No soy floja, ahorro energía

Aquí está un artículo de Mayra Romero Isetta, publicado en nuestro número dedicado a la flojera. No siempre quien vemos descansando es un flojo… puede ser que tenga otra forma de uso de energía.

No soy floja, ahorro energía

Estoy parada frente a la tele, en mi mente lo único que quiero es apagar el aparato, darme la vuelta y caminar hasta mi cuarto para botarme sobre la cama y dormirme hasta el día siguiente. En mi mente. Mis piernas no responden, mi cuerpo no responde a todo el plan ya creado en mi cabecita. No sé si estoy muy cansada o tengo mucha flojera, o ambos, para que mi cuerpo conecte con mi mente.

Acostumbro levantarme a las 4 de la madrugada (lo sé, los que estén leyendo pensarán que no tengo vida social o que soy una ñoña), porque por alguna razón que no entiendo, mi cerebro funciona más rápido y mejor en la madrugada. Puedo leer, estudiar, escribir, investigar y hasta jugar con mejores resultados.

Claro, este hábito madrugador cobra su precio cuando la tarde cae y los últimos rayos de sol calientan la tierra, porque me veo obligada a tomar una siesta (que a veces se excede) para poder continuar con otras actividades. Como mi familia no puede atestiguar mis momentos productivos porque sigue durmiendo… y cuando yo duermo ellos están despiertos, han concluido que soy una vaga que no sabe hacer otra cosa que dormir. Me limito a decir que no soy floja, que ahorro energía.

Practico deportes y casi siempre entreno en un gimnasio. Atribuyo a mi tamaño y constitución que el desgaste de energía sea mucho más notorio que en cualquier otro mortal. Por lo general, después de entrenar, lo único que busco es dormir (otra siesta). De nuevo, el hecho de llegar a casa directamente a lanzarme a los brazos de Morfeo ha creado esa idea de que lo mío es vagancia en su máxima expresión. Pero de nuevo, no soy floja, ahorro energía.

¿Y para qué ahorro energía? Pues para que los fines de semana, que es cuando tengo más actividades por hacer, no duerma más de la cuenta y así pueda cumplir con todo el itinerario programado, que va desde ordenar mi habitáculo hasta salir a parrandear con los cuates.

El detalle está cuando el fin de semana termina… La actividad tan intensa causa que la fatiga se acumule y vuelva al principio de la historia: yo, parada frente a la tele, tratando de hacer conexión entre mi cerebro y mi cuerpo para asimilar que DEBO descansar, pues se viene una nueva semana en la que creerán que solamente duermo, pero que me exprime como a naranjita para jugo.

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Acerca de un viejo amor

Cada número recibimos muchos atículos de otras personas. Te presentamos a continuación un texto de Jack N. Kennedy (Habib Homsi Maese) sobre la flojera:

Acerca de un viejo amor

Banda Sonora: I Love You Forever – Two Steps From Hell

No sé qué tanto pueda o deba decir acerca de Flojera; traerla de vuelta a mis pensamientos me provoca debilidad, siento que en cualquier momento podría sucumbir ante la tentación de un apasionado rencuentro y claudicar en la tarea de romper mi dependencia hacia una vieja y fallida relación.

Siempre estuve a sus órdenes, siempre a su merced y siempre dependí de sus cambios de humor. Aunque lo propio de cualquier persona con tres dedos de frente hubiese sido cortar la relación por lo sano, me vi embriagado en sus amores y vi pasar tantos días junto a ella. Creí ser feliz.

Flojera es tan solo su nombre artístico. Su nombre es Pereza, la sensual, aquella a la que no podía resistirme, aquella que, con coqueteos, monopolizaba mi existencia; dormía conmigo, especialmente los días de invierno, entre sábanas tibias, se acurrucaba junto a mí, compartiendo su calor, hasta que Hambre –mi fiel e inseparable amigo y compañero de cuarto– me sacara del embeleso y el sopor en el que me sumergía. Su otro nombre es Negligencia, la cariñosa, la que encontraba fascinación estando junto a mí, la que me hacía creer que lo nuestro era real.

