Zapping

A continuación te proponemos un relato de Cecilia De Marchi Moyano, publicado en la revista dedicada a la flojera. Estamos seguros de que te sentirás identificado.

Zapping

Click. Solo un rato, un pequeño descanso. No me viene mal, ha sido una tarde de mucho trabajo. Click. Esto está mejor. Sheldon es tan gracioso. Click. No, publicidad no. Pero qué cuerpo tan atlético. Click. Claro, seguramente es taaaaaan alimenticia la sopa instantánea. Y se la sirven a los niños con tanta facilidad. Click. Esa película ya la vi. Click. Esa no la vi, pero está comenzada. Click. ¡Jajaja! Buen traje, pero no es para mí. Click. De nuevo algo de Big Bang Theory, pero en portugués. Click. Ah, un especial sobre las hermanas Brontë. Otra vez. Click.

Mejor regreso al trabajo, ya pasaron… vaya, media hora. Abrir el correo, otro click. Diez nuevos mensajes en la bandeja de entrada. La primera carta, una suerte de ensayo sobre si se debe escribir Bangladesh o Bangladés. Hace tiempo se propuso un cambio igual, que no pegó, con el tema del güisqui. Ya me veo yo en el menú un güisqui. Solo por esos dos puntitos encima de la u que parecen hacer un mohín de desprecio, seguramente preferiría un vino, más franco y en cristiano. Click. La siguiente carta, una oración a la virgen del socorro que debes reenviar diez veces para conseguir el trabajo de tus sueños. Si no la comparto, amenaza con mandarme las diez plagas de Egipto. Creo que puedo tolerar la lluvia de ranas. Borrar. Una carta del jefe. Click. Los clientes quieren una revisión sobre los términos utilizados en el documento. Click. Otra carta, de mi hermano, sobre una reunión familiar en un par de meses.

Mejor reviso el Facebook, a lo mejor me mandaron algo los clientes. Click. Un evento fantástico, pero en otra ciudad. Click. Algo de música, buena cosa. Click. Otra vez el niño de Ghana que necesita un pulmón nuevo. Creo que si de verdad regalaran un centavo por cada vez que se comparte, ya que se ha compartido mil veces, lograrían juntar… ¿diez dólares? Con eso podrían comprarle un buen almuerzo. Pero mientras tanto se siente tan bien, pensar que se ayuda a la gente desamparada. Click. Compartir.

No hay novedades. Miro el reloj. Ya pasaron dos horas. Me queda poco tiempo para terminar el documento. Me pondré una música relajante para concentrarme mejor. Click. Entrar en el disco D. Click. Música en general. Hoy escucharé algo de jazz. Mh, ¿quién hubiera pensado que BB King haría un disco tan ñoño para navidad? Mejor no incluirlo.

Me pondré a trabajar un rato. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Los clientes y sus términos. Página 245. Google, ven a mí. Click. Buscar. Estas tres páginas están interesantes. Uhm, mejor miro en la wiki. Sigo un enlace. Y otro. Click. Otro. Llego a un artículo sobre los magnetrones en la vida cotidiana, aunque la búsqueda original tenía que ver con teléfonos celulares. Aprovecho y reviso las ocho notificaciones en el Facebook. Click.

 

Ya es hora de irse a dormir. Mis ojos están agotados. No conseguí terminar el documento. Mañana diré a mi jefe que entró un virus en mi computadora. Click.

Cuestiones de azar | Perros

A continuación te proponemos el artículo de Cecilia De Marchi Moyano para la revista dedicada a los perros. Ponte cómodo.

Cuestiones de azar

Cuestiones de azar.

Mi vida era otra cosa: mi hija y yo, desde que ella era pequeña, estábamos acompañadas por nuestra peluda y gruñona Amina. Me ocupaba de arena, de acariciarle el lomo y de sacarla del teclado cuando escribo.

Nos mudamos a una casa más grande, y mi hermana nos dejó de herencia involuntaria una Emma, una cosa que todavía dudo en llamar “perra”: nació sin cola, tiene pezuñas en lugar de patas y salta como canguro escapando de un dingo. Desobediente, destructora, que de puro cariñosa es capaz de hacer caer a cualquier desprevenido.

Esta cosa misteriosa me obliga a prepararle comida. Y vamos, que me gusta cocinar, así que con ella me esfuerzo. Nada de sobras o huesos blancos o qué se yo: comida gourmet para perro. Hierbas aromáticas incluidas. Todo para que deje en paz las bolsas de basura.

No es muy astuta. Su mirada de pocas luces me recibe cuando llego a casa por las noches, y la veo saltando (salta muy alto, de un lado a otro, casi casi a dos metros sobre el suelo), contenta, como si no me viera desde hace mucho más que las pocas horas que nos separamos.

Esta cosa que no sé si llamar perra ha comenzado a ser parte de la familia a fuerza de saltos y nariz húmeda, a reconocer estados de ánimo y acercarse lentamente para lamernos en la cara, hermosa y tonta, para hacernos saber cuánto nos quiere.

