Abuelos

Hasta ahora, todos los artículos que hemos presentado en la revista dedicada a los abuelos fueron escritos por nietos. A continuación les proponemos un texto de un abuelo: Alberto Vieyra nos escribe este artículo imperdible. Esperamos que lo disfruten.

Abuelos

Recuerdo haber leído casi en mi niñez un libro sobre un viaje al Ártico, al país de los esquimales (probablemente los inuit, tal vez se trataba de País de las sombras largas de Hans Ruesch) en el que se mencionaba que los abuelos, ya viejos, eran llevados en un trineo a un lugar solitario, en medio de la nieve, para que allí se los comiera un oso; luego el oso sería cazado por la tribu, que comería al oso y así el abuelo viviría en la sangre de la tribu. Esto parecería indicar que en diferentes tiempos y latitudes el destino de los abuelos nunca ha sido muy optimista que digamos. En la lógica occidental se supone que el abuelo debe ser sentado en un sillón para que se lo coman sus nietos, los que a su vez tendrán descendencia luego de ser en parte comidos por sus padres, y así los abuelos viven en la memoria familiar. Oh, sí, parece que somos más compasivos con los ancianos: jubilación, bonos especiales, descuentos, atención preferencial… pero la jubilación parece ser un certificado de invalidez social, el que se completa con la abuelidad obligada: hay que sacar al abuelo del armario y ponerlo a jugar con los pequeños tiranos, que no tendrán piedad de los abuelos, ignorando la osteoporosis, el cansancio, la debilidad, la visión y la audición disminuidas, y sobre todo y según los casos, las ganas de los abuelos de que los dejen de joder y les permitan una vida vivible. Pero hay que educar a los seres humanos que están convencidos por esta sociedad de que son viejos, inútiles, oxidados, y que su única alegría debe consistir en amar a sus nietos, que también los aman, y trabajar de payasos gratuitos para ganarse la gratitud de la familia y poder tener un sitio en el imaginario familiar: el abuelo, la abuela…

Entonces habrá que resituar las cosas y ponerlas en su lugar, que no es el que esta sociedad -en su versión cotidiana normalizada- pretende imponer. Para comenzar, no hay ningún motivo para que una persona, tenga los años que tenga, deba sentirse vieja. Las neurociencias nos enseñan que no es cierto que simplemente perdamos neuronas y haya un proceso irreversible hacia la pelotudez senil. En realidad se pueden formar nuevas redes neuronales y prolongar mucho más de lo que se supone la agilidad mental e incluso, dentro de ciertos límites, la física. Aunque usted no lo crea, como diría Ripley, muchas de las actitudes que adoptamos en nuestras vidas son el producto de un convencimiento social o, dicho en otros términos, hay una ideología de lo que debe pensarse acerca de un ser humano, y los humanos atrapados en esta ideología la asumen, y se tragan todas las pelotudeces que la sociedad de su época ha inventado al efecto. Y desde luego esto incluye muchas veces a los médicos y personas “notables” de la época en cuestión. Las barbaridades que se han pensado acerca del rol de los niños, los viejos, las mujeres, los homosexuales, los locos, los rebeldes… son para la historia del crimen cotidiano; todo ha sido catalogado, juzgado, clasificado, y, según se debe, castigado si se descubría una transgresión. Pero ¿transgresión con respecto a qué?

Un abuelo no debe ser un amansador de fieras, un payaso amable, un adorador de bebés. Un abuelo debería ser, para recordar términos caros a Francisco Varela, un experto en ética, alguien que ha alcanzado una maestría ética. Esto no es sólo enunciarlo, se llega a ser un maestro ético, aunque esto consista, paradójicamente, en un olvidar normas impuestas para recuperar desde la sabiduría biológica más profunda, la condición autopoiética de la vida: la vida es capaz de reorganizarse permanentemente para seguir produciendo vida, para ser vida auténtica…

Ser padres ya es un desafío que no todos asumen, y aun cuando lo asumen no estarán nunca seguros de haberlo realizado como es debido. Un monto de fracaso es normal en la vida de los humanos, y esto sí es algo que hay que asumir si se quiere mantenerse en los rangos de un cierto equilibrio emocional. Es justamente ese monto mínimo imponible de fracaso el que nos hace humanos. Pero un abuelo es un ser que se ha revisado a sí mismo como hijo, como padre, y como ser libre. Se sabe a la vez parte y fuera de una cadena generacional. Respeta la cadena de las generaciones, pero está fuera de ella, y desde esa libertad actúa con la conducta precisa en el momento correcto. Entonces, desde esa libertad, ser abuelo es una decisión. Esto ya no viene dictado por la sociedad, por alguna pretendida obligación, o por un resignarse a un destino de vejez donde el ser abuelo sea una condición-consuelo inherente al ocaso de la vida. Desde la maestría ética, ser padre, ser abuelo, es ser discípulo permanente de la vida que no cesa, es ser siempre creador de posibilidades, es ser renovador de energías ancestrales. Para ser abuelo hay que ser padre de sí mismo y un permanente hijo de la creación. Entonces uno puede re-crear la eterna función de vivir la vida a favor de la vida misma. Para que un niño o un joven adquieran libertad y energía deben recibirla de aquellos que, ya libres, pueden darla. Estos son los maestros. Esto es lo que pueden ser, con toda amplitud, desde el horizonte de su maestría, los padres de los padres y madres que han hecho vida de la vida. De no ser así, es mejor no serlo y aprender, aprender siempre. El presente es de una riqueza inagotable y está siempre aquí, donde habitamos la vida.

