Faceta para el olvido

A continuación te presentamos un texto de Alexis Argüello Sandóval, que es parte de la revista dedicada a la flojera. Esperamos que te guste.

Faceta para el olvido

Vivir de recordatorios, más que de recuerdos, es faceta para el olvido. Mi escasa colaboración en revistas le quita tiempo a mis lecturas y mis lecturas le quitan tiempo a mi vida; esa que está afuera de lo que ustedes suponen que hago; afuera de lo que supongo que hago y callo para no causar mayor inconveniente a terceros. La brevedad coquetea conmigo, casi a diario, de forma breve e inconsecuente; como el cuento que deseo terminar hace meses, dieciocho de veintidós páginas que debo terminar por haberlas comenzado, porque las cosas a medias no me gustan, no me gustan como no me gusta el sexo con los calcetines puestos.

El recordatorio que impide que interrumpa lo que ha sido interrumpido ya, me impide abandonar esto que ustedes leen y yo escribo; el recordatorio. Dos libros que hablan sobre “el vicio de todas las madres” son los que resaltan en mi librero, por hoy no me pidan más: Breviario de la haraganería de Horacio B. Oyhanarte y Divagaciones de un haragán de Jerome K. Jerome. Uno de ellos, menos mal, ha dejado de hacerlo; es el espacio vacío de la mesa de saldos el que ahora resalta, ya no el libro; desde ya causa pereza el explicar porqué no pude terminar su lectura y Jerome K. Jerome terminó en la odiada mesa de saldos. Breviario de la haraganería de Horacio B. Oyhanarte, en cambio, acoge algunas páginas válidas, es un libro de aforismos que invita a la acción de abandonar la lectura por recomendación textual del autor pero que implícitamente impide hacerlo. Menos mal que aún lo tengo, aunque algo me dice que pronto, pronto se irá, para reposar en un espacio más, o menos, cuidado que el que ocupó. Extraigo de dicho libro lo siguiente:

Nos arrastramos conduciendo nuestra propia muerte: somos la cabalgadura de un cadáver.

Quienes compilaron la biblioteca de Alejandría ignoraban que estaban acumulando los materiales de un incendio. ¿Cabe colaborar en empresas tan deleznables?

De todos los dioses, Saturno es el más razonable. Por desconfiar de sus obras, devora a sus hijos.

No hay que creer que las cosas valgan tanto: somos nosotros quienes les damos valor.

Ningún astro, como la luna, ha merecido, en todas las épocas, los elogios, y las adulonerías de los poetas y los escritores. Sin embargo, su tarea se limita a reflejar la luz del sol.

Un esclavo que sabe que trabaja para su señor; en eso, cuando menos, es superior al hombre libre, que nunca sabe para quién trabaja.

Me niego a devolver algunos saludos por ocio, y por ocio algunas personas no dejan de hacerme llegar el suyo. Es entonces que el Hábito se hace amigo del Ocio (cosa similar a lo que ocurre en El talento de Mr. Ripley de Patricia Highsmith) para, luego, asesinarlo y hacer suplantación de identidad. Eso hasta la llegada del Negocio (que no es más que la negación del Ocio), que incluso desde su carácter negativo se muestra como lo correctamente establecido; sin más apologías de por medio que el sinnúmero de tratados sobre Management. Y eso me divierte, y me divierte mucho, pero no al punto de evadir lo serio del asunto. Entonces acudo al recordatorio que exige que interrumpa lo que ha sido interrumpido ya, me ordena abandonar esto que ustedes leen y yo escribo; el recordatorio. Caigo en cuenta de los veintiséis minutos, de los casi veintisiete años que llevo viviendo, que se han ido, que no volverán. No corrijo, y no por flojera, más bien por falta de ella. Desatiendo, desentiendo, disintiendo.

Vivir de recordatorios, más que de recuerdos, es faceta para el olvido.

Vuelta a la página, para sumar otro regreso, otra vuelta más.

