERA

A continuación te presentamos un relato de Carolina Hoz de Vila, que se publicó en la revista de la flojera.

Siempre en domingo

El domingo es un bostezo inacabable; una larga bocanada de aire que se alimenta de la vida floja de la clase media. Los niños de la vida cómoda no tienen nada mejor que hacer que fumarse un porro, engordar y dejar volar las ideas hasta que se esfumen en una nebulosa.

Los chicos de la clase media viven tan bien. Su cultura es el relax. No es por eso extraño que les interese tanto la meditación trascendental, pues su sistema espiritual es llegar al vacío total para esquivar como puedan la verdad. Confortables en su vida de Internet, en sus videojuegos de amor, en su alta tecnología de vida sin acción, adictos a las lecturas del maestro Jodorowski, al verlos tengo la sensación de que no necesitan nada más para ser felices como son.

Me miran sin mirarme con sus sonrisas perplejas de juventud en éxtasis, entre el humo místico de su cigarro de marihuana y su baba cayéndoles por la comisura de sus bocas sin sed. Al verlos tengo sueño y hambre, porque pienso que si no tienen tristeza, tampoco tienen deseos. Sus vidas arregladas me provocan un bostezo infinito, al igual que sus bostezos matutinos para salir temprano  a trabajar, o hacer el esfuerzo de pensar.

Con Nicolás, los días eran un bostezo de domingo. Con él entendí el síntoma de la flojera boliviana en la clase media al intentar empezar una relación. La palabra amor para él era demasiado grande, un camino que su sobrepeso de flojera apenas podría soportar.

Nicolás era el perfecto hombre boliviano: escapista de profesión. El amante colonial que, por tradición, heredó de sus antepasados la magia, la habilidad de desaparecer antes de empezar una relación. El don de la desaparición era una herencia que, por lo demás, le ahorraba inconvenientes.

Nicolás no tenía nada por lo que quejarse. Después de todo era un mago que sabía arreglárselas muy bien, viviendo a sus 27 años con sus padres, pasando el día entero desapercibido en su cueva desordenada, con material inédito de películas XXX, sabía con destreza cómo dejar pasar los días en blanco, sin hacer esfuerzo mental o físico, más que su clásica maniobra solitaria de satisfacer su instinto cuando nadie lo veía.

Con él entendí muy bien el síntoma de la flojera, sobre todo porque su clásico tema era su enfermedad mental. Nicolás era bipolar por comodidad. Siempre se quejaba, “no produzco la hormona del amor”. Era más conveniente para él encubrirse en un disfraz de anormal que tener en el mundo una posición política o una obligación social. Su narración monótona reproducía siempre el mismo discurso: el escudo de la enfermedad contra el acto de luchar.

Dicen que los bipolares tienen una fase oscura y otra luminosa. La apatía de Nicolás era el autismo, durante los días negativos de su bipolaridad. En cambio, su fase luminosa era la euforia de un adolescente cualquiera, que se muestra hiperactivo, siempre que su biología lo llama al deber –aunque a corto plazo.

Nicolás, en este sentido, era bipolar por conveniencia, logrando modificar así el significado de la enfermedad. La última vez que estuve con él, era un domingo. Mientras esperaba que tuviera al menos magia bajo sus pantalones, me encontré con la sorpresa de que el romanticismo tenía flojera de levantarse y su comodidad había decidido dormir también una siesta larga, porque el enésimo porro de marihuana que se había fumado lo dejó exhausto, sin trabajar la hormona del amor.

Entonces bostecé, tuve flojera, miré mi reloj y no vi la hora de marcharme. Descubrí que el niño grande que dormía se sumaba a la lista de ciudadanos desertores, alumnos escapistas de la historia que, para no hacer su tarea, escogen la enfermedad o la guerra, sin derramar una sola lágrima. Tanto recordé, al final, a aquellos héroes que fueron al Chaco en 1932, para no dar la cara a sus novias cuando ellas llevaban en sus vientres la noticia de la cigüeña. Al menos tenían, por entonces, una excusa: la patria.