La disolución de un abuelo

A continuación te proponemos un artículo de Lourdes Reynaga Agrada, parte del tercer número de la revista  de Punto Aparte dedicada a los abuelos.

La disolución de un abuelo (El torturador)

“La historia que narro es la historia del hombre que se la narró al hombre que me la narró a mí. No puedo verificar su veracidad ni su exactitud” (p. 12) enuncia en determinado momento el narrador de “El torturador” (y las “r” se repiten, se regodean casi, enredando la lengua de quien lee el fragmento en voz alta), un cuento que habla de Polo, pero, para hacerlo, recurre al método de la reconstrucción.

¿Qué sabemos de Polo? Por su escritura, lo que sabemos es: “Me interesa volver invisible lo visible, desaparecer cuerpos que se vuelven más concretos a partir de su sufrimiento” (p. 21). Pero la pregunta más importante es: ¿cómo lo sabemos? Hay una carta y una narración tardía. Quien cuenta la historia no es sino el nieto de quien conoció a Polo y se vinculó directamente con él. Para cuando conoce la historia, los involucrados están muertos y no hay posibilidad de obtener otras respuestas. Solo están las versiones, las conjeturas.

Siguiendo un rastro que recuerda a Dupin (porque en el cuento las referencias intertextuales existen, es cierto, por supuesto, indiscutiblemente, pero claro), el nieto habla de la historia de Polo. Un hombre obsesionado, en principio con encontrar el punto exacto del dolor y, después, con la desaparición del cuerpo. En la última carta al abuelo, explica la invención de una máquina maravillosa que logra desaparecer en poquísimo tiempo cualquier cuerpo que se introduce; lo disuelve, lo esfuma, y se asume que ya ha experimentado con él, que en el cilindro de la máquina, carne humana, todavía viva, ha encontrado un contacto definitivo con el vacío. Hay fascinación en la descripción del prototipo, en su operación, en las utilidades posibles al sistema político que rige el país (Argentina) en el momento de la invención, una fascinación que se extiende a la propia narración.

El cuento ha empezado hablando del abuelo, estableciendo una breve genealogía del narrador y dando algunos datos sobre él. Sin embargo, a medida que las palabras avanzan, que se incrustan en la página y en los ojos del lector, la presencia del abuelo se desvanece, muta a veces en el nieto, para terminar abriéndole paso a Polo, cediéndole el lugar. La desaparición de personajes desconocidos culmina con la desaparición de quien se intuía protagonista en la primera página. Ya no el cuerpo, sino la presencia del abuelo, se diluye en las últimas palabras, porque, por favor, ¿quién se va acordar de un librero invisible cuando hasta el nieto lo ha olvidado?

Murillo, Mauricio. El torturador, Ed. Gente Común, La Paz, 2011

El último búfalo de las praderas

A continuación encuentras un artículo de Cecilia De Marchi Moyano, parte del tercer número de la revista Punto Aparte (que puedes descargar en pdf aquí):

El último búfalo de las praderas

He vuelto a leer la novela El vino del estío, de Ray Bradbury. En ella, Doug (el personaje central) y otros niños descubren una máquina del tiempo que lleva solo al pasado. Esa “máquina” es el anciano coronel Freeleigh. Los niños se le acercan y escuchan absortos sus historias de la guerra de secesión, de los grandes ejércitos del norte y del sur o de la masacre de los búfalos de las praderas que presenció en sus viajes junto a Buffalo Bill. En un mundo en continua transformación, la máquina del tiempo se queda inmóvil para siempre con sus recuerdos del funcionamiento de las cosas que, en la mente de los niños, tiene un gusto a mundo recién construido, nuevo, misterioso y -se podría decir- puro.

Yo tengo mi propia máquina del tiempo. La visito con frecuencia, aunque prefiero verla en días que pueda disponer de toda la tarde. Me abre la puerta con sus pasos sonrientes y acompasados, me invita a pasar y tomar un cafecito destilado en la cafetera blanca de fierro enlozado. Me siento en la mesa. Mi abuela toma el primer sorbo caliente de su taza y poco a poco vamos retornando al pasado.