Esta cosa que se llama Emma ya tiene permiso para entrar a casa, ya me ha conquistado, y mi día no está completo si no paso mi mano por su pelo duro y le rasco su vientre mientras ella se entrega por completo al placer de dejarse querer.

De regreso a la memoria | Venganza

A continuación te presentamos un artículo de Cecilia De Marchi Moyano, parte del número dedicado a la venganza. Esperamos sus comentarios.

De regreso a la memoria

El hombre que me agredió era un conocido mío, como en casi todos los casos. Un conocido de mis amigos. Alguien que veía siempre, con quien conversaba a veces, y que parecía ser una más del montón de personas que siempre nos acompañan en la vida.
No era la primera vez. Antes, de niña, un amigo de la familia ya me había atacado. Pero en esta ocasión decidí (sí, fue consciente) que ya no daba más y que olvidaría todo.
La mente es fascinante, y logra muchas veces concedernos las cosas que deseamos. La mía es como un agujero negro. Casi todo lo que estudié, los libros que leí, las personas que conocí, desaparecieron de mi memoria. Debo releer las cosas muchas veces para recordarlas. Hay una inmensidad de lagunas que no termino de cruzar, y no recuerdo lo que se encuentra en la otra orilla.
Solamente el año pasado (13 años después) pude volver a escribir. Se trata de un esfuerzo complejo. Me siento cómoda en esta especie de diario que escribo mes a mes –que me fuerzo a escribir– sin la certeza todavía de que mis palabras tengan completamente sentido. Pero de eso se trata, de que no hace falta que tenga sentido.
Mi libro de cabecera (está en italiano, qué le vamos a hacer) es Perdonare: l’imperdonabile e l’imprescrittibile, de Jacques Derrida. En este texto, el filósofo argelino propone que tal vez lo único que valga la pena perdonar es justamente lo imperdonable. No tiene sentido perdonar cosas monstruosas, pero a lo mejor tenemos que poner en cuestión que el perdón deba tener un sentido.
Yo no sé si perdoné o no al agresor, pero sé que pedí a quienes me ofrecieron soluciones contundentes y violentas que no lo toquen. No creo en la justicia. No quiero venganza. La única satisfacción que quiero es poder escribir, comenzar a estructurar un relato –inclusive de mi propia vida. Poder leer. Poder reír con descaro, y, aunque es algo paulatino, comenzar a recordar que me violaron cuando tenía 22. Suena tan crudo, escrito así.

La nave del olvido | Revista Punto Aparte

A continuación les presentamos un artículo de Cecilia De Marchi Moyano, parte del quinto número de la revista dedicado al POP. ¡Buena lectura!

La nave del olvido

Richard era entonces el más guapo de los choferes de la línea D. Estaba detrás del volante de La Nave del Olvido IV. Moreno, con el cabello rizado, musculoso, era el perfecto chamagalán del que tanto hablan las abuelas.

Su micro pasaba siempre a las siete de la mañana. Era el que recogía a todos los estudiantes que íbamos al colegio. Richard era un seductor empedernido, dejaba subir gratis a las quinceañeras. Si tenías una minifalda o un escote pronunciado, te daba cambio de más.

A ambos lados del volante tenía unas agendas pegadas en el parabrisas, llenas de anotaciones de números de teléfonos. La decoración era algo espectacular: tenía unos ocho espejos retrovisores, en diferentes alturas, en los que podía siempre mirarse y mirar a las pasajeras. Esperaba a que se estableciera un mínimo contacto visual, y en el espejo te decía “para vos mamacita” y ponía una pieza especial en su reproductor. En general, Ricky Martin o Luis Miguel, aunque a veces podía tocar una cumbia sobre amores prohibidos.

No he conocido otro micro con tantos peluches. A los costados del pasillo, se encontraban afiches llenos de las frases archicursis de “Amor es…”. Amor es sentarse muy pegados, mirar películas con finales felices, caminar de la mano en el atardecer, compartir una cena de espaguetis con albóndigas escuchando música napolitana, porque poesía eres tú.

Las muchachas de mi barrio esperaban el momento en que pasara Richard a recogerlas. Había que tener suerte para encontrar espacio. Y como todas las chicas lo esperaban, todos los chicos subían también como moscas, colgados como podían de la escalerita y de los pasamanos, en un esfuerzo por tratar de conseguir una cita para la matiné del domingo o llevarlas al gallito en el cine.

Dejé de verlo cuando salí bachiller. Mis horarios cambiaron, y también la ruta que debía seguir. Usaba ya otros micros, aunque ninguno tenía tanta decoración como esa nave del olvido.

Muchas horas de cumbia después, volví a necesitar usar la línea D. Me quedé casi media hora esperando, y al final llegó un bus destartalado. Ya casi nadie se sube en esa línea. Richard engordó.