Y que los dioses me libren de Descuido, su horrenda mascota; Descuido eran tan viejo como nosotros, pero más dependiente que un perro de cartera; su olor era el mismo que emanan los días olvidados; sus aullidos  –tan horrendos como él– tenían la capacidad de alborotar a Hambre, alboroto que dejaba como resultado una serie de platos rotos –o más propiamente: vacíos– que después yo me veía obligado a pagar.

Tuve largas y fatídicas peleas con Hambre; sin embargo, él siempre supo ser un buen amigo y, a pesar de nuestros enardecidos encuentros, se mantuvo leal y siempre presente durante mi relación con Flojera.  

Creí que era feliz, creí que lo tenía todo, pero ella quería más, más de lo que yo podía darle; así fue como empezó a buscar aventuras con la gente a mi alrededor. No pasó mucho tiempo hasta que me diera cuenta de que la muy puta –aquí llegamos a la parte donde mis palabras se sinceran y son más consecuentes con mis pensamientos– había compartido las sábanas con demasiados otros, quienes, tan débiles e ingenuos como yo, cayeron ante su encanto.

Pero resulta que, tan puta como era ella, era también yo, y así somos cada uno de nosotros, porque te aseguro que, indiferente de tus gustos o inclinaciones, ella se metió contigo y, aun sabiendo que ella ya se había metido con tantos otros y otras, tú accediste.

Para no ser redundante con los improperios diré, a manera de rima, que ella fue astuta; astuta porque a cambio de su servicio –un insustancial momento de placer–, le pagué con lo más valioso que tenía, tiempo.

Ella sigue siendo así, sigue acumulando los tiempos que le dedico, y que tú le dedicas, cada vez que cometemos el clásico y tremendo error de llamar a una expareja en momentos de debilidad. Así seguirá acumulando tiempo, hasta que alcance el valor equivalente al de una vida.  

Dicen que la carne es débil, pero comprobé que hasta el espíritu y la voluntad flaquean al oír los seductores susurros de Flojera. Flojera es hermosa, tan hermosa como letal; es un súcubo y no va a para hasta matarme.

Ella nunca me amó y, ahora, yo no la amo; tan sólo tenemos una transacción de placeres cuando nos vemos –cuando yo le permito venir–. Todavía no soy tan sabio como para practicar el desapego que me permitiría librarme finalmente de sus tretas, pero por lo menos soy lo suficientemente racional como para entender que lo nuestro es algo más casual: un simple intercambio de beneficios. 

Después de tantas remembranzas, que no se confunda mi sincero coloquialismo con un tono misógino, porque al final de cuentas, soy humano, qué otra cosa podría decir ahora, cuando mi intención es hablar con franqueza.

Siempre lo supe, Flojera no es tan solo uno de mis grandes amores, Flojera es también mi perdición. 

Todavía te quiero, puta. Gracias por todo.

La madre de todos los vicios

En este número, Ramón Rocha Monroy (el cronista de Cochabamba) nos hace llegar su punto de vista, siempre tan personal, sobre la flojera.

La madre de todos los vicios

A mí la flojera, la ociosidad, el ocio me sedujeron desde que oí una frase de mi madre: La ociosidad es la madre de todos los vicios. ¡Wow! ¿De modo que bastaba echarse de panza para conocerlos? Esa sensación está ligada a los pecados que no pude. Cierta vez me propuse escribir un artículo más bien cachondo y humorístico sobre el tema, pero cuando me puse, me salió un texto terriblemente triste y melancólico. Es que los pecados que no pudiste por seguir la moral judeocristiana permanecen en el limbo y te van a atormentar toda la vida, y quizás después de ella. Cuántas veces estuviste a punto, ya te habías rendido y de pronto reaccionaste y te fuiste. Eso te dolerá eternamente.

