Los fantasmas de mis perros | Perros

A continuación encuentras el artículo de Ariel Revollo, parte de la revista dedicada a los perros de Punto Aparte.

Los fantasmas de mis perros

“El perro es el único ser que te quiere más que tú mismo.”
Fritz Von Unruch

No ha sido fácil encontrar las palabras para hablar de este tema, no es tanto por lo que no podía decir, sino por todo lo que implica. Elegí mi apodo como “perro negro” por una serie de combinaciones: porque se volvió recurrente su aullido en las noches, cuando ando melancólico y ebrio, su aullido que no me aterra, que me recuerda que estoy en espacio de fantasmas, de mis dioses y demonios, un aullido del maldito perro imaginario. Pero también es el riff de Led Zeppelin o el rocanrolito de Three Souls in my Mind, soy un constructor de mis buenas y malas decisiones, de mis propios estereotipos, soy un perro, soy mi imaginación y mi contexto.

Puedo ser bastante polisémico como lo es el ser este perro negro, este ser en una dualidad, en una eterna conversación con mi yo interno -o externo, en realidad con mi alter ego, aunque no sé con exactitud quién es qué… Tal vez por eso elegí decir dualidad, porque tanto el Yana como el Ariel somos el mismo, pero el mismo separado, no la imagen en un espejo, creo que uno es lo que el otro quiere ser y lo es aunque no se dé cuenta… Tal vez sí, los perros son muy observadores, al menos los que me han acompañado y aún me acompañan, podría hacer una lista de ellos. Es mas la haré: Joe, Nerón, Vinchuca, Layka, Sulayka, Pelusa, Hocicón, Casandra, Guatito, Randu… y podría seguir. Algo en común que tenían todos ellos, bueno, y ellas, es que sabían cuándo estaba bien y cuándo no. Aún recuerdo cómo un fin de semana padecí un dolor de oído, tendido en cama sin que ningún calmante me aliviara,  y mi mano estuvo sujeta por la delicada mordida-sin-morder del Hocicón, ese perro que dormía bajo mi cama, que había encontrado en una bolsa en el río Rocha cuando tenía 10 años (yo, no el perro) y que el día en que se murió se despidió de mí con la misma mordida delicada que era más un apretón de manos entre amigos… Mis perros, y no digo mis por el posesivo que objetiviza, sino porque me da un sentido de identidad con ellos, han sido de raza, mañazos callejeros, bravos mansos. Han sido únicos y es para mí un placer que ellos modelen al “Yana Alkho”. Muchos criticarán el que utilice k en lugar de q al escribir perro, pero Randu era mitad ecuatoriano así que preferí escribir el perro en quechua ecuatoriano, y Vinchuca era más agreste y rural de lo que el idioma mismo es.

Podría seguir con las anécdotas de todos ellos, pero no viene al caso porque para mí no son anécdotas. Son vivencias, son encuentros, son el encuentro animal con mi yo interno, y por eso el encuentro más humano que puedo tener con la realidad, pues yo he definido los fantasmas de mis perros y los he incorporado como el de mis seres queridos que se me han ido. Ya no los lloro, sería una falta de respeto, ellos fueron plenos, algo que a mí, en mi humana condición, me cuesta mucho trabajo. Sulayka, una pequinesa que quedó ciega, me enseñó que un perro no se resigna a ser minusválido pero tampoco se permite superar su condición. Gracias a ella aprendí que la superación personal es otra forma de ficción, que una condecoración puede tener el mismo peso que una ofensa…

Sí, mis amigos, yo soy mis perros, soy mi deseo oculto de desestructurarme de mi condición humana, aun sabiendo que nunca dejaré de ser humano. Pero tal vez en este intento de ser un “Yana Alkho”  pueda convertirme en un mejor ser humano.

Foto: Denis Toranzos

Foto: Denis Toranzos

Dulce pero no fría

Este es el artículo de Ariel Revollo, parte del sexto número de la revista Punto Aparte, dedicado a la venganza. ¿Cuál será la mejor venganza contra la vida?

