Complicidad

Este es un poema de Lourdes Saavedra Berbetty, parte del séptimo número de la revista, Perros. Esperamos sus comentarios.

Complicidad

          Mi perro, esta mañana, es dueño del sol
(Sergio Gareca)

 

Una niña ama a su perro

ambos se encuentran en un abrazo hermético

cerrando su mundo a otros afectos

juntos caminan/ se convocan/se contemplan

ni la rapidez del tiempo desgastará su cariño,

ni la sombra de la edad transformará su unión.

 

Una niña retorna a su casa

su perro la espera sin entender su ausencia

anunciando el espectáculo de su presencia

Nunca nadie más la recibirá

girando/saltando/girando  a su alrededor

juntos contemplan como las nubes  se derriten mientras

los amigos se alejan y las familias se dispersan

quedando sólo la niña y su perro

sin palabras, ni promesas

descubriendo alegrías no catalogadas

sellando el acto puro

de su alianza.

Anuncios

La odisea, libro XVII | Perros

Este es un poema de nuestro querido Gabriel Chávez Casazola, uno de los mejores poetas de Bolivia. Nos mandó esta magnífica colaboración para el número dedicado a los perros.

La Odisea, libro XVII

Ese mendigo que, estopa en crisma ves llegar,
ese despojo
que Atenea ha vestido
y a quien nadie conoce, ya cerca de casa,
al final del camino iniciado
veinte años ha,
es, sin embargo,
(lo has descubierto con un temblor de tus orejas)
el mismo apuesto doncel que te enseñara
a cazar ciervos y liebres por el monte
en aquellas tardes de libertad
cuando eras raudo y tu cuerpo elástico
y no esta
cosa
que yace hoy sobre el estiércol
(estopa en pelo, despojo también tú).

Mas, sin embargo,
-con la certeza instintiva que da la amistad
que profesan los de tu especie, no los de la nuestra-
en este alto mediodía eres el solo capaz de reconocer
(ni Eumeo ni Filetio ni tan siquiera Telémaco )
al astroso que llega y menearle el rabo
en penúltima señal de alegría
(veinte años ha el camino)
justo antes de ser a tu vez reconocido,
esbelto galgo de ayer,
por Ulises que retorna a habitar lo que es suyo
y atravesar de parte a parte a los traidores
pretendientes
que te dejaban morir en el estiércol
porque les recordabas
al amigo incómodo que se llevaron (pero no para siempre, lo intuías)
los mares,
y al que creían ya morador definitivo
de esotra orilla
donde seguramente nos reencontraremos contigo,
Argos,
en alguna de tus formas y tus nombres
de invariable aunque múltiple
complicidad
con nosotros, pobres hombres,
que no te merecemos.

Foto de Jhony Salguero

Foto de Jhony Salguero

COLGAJO | Venganza

A continuación te presentamos un poema de Janina Camacho Camargo, que es parte de la revista de Punto Aparte dedicada a la venganza.

Colgajo

I
Tiempo goteando
en la espesura de la noche
La dulce venganza del transcurso
doblándonos la piel
Pliegue sordo
de un destino ciego y paranoico

II
Separada de la palabra
en el marcapaso compulsivo de la noche
Ante la fosa común
que remienda los huesos
se cierne la expiación de una adivinación

III
Venganza de los dioses
sobre la decadencia del cuerpo
larva silente
que ablanda mi lengua
Ciega de mar
hoy lloro tus muertos
condolencia trastornada
Mis pies se desprenden del camino
colgada de los hilos del desahogo

IV
Furiosa la noche de los fugitivos
que se separan del abismo
y se lanzan a la odisea
del mar de los desafortunados

V
Convencida de que la locura es nuestra
retina última que nos ladra
cicatriz robada de lo que desmiente el tiempo
elucubrando el regreso

VI
Misteriosa oscuridad
compasiva lluvia
Bostezo marinero de la garganta
temeroso recorrido de los vagantes
que susurran a nuestros oídos
la canción de los desaventurados.

El miedo

I
No es el sonido de mi sangre
o el ala de un insecto
ni siquiera
la luz
acercándose
oscilante como una mano
en la indefensa
sombra.
Lento rebota un grito
en las piedras de la calle
– y oyes el sueño de una hoja.

La calma
corroída
repite su amenaza.
El ojo (indecible)
del silencio.

Un muro es la noche
y transparece.

II
Sabía que mi muerte eran puñales
y era una sola bala
y no temía.
Más temía l
a noche de los otros
sin pisadas.
Y ahora muero oyendo
clarear el viento entre los árboles
correr el ruido a sus asuntos.
Miro mi mano
no la veo
cierro y sólo estrujo
frío recuerdos oxidados.
¿Es la muerte esta jugada?
¿O estoy muerto
ya muerto
caminando por la muerte?
Ninguna voz
ninguna luz.
El estridor apenas
de la sangre que también me abandona.
¿Y si no era ésa la bala que
desde que soy
ya me correspondía
ni ésta mi muerte?
No sé si grito
no sé si alguien escucha el grito
no sé si doy vuelta la cara.
Mis lágrimas golpean
la vasta vasta soledad
sin puerta.

(Oscar Cerruto)