Tres observaciones sobre la vergüenza de los dioses

A continuación les presentamos un brillante artículo de Pablo Lavayén, parte del cuarto número de la revista Punto Aparte dedicado a la vergüenza

Tres observaciones sobre la vergüenza de los dioses 

Idea primera

…y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que el fuego deshiciera las palabras…
Leopoldo María Panero

…empezar en otro lugar, con las palabras de otro. Pues, como en el amor, estamos condenados a nunca ser los primeros en tocar una piel, por siempre bajo la sombra de ese dinosaurio fantasmal que Freud llamó, con tanto descaro, ‘el padre de la prehistoria personal`. Tal vez también conviene refugiarse en las palabras de otro, sobre todo si aquel Otro es un esquizofrénico mundial (universalmente conocido como loco) que vive encerrado, por voluntad propia, en un manicomio. Porque el lugar de la enunciación sí importa: hay muchas cosas que, desde el punto de vista de la cordura, son indecibles. Pero en este asunto hay un error de perspectiva que suele repetirse de una manera obsesivamente irritante. El loco no es loco porque hace cosas de loco. No hay nada verdaderamente insano en la desviación. Es decir, la locura no puede medirse con la vara de la normalidad: no porque yo haga aquello que nadie más hace puedo certificarme como un “loco” (al menos no rigurosamente). El abismo de la locura y su definición se encuentra justamente en su condición tautológica: el loco es loco porque es loco. Aquello que verdaderamente duele en la locura es el incendio de las naves y el empalamiento de los puentes. Condición vampírica: no ver en el espejo otro reflejo más que el que imaginamos. En esta dirección el rubor siempre será inadecuado. Desde la incomodidad hasta la ideación suicida. Inadecuado en el sentido de que no está ubicado correctamente en la imaginación de los sobrios. Lo resumiré todo, por el bien de mi corazón juvenil, en una metáfora: el hombre que anda desnudo en la calle no se avergüenza por andar desnudo sino por haber errado en dos centímetros en la simetría de la venia que ejecutó para usted, noble lector…

Idea segunda

Por eso, a veces, no siempre (que no es lo mismo) se puede escribir. Y es hora de desvelar el siguiente velo. Ya no es suficiente decir que hay que diferenciar al narrador (o voz poética) del autor. Hay que diferenciar también al autor de esa máquina de órganos y sangre que habría ejecutado los mecanismos nerviosos adecuados para materializar ciertas ideas en letras. Porque debería importarnos casi nada si el ciudadano norteamericano cuyo nombre, según certifica el estado, fue William Burroughs, habría consumido heroína, efectivamente, alguna vez en su vida. Probablemente sí lo hizo. En todo caso, parece ser que el cuerpo de todo escritor está, inevitablemente, condenado a la indiferencia y al dolor (y su respectivo par).

Idea tercera

Un amigo de gran estima (no recuerdo cuál de ellos) me comentaba alguna vez que David Foster Wallace solía usar toallas deportivas en el cuello, simulando haber ejercido alguna actividad deportiva previa. Dos temores al respecto: el inevitable abismo y rubor entre lo que queremos imaginar y lo que otros imaginan; la inadecuación de nuestra vida finita a la eterna repetición de ciertos arquetipos de nuestro pasado.

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Necrofilia

A continuación presentamos un artículo de Lourdes Reynaga. Ella nos escribe sobre uno de los temas de los que, en general, nos negamos a hablar: Necrofilia. Es parte del segundo número de la revista Punto Aparte que puedes descargar aquí.

Necrofilia

La experiencia ha sido atroz. Y la he repetido, con el coraje de quien cree que podrá recuperar el trozo de alma que había muerto, para desengañarse después extrañando un nuevo pedazo que ha huido espantado. Pero lo he hecho y lo volveré a hacer en cuanto mi cuerpo y mi mente se recuperen, en cuanto la sinapsis de mis temblorosas neuronas parezca nuevamente capaz de soportarlo. Conducta autodestructiva, para qué estamos en el mundo sino para ir muriendo.