Dulce pero no fría 

Le doy vueltas en mi cabeza a todo lo vivido en estos últimos días, me atufo con la necesidad de escribir, de plasmar en la pantalla, y a medida que voy escribiendo, siento cómo la sonrisa se me forma, cómo me deleito en recordar los momentos, los sabores. No sólo recuerdo, recreo sensaciones, anudo el hilo en la aguja y comienzo a zurcir… comienzo el noble acto de vengarme.

Se dice mucho sobre este tema, se dice que no es buena, que “mata el alma y la envenena”, que es un plato que se sirve mejor frío… pero ¿qué ocurre cuando tienes la necesidad de desquitarte, de quitarte de dentro la impotencia? Cuando eres consciente de que no es una cuestión de justicia, es una cuestión más intima, más de tripas que de cabeza, que además es un delicioso acto creativo, es entregarte a tu instinto humano porque sólo los humanos presentamos esta cualidad de diferir la respuesta, de reaccionar con retardo midiendo la distancia para acertar el golpe… tal vez este sea el más humano de los actos, y al recrearme en él me reconozco como bicho humano.

A veces la vida es una reverenda mierda. En esos momentos siento que todo se va por el caño, que no tiene sentido y estoy tan cansado, tan cabreado… pero si la vida es una mierda, la mejor venganza contra ella es vivir bien. Sentir una sonrisa franca de la cual tú eres partícipe, o un abrazo cargado de cariño, la charla inteligente así sea profunda o tan sólo de pielcita, pero inteligente, saber que tienes mas congéneres y no eres una anomalía en la especie humana, dejar que todos tus sentidos disfruten del paisaje de montañas multicolores, de una quebrada única de grandes extensiones de libertad, sentir los aromas de tu pasado y de tu esencia, oler por ejemplo los sauces, o el asado y, quién lo diría, la empanada.

Regreso de un viaje que duró una semana, una semana magnífica, una semana en la que me vengué de la vida, en que me di una dulce venganza, en la que el vino blanco (uno de los más ricos, pero así RIIIICOS que haya probado) se escanció en mí como si fuera sangre… pero pareciera que solo me quedé en los placeres de la gula, y aunque es muy probable que así sea, no fue sólo gula de comida y bebida, también tuvo que ver con música y canto, con coplas con profundo sentido, con eso que me conmueve… y aún más, me hermané con seres magníficos.

Es probable que la resaca me dure una vida y un poco más, pero esta resaca cargada de recuerdos, de nombres, de lecturas sobre papel y tierra, sea una justa consecuencia de este viaje, una resaca continua, constante, un ch´aki carente de moral pero cargado de ética, en un compromiso de seguir adelante y construir y redescubrir que la vida no puede con las voluntades ni con el amor, porque el amor es también uno de esos actos en los que me reconozco como bicho humano… Un ch´aki que, en esa molestia, es un recordatorio de que sigo vivo y me gusta, esa molestia de que las cosas no están bien pero pueden estarlo, que entre locos y amantes se pueden zurcir las diferencias y dejar el paño entero.

La venganza es algo desproporcional, y más cuando es un ritual sagrado para festejar el hecho de estar vivo, de que el aire puede llenar mis pulmones. Que la luz en los ojos de mis amigos, de mis divinos locos, me devuelve el reflejo de mi alma, de mi pasión por este maldito infierno, que el frío y el calor, que la lluvia y la brisa, que en general el mundo está bien… mi venganza es dulce y no se sirve fría, mi venganza está en los besos que me quedan por dar y los poetas que me tocan escuchar, mi venganza está en el camino de Villazón a Salta, y de Salta a Tarija, en el buen humor de mis compañeros de viaje, en los compañeros que me recibieron… mi venganza es y será ser feliz.

 

Foto: Andrés Herrera / Productor maldito de Tucumán, Argentina

Foto: Andrés Herrera / Productor maldito de Tucumán, Argentina

Geraldine | Pop

Queridos amigos, publicamos un artículo de Yana Alkho (Ariel Revollo Fernandez), parte del número 5 de nuestra revista Punto Aparte: POP. ¡Buena lectura!