FLOJERA | Revista Punto Aparte, Número 8

 

REVISTA 8 FLOJERA portada

Queridos lectores:

Aquí encuentras nuestro octavo número de la revista, donde quisimos hablar de uno de los grandes pecados: la flojera. Puedes descargarla haciendo clic en este enlace: REVISTA 8 FLOJERA.

Para lograr este número, nos colaboraron:

Comité editorial:
Cecilia De Marchi Moyano
Ariel Revollo
Lourdes Reynaga Agrada
Mayra Romero Isetta

Columnistas:
Ch’aki (Ariel Revollo)
La maja en tacones (Mayra Romero Isetta)
La loca de los gatos (Cecilia De Marchi Moyano)
El revólver del cocodrilo (Iván Gutiérrez)
Amores perros Perrini-ini (Mayra Romero Isetta)
El ojo crítico (Lourdes Reynaga)

Colaboran en esta revista:
Ramón Rocha Monroy
Jack N. Kennedy
Carolina Hoz de Vila
Alexis Argüello
Sergio Harb
Veronica Adriani
José Luis Claros López
El físico secreto

Imágenes:
Jota Gordillo (ilustrador)
Andrés Herrera
Lesly Moyano
Liz M. Mendoza
Katsunori Osoegawa

Diseño y montaje:
Renato De Marchi Moyano

Documentación y coordinación:
Mayra Romero Isetta

Edición:
Lourdes Reynaga
Mayra Romero
Cecilia De Marchi Moyano

Correctora en jefe:
Mariela De Marchi Moyano

Portada:
Jota Gordillo (El gato hidráulico)

Contratapa:
Lesly Moyano

 

Perros que no saben ladrar | Perros

Recordamos todavía cuánto nos costó convencer a Alexis Argüello para que colabore con la revista. Aquí te presentamos un ensayo suyo que nos ha encantado, dedicado a los perros. Esperamos que lo disfruten.

Perros que no saben ladrar

Para King que, actualmente, mueve la cola desde el jardín.

Son dos los perros que han marcado las páginas de los libros que he leído. Son más de dos los que han marcado mis piernas, muslos y trasero. De los que han marcado páginas, uno, que es parte de mi primer acercamiento con la literatura, pertenece al cuento El león y el perrito de Tolstoi, otro, que es más bien parte de una jauría, pertenece a Los perros del destino de Saki. De los otros, de los más de dos, no tengo mucho que decir, las cicatrices hablan por sí solas; en veintiséis años de vida, he sido mordido, con mayor y menor éxito, por los perros de una calle que es y no la mía, la calle sobre la que situaron una habitación a la que llamo mía.

Vuelvo mis pasos atrás y, en el vano intento de enterrar la imagen de los dientes que han impedido mi ingreso y salida de aquella casa, resuelvo incluir a otros perros en la lista de perros que han marcado páginas. Entre separadores y apuntes, están allí: el que saca de paseo a su ama en La dama del perrito de Chéjov, el que sufre las crueles atenciones de un acomplejado en Tobias Mindernickel de Mann, el que no es otro que Mefistófeles en Fausto de Goethe, los que han sido entrenados para oprimir en Rebelión en la granja de Orwell, los que el padre oyó sin ayuda de su hijo en No oyes ladrar a los perros de Rulfo, los que sólo han podido ser domesticados después de que les hayan quebrado los dientes en el País de las sombras de Ruesch, los perros héroes de un parapléjico que se las tomó contra Bellatin y… Allí están, entre páginas que me alejan de la cachorrita ciega que se acercó a mi amigo, Gonzalo Lecoña, en San Buenaventura. La que se alejó de su madre a días de haber nacido, la que sólo atendía al llamado de mi amigo y, al tercer día de haberse presentado en nuestras vidas, murió, o desapareció, no lo sabemos.