¿De qué estoy hablando? No parece, pero de una película; mejor dicho, de una escena (no la más ni la menos perturbadora) de una película monstruosa. El hombre, actor dopado con una especie de afrodisíaco animal, posee a la mujer golpeándola cruelmente, no conforme con ello toma un machete y la decapita, continuando el acto con el cuerpo muerto hasta que manos ajenas lo separan por la fuerza. Son sólo unos minutos de “A Serbian film” de Srdjan Spasojevic que fue censurada en muchos lugares (se entiende el porqué) y que, no obstante, ha llegado hasta nosotros.

Y aunque mucho puede decirse de la película, me centraré en un aspecto: la necrofilia. ¿Por qué? Desde ya porque en sí, la idea misma de obtener placer erótico con un cadáver, es bastante perturbadora. Sin embargo, en nuestra capacidad de apertura mental o, más bien, de crear mecanismos defensivos, hemos aprendido a encontrar otras formas de acercarnos a esta filia. No digo que cada uno haya pensado con placer en una noche de amor con un cuerpo muerto, disfrutando de la cercanía de la podredumbre y el embriagador aroma de la carne descomponiéndose. No. Lo que digo es que simplemente encontramos abundantes ejemplos de otra visión de la necrofilia.

Desde la pasión arrebatadora hasta la locura hay decenas de atenuantes a la necrofilia: La pasión despertada por la irresistible belleza de Kim Jeon-Young en “Beautiful”, la película coreana, que evoca también a la insoportable belleza de Rosa en “La casa de los espíritus” de la novelista Isabel Allende (bellezas monstruosas, cabe decir). La veneración en “Santa Evita” de Tomás Eloy Martínez, el amor desgarrador de nuestro “Manchay Puytu”, historia luego novelizada por Néstor Taboada Terán, y hasta la obsesión por los dientes de Berenice en el cuento de Poe.

Pero los atenuantes no la liberan de esa carga brutal, espeluznante. Lo demuestra “A Serbian Film”, lo demuestra el cuerpo decapitado que se mantiene todavía lubricado, lo demuestra el director ordenando la separación de los cuerpos, lo demuestra la escena final en que irrumpe la policía –ellos también parte de la perversión– y filman a la familia de tres, muerta sobre la cama. Lo demuestra el diálogo final, la orden del jefe al subordinado que ya ha comenzado a desabrocharse el pantalón: “empieza con el pequeño”.

 

El sabor de la sobreabundancia

Verónica Ardanaz, una gran gestora cultural, nos escribe desde Salta para contarnos cómo se vive en el norte de Argentina la fiesta de los muertos. Este artículo ha sido publicado en el segundo número de la revista Punto Aparte, dedicado a las Ñatitas, que puedes descargar en pdf aquí.

El sabor de la sobreabundancia

Sobreabundancia es el sabor que nos deja la muerte, cada noviembre, la Fiesta de Todas las Almas. Hay un hambre que fecunda en nuestra América: challamos, nos comemos los sueños, se multiplican los panes compartidos comunitariamente. Los antiguos siempre están. Pero pareciera que cíclicamente madurara una desnudez sin nombre para los que estamos vivos y se hace palpable el revés de la trama: la pallka de un río sin orillas, la danza de muerte y vida movilizando nuestro estar en el mundo. Hay una sensación en la piel, toda la noche en que se velan las mesas de las ofrendas, como de algo oscuro que se rasga similar al nacimiento de un niño.

Esta poética de la muerte y la vida hermanadas tiene implicancias políticas continentales. Cada Fiesta de Todas las Almas, una Patria o Matria Grande común, una América Profunda, se palpa desde México hasta el nororeste argentino, donde vivo. Las fronteras se abren a un territorio no fragmentado y hay un materialismo que se vacía. No es poco hacer sabrosa a la muerte, cuando el capitalismo se sustenta a partir de la negación de la muerte y el miedo. No es poco que lo impalpable sea el centro de la vida comunitaria, cuando el neoliberalismo nos impone tener para “ser alguien”. Toda conquista comienza con una imposición cultural, desde el celo de los españoles por “extirpar idolatrías”, hasta el actual bombardeo mediático para el consumo de Halloween. Y si apuntan a lo mismo, no es casual: en esta Fiesta hay un centro que sacraliza el mundo desde una mirada propia, rito o arte total que vincula lo humano con la Madre Tierra, nuestro presente con los olvidados de la historia, el tiempo de los Santos Difuntos al tiempo del Carnaval.