Mi abuela conoció un mundo distinto, que si para ella era tan solo su mundo, para mí tiene el olor a navidad, a regalo recién sacado del celofán: cocinar en keroseno, viajar en los tranvías de La Paz, preparar el pan en el horno de la llantabaja, los viajes por una Bolivia con caminos en construcción, las epidemias de sarampión que diezmaban a los niños, mi madre de niña aprendiendo a andar en bicicleta, cruzar el lago Titicaca remando, los primeros aviones carniceros que traían la carne faeneada desde el Beni, las revoluciones y golpes de estado, los muertos de la guerra del Chaco, los billetes de un millón de pesos… Todo un país que ya no existe, que desapareció junto con el paso de los años y el crecimiento de los edificios.

Y pronto me llegará el turno. No sé si mi hija recordará ver las luciérnagas que poblaban los jardines en Cochabamba, o si el teléfono de rueda será algo más que una antigüedad. Si las radios seguirán emitiendo. Si los viejos colectivos seguirán recorriendo la 25 de Mayo. Si mi mundo para ella será de celofán o solo tendrá un dejo alcanforado.

Aquello que conoció mi abuela se acabará en el momento en que el corazón de su máquina del tiempo deje de funcionar. Y para mí será como si desapareciera la mitad de la gente que puebla mi propia memoria. El mundo habrá olvidado su infancia y la memoria se convertirá solamente en historia. A menos… a menos que yo también sea una máquina que lleva entre sus engranajes cada recuerdo de la vida de mi abuela. Seré un puente que lleve de una máquina a otra, de un mundo a otro, de regreso a un tiempo remoto en el que aún no había muerto el último búfalo de las praderas.

Una bala es más efectiva que cualquier tratamiento

Iván Gutiérrez, para el tercer número de la revista Punto Aparte que puedes descargar en pdf aquí, nos relata un nuevo caso de crónica negra literaria. 

Caso 3: Una bala es más efectiva que cualquier tratamiento
Tarija, 5 de noviembre de 1986

La tarde del 5 de noviembre a tres cuadras de la plaza principal un estallido de una 38 paralizó la actividad normal de todos los transeúntes. Atónitos observaron cómo caía un hombre de setenta y dos años al piso con la cabeza sangrando y las manos estrangulando una bolsita blanca, unas cuantas gotas mancharon la pared de la cooperativa de jubilados y otras pocas dejaron un pequeño rastro en el vidrio de la ventana que da a la calle. Segundos después un sujeto de treinta y cinco años de edad se dio a la fuga dejando en el piso el arma.

Después de dos días de búsqueda, lograron dar con el paradero del asesino. En el domicilio encontraron unas cuantas pertenencias que anteriormente habían sido denunciadas como robadas. El culpable, al ser llevado por el patrullero, fue enfrentado y atravesó por forcejeos con la gente que se había reunido en el lugar. Después de una serie de negociaciones se logró transportarlo hasta las dependencias de investigaciones.

El 5 de noviembre a las 11:00 am, el señor Juan Carlos Terán de setenta y dos años había salido de la clínica con una receta y unos análisis para comenzar un tratamiento urgente debido a un tumor avanzado. Almorzó solo en una pensión a la que pagaba en cuotas mensuales, pagó una llamada internacional, una llamada nacional y dejó su cambio sobre el mostrador. A las 15:00 pm depositó un monto de dinero en una de las cooperativas cercanas a la plaza principal. Las autoridades del caso aún no aclaran la cantidad de la transacción.

Tres calles después la victima ingresa a una farmacia donde compra las especificaciones de la receta para iniciar el tratamiento indicado anteriormente en el hospital. Al salir de la botica es interceptado por el señor Rogelio Aguas Medina quien con la amabilidad y la tranquilidad suficiente sujeta por el brazo a la victima y la arrincona en una calle aparentando ser su amigo. Registra sus bolsillos y con paciencia lee y se hace explicar las dolencias del Sr. Juan Carlos. Algunos testigos afirman que al principio el encuentro se veía sospechoso pero a medida que pasaron los minutos existieron unas cuantas risas y ambos demostraron cierta confianza en la conversación.

Cuando la gente dejó de prestar atención, la víctima sacó una botella pequeña de licor y la ingirió con rapidez, después se despidió con una sonrisa del sospechoso. Inmediatamente un arma apareció en la cabeza del Sr. Juan Carlos y en cuestión de segundos la presión del gatillo ejecutó a la víctima.

El acusado fue declarado culpable, pero en el interrogatorio afirmó y juró que llevó a cabo sus acciones con pleno consentimiento de la víctima. Recibió una llamada horas antes y dejó el depósito necesario para los servicios contratados. Según el asesino todo le parecía extraño, pero el monto era lo suficiente como para correr el riesgo.