Chico ps era yo, pero cuando nos visitó Carlos Medinaceli allá por el año 1928, se puso verde de envidia, un decir, al comprobar que Cochabamba estaba bien provista de jóvenes de buen ver, dueños de haciendas y de casas solariegas, que no cometían nada excepto leer, escribir, estudiar en la universidad, viajar a París o sentar cabeza con el matrimonio, el ministerio, el cargo diplomático. Eran muy distintos a los potosinos como Medinaceli, que debían cumplir penosas gabelas burocráticas para escribir, leer o estudiar a deshoras. Medinaceli mismo había sido empleado público en una oficina ófrica durante buena parte de su juventud, y por eso envidiaba a los jóvenes cochabambinos dedicados a la lectura, la escritura y el estudio de temas universales. Acaso no era tiempo todavía para comprobar cómo de provincianos y al mismo tiempo de universales somos los cochabambinos. ¿Por qué tenían ese privilegio? Porque tenían sus haciendas, su patrimonio, pero sobre todo el prejuicio colonial de no trabajar, porque el trabajo, en el pensamiento y la moral de sus mayores, ensuciaba las manos, la mente y el corazón. Para eso estaban los pongos, las sirvientas, los cholos, para cumplir esas artes y oficios que un “caballero” jamás haría con sus propias manos.

Vino la reforma agraria de 1952 y Cochabamba estaba todavía llena de badulaques distinguidos. Conocí a algunos cuyas manos jamás se habían ensuciado con el trabajo. Incluso cuando cayó el Muro de Berlín y se derrumbó la Unión Soviética, en los cafés se discutía cuántas ojivas nucleares habían quedado en Rusia y cuántas otras en Ucrania o Uzbekistán. Los contertulios eran minuciosamente cochabambinos, pero hablaban con enorme soltura de algo que habían aprendido leyendo Selecciones soviéticas.

Hoy somos un pueblo laborioso en el cual quienes más trabajan son las mujeres. El ocio es una enfermedad y un placer desconocido en Cochabamba. Sin embargo, los ciudadanos griegos y romanos ejercían a diario el otium cum dignitatem, ocio con dignidad; y el ocio, el tiempo libre, ha sido ya materia de más de 20 congresos mundiales. Teóricamente la jornada se divide en tres períodos de 8 horas: 8 para trabajar, 8 para dormir y 8 de tiempo libre. Este último período es el de los sueños, las utopías, los deseos de mejorar, de soñar y crear una sociedad más justa. Es un período quizá más importante que los otros dos; por eso los medios lo inundan de publicidad. Es tan importante que no se lo puede dejar a merced del tamaño del bolsillo de cada uno. Es una alta función del Estado planificarlo y ofrecer alternativas, parques, deportes, entretenimiento, educación alternativa. Un país sin tiempo libre planificado por el Estado es un país del alcohol, de la droga, del sexo temprano, de la vida vacía y sin futuro. Quizá es atractivo vivir así un tiempo, pero toda la vida y en todo un país, es lo más irresponsable que podamos ser y hacer.

FLOJERA | Revista Punto Aparte, Número 8

 

REVISTA 8 FLOJERA portada

Queridos lectores:

Aquí encuentras nuestro octavo número de la revista, donde quisimos hablar de uno de los grandes pecados: la flojera. Puedes descargarla haciendo clic en este enlace: REVISTA 8 FLOJERA.

Para lograr este número, nos colaboraron:

Comité editorial:
Cecilia De Marchi Moyano
Ariel Revollo
Lourdes Reynaga Agrada
Mayra Romero Isetta

Columnistas:
Ch’aki (Ariel Revollo)
La maja en tacones (Mayra Romero Isetta)
La loca de los gatos (Cecilia De Marchi Moyano)
El revólver del cocodrilo (Iván Gutiérrez)
Amores perros Perrini-ini (Mayra Romero Isetta)
El ojo crítico (Lourdes Reynaga)

Colaboran en esta revista:
Ramón Rocha Monroy
Jack N. Kennedy
Carolina Hoz de Vila
Alexis Argüello
Sergio Harb
Veronica Adriani
José Luis Claros López
El físico secreto

Imágenes:
Jota Gordillo (ilustrador)
Andrés Herrera
Lesly Moyano
Liz M. Mendoza
Katsunori Osoegawa

Diseño y montaje:
Renato De Marchi Moyano

Documentación y coordinación:
Mayra Romero Isetta

Edición:
Lourdes Reynaga
Mayra Romero
Cecilia De Marchi Moyano

Correctora en jefe:
Mariela De Marchi Moyano

Portada:
Jota Gordillo (El gato hidráulico)

Contratapa:
Lesly Moyano