Geraldine

Las carnes y el cuerpo ovoide flotaban en el caldo denso y blanquecino. Mi cuchara se hundía para emerger cargada con el elixir que me quitará esta condición alcohólica. En realidad no es muy cierto, pues para acompañar mi caldito de por el matadero (sí, ya sé que ahora se llama mARTadero) pido dos endiabladas (cervezas bien frías). La madrugada se aproxima, ya deja notar su rojizo destello más allá del horizonte, y el local se comienza a llenar con parroquianos de toda naturaleza, todos con algunos tragos de más sobre el almita, algunos solo con hambre y otros con esa hambre de quién sabe qué. Yo me encuentro en este último grupo. Pongo las endiabladas en la mesa contigua a la mía y me siento preguntando si puedo invitarles una cervecita. No espero respuesta de ninguno de los allí sentados, y ya estoy atornillado en la mesa mirando de frente los rasgos fuertes y marcados que denotan que ella es en realidad un él. Se me antoja llamarla Geraldine, por el personaje de una novela que leí hace poco, pero ella llevaba un nombre más común: un claudia o carla, la verdad ya no me acuerdo…

Tanto la Geraldine de la novela como la de los calditos rondaban mi cabeza. En realidad, la idea del travestismo rondaba mi cabeza, no de la transexualidad: el travestismo, el asumir mediante el cambio de vestimenta y actitud otro rol, el transformar ya sea con fines dramáticos o con motivos satíricos, la construcción de sus códigos y de los códigos de todos los que nos interrelacionamos con ellos, con algún tipo de filtro la gran mayoría, pero al final el filtro se rompe con las endiabladas en la mesa y la corteza cerebral dopada por el alcohol. No es poco común escuchar a estas señoritas decir “muy machito, muy machito, pero al final igualito conmigo quieres”. Bueno pues, una vez que quitamos el filtro y nos encontramos con ella -ya sien-do una ella- en un bar de mala muerte curando la resaca por haber estado trabajando en un loquero hasta tarde, con una charla más ruda porque así sea hombrecito o mujer el ámbito que le tocó para vivir es un ámbito rudo, con muy pocas posibilidades, puedes compartir una chupa hasta el amanecer y un poco más, puedes recibir excelentes consejos para cuidar tu piel o a ti mismo de una ella que entiende perfectamente lo que tus hormonas masculinas te hacen.

¿Cual es la diferencia entre un loco y un excéntrico? El dinero… así es que en campos relacionados con la moda, el arte pop, Geraldine no es una minoría subestimada y aislada, es aquí donde ella puede ejercer, más allá de puta, su identidad… Es bastante angustiante, al menos para mí, que la industria cultural tenga una mayor apertura a las diferencias -así sea de una manera superficial- que la sociedad en su conjunto, o que el arte “selecto”. Me pone en alerta de que aun los que tenemos mayor apertura, somos hipócritas de una manera tan arraigada que seguimos usando términos como “loca, trabuco”, seguimos con ese afán de catalogar todo, a tal punto que creamos categorías especiales para lo travesti. En la misma novela donde conocí a Geraldine, el narrador (personaje ficticio de dicha novela) y pareja de ella, afirma que de enterarse de su condición de “él” dejaría de ser la creadora apasionada, con una fuerza en su obra capaz de conmover al que sea, para “convertirse” en una “artista travesti” más del montón que hace un excéntrico “arte de trabuco”.

Hace no mucho, dos diseñadores conocidos como “Las Rubias”, vistieron una Barbie de manera glamorosa con lentejuelas y brillantes con un pelo esponjado y suelto, pero al ser ellos “Las Rubias”, se armó tremenda polémica por la primera Barbie travesti. No estamos dispuestos a que toquen nuestros íconos, ni a aceptarlos en nuestro cotidiano, solo las élites de la moda les han dado cabida, convirtiendo a las afortunadas en una estrella del glamour; mientras, tanto intelectuales como el común de la gente, aún marcamos el rechazo. Al menos, el común de la gente apela al sentido común -que de sentido tiene poco- y de manera menos hipócrita las margina, mientras los “pensadores” o la gente “bien” manejan una falaz tolerancia… Aún tengo a Geraldine, rondando en mi cabeza, la imagino botada en la cama desnuda al amanecer, sonriendo y dormitando, siendo una diva, buscando con la mano bajo la cama el control remoto del televisor que no puede alcanzar, y yo, igual que el autor de la dichosa novela, tecleo este texto mientras ella ríe quedito y la luz resalta su belleza.