Vivos y muertos comemos el mismo alimento. La boca es un nido húmedo de recuerdos, una emoción queda ahí esperando decirse. La identidad es un sabor, por los caminos domésticos, vitales, creadores de pueblos, cotidianos y femeninos, de mercados, fogones y ollas comunitarias. Por esas sendas regresan nuestros muertos, potencia oscura con la sustancia del rayo, la Tierra se dispone gozosa y llueve, todo en una sola danza. Nuestros muertos preñan los símbolos, trazan otra geografía sobre el territorio, fertilizan los sueños con luz propia, para caminar con corazón, con la mirada de adentro. Las ofrendas comidas por nuestros abuelos, son luego medicina, un pensamiento seminal que iluminará nuevas sendas vitales. Comen de nosotros los recuerdos, el sabor es un poema de la materia antes de ser reintegrada a la materia, es la prueba contundente de que la vida no termina en la muerte. Todo lo que cae es infinita posibilidad de transfiguración, las semillas son recuerdos para renacer. Muerte aquí es otra cosa, es estar desentramado, con el alma a secas, viviendo al margen de la poesía y la historia.

Durante este tiempo fuerte, la palabra de un amigo, el sabor íntimo de una ofrenda, el recuerdo olvidado que se hace vívido, la presencia de alguien que trae una estrella, el olor de la primera lluvia, un alacrán en la cabecera de la cama, tres pájaros que entraron a la casa al amanecer,  un colibrí cerca del fuego, la copla que brota, la flor perfumada de un cardón, una piedra encendida, la palabra de un sueño, la lágrima que no podemos evitar, todo pierde materialidad y nos sumerge a un mar de relaciones profundas, de símbolos ancestrales que se hacen personales, hacia nueva vida.

Es pura felicidad que esta Fiesta nos una a bolivianos y argentinos del norte, quizás cambien algunos sabores y formas, aquí en muchos lugares se amanece cantando coplas, pero el sentimiento comunitario es el mismo.  Me hace pensar que ser argentino es llevar mucha ausencia. La que descendió de los barcos y no regresó, no cultivó la memoria, no se hizo consciente de estar en América; también, esa raíz originaria, negada, silenciada, desvalorizada, asesinada incluso con método. Los 30.000 desaparecidos de la dictadura y todos los mártires de la historia argentina que murieron por ideales de libertad, justicia y dignidad. Pero la Fiesta de Todas las Almas me ayuda a hacer de cada ausencia un recuerdo encendido, un sol nocturno iluminando nuestro destino de fronteras abiertas.

Como dice una copla recopilada por el gran poeta norteño Manuel J. Castilla:

qué pena me da la muerte
cuando de su calavera
siente crecer en silencio
la flor de la primavera

Bailando el desamor

Por Cecilia Romero

“Cuando subes a un escenario sientes que estás en el cielo, es algo que no se vuelve a vivir dos veces, y una vez ahí estás esperando que todos te aplaudan y bailen contigo” dice Adriana Mendoza, integrante de Las Traicioneras del Amor, minutos antes de subir al escenario y presentarse ante un público numeroso, que expectante aguarda a los grupos de huayño zapateado en uno de los tantos locales que abren sus puertas en la avenida Blanco Galindo.

Entonces, comienza la música y el zapateo, las polleras giran y un baño de lentejuelas anega con sus vibrantes colores el lugar. La gente baila también, las canciones se deshacen en un rosario de penas de amor, desencuentros y fatales flechazos.