Me queda claro, el perro es el más humano de los animales. Su misión es sumisión. Gruñe más de lo que ataca o defiende. Saca la lengua seguido. Babea cuando duerme y más aún cuando sueña. Intercambia fluidos seminales con toda y todo aquel que, después de cierta insistencia, se lo permite. Provoca cuando se siente parte de una jauría. Los que pertenecen a barrios marginales abundan y hasta interactúan con otros perros más, y mejor, que con su dueño. Algunos tienen más suerte que otros, dependiendo del hogar en que los alojen, ya que hay lugares en que los llaman hijos y los tratan como a tales. Reciben, más que educación, entrenamiento. Comen a veces mejor que un vagabundo y hasta son llamados vagabundos. Domesticarlos se hace difícil cuando han pasado los años; ya que su patrón de conducta no responde a los caprichos de su am… Eso sí, a diferencia del hombre, en ciudades capitales, han domesticado a su amo; un amo que desearía hacer lo mismo con el suyo, desearía tener algo más de poder pero se conforma con el hecho de tener a un perro como mascota.

Los hombres que manipulan la conducta de sus perros, no lo sé, no sé si me desilusionan más que los que tienen un perro por mascota… y meses después lo descuidan. Y es que un animal es lo mejor que le ha pasado a toda esa gente que sustituye lo que no tiene con un animal.

¡Pobres Animales!

Perros-hombres, hombres-perros. Yo mismo, si no fui uno, al menos me sentí como tal. De niño corría detrás de los automóviles, de una calle a otra, tratando de seguirles el ritmo y superarlos; sin ladrar, claro. En su momento, llamé “¡Perra!” a más de una mujer que no quiso nada conmigo; ni siquiera darme un bofetón. Propuse y acepté cambiar de postura, “la del perrito”, siendo que nunca fue de mis favoritas. Dormí sobre el suelo, con y sin sol de por medio. Hice estupideces por un poco de atención más que por comida.

Habrá que estudiar a los hombres para entender a los perros; y viceversa. Habrá que prohibir el ingreso a los dueños de mascotas; no así a las mascotas. Habrá que considerar que una cosa es el hombre-perro como individuo (el de Tolstoi) y otra el perro-hombre colectivo (el de Saki). Habrá que recordar que no sólo al perro se le de muy bien eso de imitar comportamientos. Habrá que aceptar que todos, animales o no, amos y mascotas, responden a un instinto de sobrevivencia al mostrarse domesticados y prestos a seguir el juego. Habrá que señalar con el dedo a los que han perdido el sentido del olfato. Habrá que leer la entrevista que le hicieron en 1993 a la reina de Inglaterra que es, además, adiestradora y entrenadora de perros de caza. Habrá que llevar algo de Pan y Circo en un bolsillo, para seguir modificando conductas y evitarnos problemas, y habrá que llevar un pote de pomada cicatrizante en el otro.

Total, a perros y hombres, los han separado el habla, la escritura, una cola y una coma. Total, “domesticadas” en una casa que no es la suya, no todas, no todas, como Lassie, reaccionan y se van.

Foto de Jhony Salguero

Foto de Jhony Salguero

Sin apuro, sin demora

Este es un artículo de Alexis Argüello, que se encuentra en el suplemento Apostillas que publicamos a inicios de abril. Buena lectura.

Sin apuro, sin demora

Para Andrea Callejas Herrera.

Es la espera del abandono que inquieta. Y no se va.

Es la espera, y la espera del abandono, que paciente se queda. Aquellos clientes chilenos que desordenaron mis estantes y reacomodaron sus recuerdos; posibilidad y expectativa. Es el recuerdo, y la espera de su abandono; lo que lleva a bajar la cabeza, desde el mentón hasta el más llamativo de los cabellos parados; lo que inquieta; lo que lleva a blandir los puños y, conscientes o no, clamar, reclamar Venganza.

El número acumulado de NO(s), el número inflado de SÍ(s). Recuerdos que van tras de algo más que recuerdos. Recuerdos, siempre en busca de algo más, entre la espera del abandono que inquieta… Y no se va.