Los orígenes de este género propio de la región andina de Latinoamérica se ubica en el imperio incaico, como una expresión musical creada para la colectividad, para compartir y crear lazos. Su evolución a través del tiempo permite que se convierta en la música característica del altiplano boliviano. El escritor peruano José María Arguedas brinda la siguiente referencia: “El huayño es como la huella clara y minuciosa que el pueblo mestizo ha ido dejando en el camino de salvación y creación que ha seguido. En el huayño la obra que ha quedado para toda la vida, todo los momentos de dolor, de alegría, de terribles luchas y todo los instantes en que fue encontrada la luz y la salida al mundo grande en que podía ser como los mejores.” Por su parte, la investigadora sobre la historia y las variantes del huayño boliviano, Cecilia del Carmen Ramallo, afirma “a lo largo del siglo XX, el huayño se introdujo profundamente en la bolivianidad, bailándose donde la gente se reúne para divertirse, como broche de oro de otra danza (generalmente la cueca) y de toda la fiesta en sí. El huayño actual resulta de la fusión de varios ritmos, empero, sin perder el toque característico boliviano, destacando además sus particularidades”.

El huayño es el gran género que permite todas las variantes posibles, siendo el huayño zapateado un baile de movimientos alegres, cuyo orden e intensidad responderán de acuerdo a la tonada, teniendo su momento de mayor júbilo cuando las cantantes bailarinas ejecuten un zapateo ligero y enérgico a la vez.

El huayño zapateado recibe en la actualidad varios afluentes de los géneros cumbia villera y huayño peruano, mostrándose como una nueva versión sobre la misma base y siendo la clara expresión de un movimiento neofolklórico, de amplia libertad sincrética, que tiene cada vez un tono más comercial, de libre adaptación y adopción de instrumentos musicales, no convencionales del huayño tradicional, y aún así, de hacer permanentes sentimientos o transfiguración de sus alegrías, el dolor, búsquedas amorosas y esperanzas. De igual manera permite una forma nueva de expresar cómo los jóvenes negocian con el entorno y cómo construyen, desde esta esfera, su propio concepto de lo popular y lo mestizo.

Evidenciamos que esta vigorosidad y expansión de los diferentes estilos musicales andinos en las ciudades y en los ámbitos periféricos son expresión de una democratización y amplitud de quienes ahora pueden ser fenómenos masivos de preferencia musical, esto se refleja también en el interés que se ha generado en otros países tales como Chile, Brasil y Argentina por este tipo de música, lugares de presentación constante de muchas de estas agrupaciones.

Así el huayño muestra una vez más su gran flexibilidad y poder de sincretismo. Mauricio Sánchez Patzy, sociólogo e investigador, afirma: “El huayño, especialmente en la zona del Perú y Bolivia, en los andes centrales, ha perdurado de manera extraordinaria, probablemente como el género precolombino más permanente, en el siglo 20 hay una recuperación del huayño en diversos niveles por la gente andina tanto en los pueblos como en las ciudades, a través de procesos de espectacularización de la música popular, así el huayño empieza a convertirse en una forma muy popular que se adapta con mucha facilidad a diferentes gustos de época, con una matriz muy moldeable que ha permitido que en Bolivia haya una enorme recuperación del huayño a través del neofolklore. En el caso de Cochabamba, esta ciudad debería declararse patrimonio cultural de la humanidad por su gran riqueza cultural e histórica, porque ha generado y genera estilos musicales extraordinarios y cuya influencia se percibe más allá de nuestras fronteras”.

Este subgénero también ha permitido ciertos rasgos particulares como la creciente feminización en las agrupaciones, los grupos son acompañados en la parte instrumental por una presencia masculina instalada a un costado del escenario o en segundo plano, siendo ellas las que llevarán la parte más importante, asumiendo también en una gran proporción las composición de las letras y ser de igual manera las que armen las coreografías, en un trabajo de construcción colectiva.

En este collage de influencias varias, el huayño zapateado no escapa a los viejos usos que la cultura impone, persiste un juego erótico ahí donde el poder de la sugerencia entre lo que se muestra y se oculta, toma un tono ambiguo. Las polleras, recordándonos lo que pasó con la danza caporal urbana, se acortan, adoptan colores fosforescentes, aparece el oropel típico de las ciudades, la mixtura y la mezcla. Sánchez afirma “En este mundo global, donde hay un mercado para todo, se juega mucho con este concepto binario del género (…) Hay un divismo detrás de todo esto, donde vemos también que esta cultura tienen sus propios gustos, sus propias leyes y su propia estética, esto muestra mucha vitalidad y creatividad del mundo andino y también muchísima contradicción y ambigüedad, condición típica de las culturas populares”.

El sincretismo se ve no sólo en la forma que adopta la música, sino también en la representación visual; una que tiene la capacidad de negociar con lo foráneo y recrearse constantemente en una coyuntura donde lo plural y lo multicultural es el paraguas en el que se apoya la extensa diversidad que nos hace. Esta es una cuestión vital en la cultura boliviana, condición además, que nos permite gozar de una gran variedad de estilos y donde la estética del exceso o las combinaciones anticonvencionales son una forma que adquiere valor y también belleza. Mauricio Sánchez afirma que “existe una manera de ver el mundo, de habitarlo y decorarlo, que muchas veces no condice con las idealizaciones de los historiadores de arte, ni aparece en los libros poblados de lujosas ilustraciones”, este es un determinante muy claro en la forma que las culturas populares bolivianas construyen sus procesos identitarios, además como una forma real y hasta rebelde de mestizaje respecto a las grandes influencias globales, sobre todo en términos estéticos.

Respecto a este fenómeno de espectacularización de la música popular de la que habla Sánchez y el poder latente que tienen las sociedades de recrear nuevas formas de expresión (elementos clave para entender la gran riqueza que albergan las culturas mestizas) no es fenómeno nuevo, afirma, ya que tiende a tener momentos de gran ebullición y luego a diluirse lentamente en el gran mosaico de géneros y subgéneros que ha propiciado y propiciará el huayño.

Probablemente el huayno zapateo agote en un tiempo su novedad, o tal vez tenga la capacidad de renovarse; nadie sabe exactamente cuáles serán los rumbos que tomará este subgénero, porque en nuestra geografía siempre irrumpe la sorpresa y lo inesperado. Sin embargo, el huayño zapateo con su movida de amplia popularidad en las zonas periurbanas y pueblos del valle alto, mantiene una vigorosidad que guarda dentro suyo la semilla que hace que el huayño sea la forma más permanente de expresión andina, y pese a los reciclajes que permite no ha perdido tono y picardía. Bajo el artificio de esos temas recurrentes que tienen como punto común el amor, algunas agrupaciones femeninas de huayño zapateo están hablando de los lugares nuevos donde el encuentro se puede propiciar o dificultar, según se vea, como por ejemplo los espacios de las páginas sociales de internet. También se canta sobre la violencia institucional y cotidiana; aunque, de forma más recurrente, el amor terrible y no correspondido es el gran tema al que se vuelve.

Y aún así, pese a la candidez de algunas de sus letras, el huayño forma parte de esta fiesta donde la gente se reúne para mantener viva la tradición del encuentro, donde bailar, beber y festejar es la forma que tenemos de olvidar el desamor y las injusticias. El huayño zapateado sigue manteniendo el tono picaresco e inocente del que dice las cosas sin oropel y fintas, sin tener como camisa de fuerza la rigurosidad de la forma y el estilo que impone la música culta o de autor. Son también esas canciones las que nos llegan de forma certera al corazón, sabrá uno por qué. Esas melodías, el movimiento delirante de las polleras, las vidas que uno imagina tras el artificio del show de este domingo y cuando las luces se apaguen, está claro que seguirá resonando en los oídos por mucho tiempo “¿Porqué finges cariño? Si tienes alguien mejor, yo no te obligo, yo no te insisto para estar conmigo” cantada en la voz adolescente de Luz Dany Quinteros Zeballos, integrante de las Palomitas del Valle.