Toda esa gente que olvida rápido su enojo, minutos después, ya sufre de Alzheimer; de Síndrome de Korsakoff, sufre los efectos de la Ley de Ribot, sufre por no sufrir, por haber sufrido un cambio o… mejor dicho, no haber sufrido ninguno…

He sido interrumpido, ocurre a diario. Cobro el precio convenido; me vendo y no. Sonrío. Suena de fondo Te eché al olvido, de Estanis Mogollón, interpretado por Tony Rosado.
Errven Torrez, cantando el tema, me enseñó a cantarlo, me enseñó a no perdonar y a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.

Eco no perdona a Narciso, Apuleyo no perdona a Eco, Umberto no perdona ni a Apuleyo ni a Narciso ni a Eco. Borges dice: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Anónimo dice: “Hay un hombre que no olvida: el olvidado”. Me quedo con Anónimo y Errven Torrez que, ya lo dije, me enseñó a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.

El espejo, no hoy, no ayer, me lo ha dicho: Hay casas, casos, cosas que no se recuperan, que no se olvidan. El televisor, la radio, el periódico y los libros de texto me dicen lo contrario. Me quedo con el espejo que sólo se contradice cada que me contradigo… yo. La subjetividad siempre ha sido colectiva, y es por eso que prefiero callar cada que veo a más de dos personas vistiendo la misma marca y riendo con los mismos chistes de siempre; prefiero callar porque supongo que comparten una misma interpretación y que, tal interpretación, no se presta a interpretaciones… responde a una “verdad”: “la verdad de todos”. Esa clase de gente, dirán algunos, debería causarme desprecio, pero no; en estos casos uso la palabra desencanto. El desprecio llama a la acción y el desencanto sólo a la lástima y apatía. Tal vez, para hacer algo más que sentir lástima, debería imprimir y repartir tarjetas que lleven la siguiente frase de Nietzsche: “No hay hechos, hay interpretaciones”.

Son tiempos en que, para los lectores de Foucault, las ciencias humanas se desarrollan para conocer al hombre y dominarlo mejor; la razón de la opresión y la opresión por la “razón”. Son tiempos de Venganza, o mejor dicho, tiempos para identificar el momento adecuado, el momento de la Venganza; si es que tal no ha pasado ya, claro. El paso que antecede al primer paso, es el primer paso; el más difícil de todos. Identificar el Cuándo. Esperar como el fotógrafo y el cazador que, llegado el momento, al presionar sobre algo presionan sobre sí mismos. La Venganza, lo mismo, requiere de paciencia, de actuar sin apuro y sin demora, exige el ritmo exacto y la mirada de la “víctima”, requiere su atención y conciencia en el momento en que se desarrolla; si no, no es Venganza.

Venganza.

Pocos son los Actos de Venganza, contados son los que no han sido confundidos. El victimario, hoy es casi regla, asume el rol de víctima, niega el rol y la existencia del contrario, despojándole de todo; incluso de su condición de víctima. Pocos son los Actos de Venganza y, aunque es lo que se acostumbra, no, no se puede considerar Acto de Venganza al abuso y agresión que, socapado en excusas, termina en abandono o asesinato. La Venganza es lo más cercano a la justicia y se comete de pocos a muchos; sí, en ese orden, siguiendo la dinámica de cierto superhéroe de cuyo nombre no me quiero acordar. Es cierto, no devuelve la felicidad pero, ¿quién hoy en día es realmente feliz?, ¿acaso necesariamente venimos a este mundo para ser felices? La Venganza atenta contra lo reiterativo de uno o más recuerdos que abren la herida; sí, esa herida que amenaza con no cerrar. Exagera los hechos o, mejor dicho, los toma por primera vez en serio.

Acto poético cuando se hace en nombre de todos y cada uno, y cursi cuando se hace en nombre del “amor”. La Venganza es, tal vez, el único mecanismo de defensa ante lo frustrante de vivir una vida que no quiere ser vivida por nadie; una vida, la suya, por ejemplo, que dice “Lo quiero todo” cuando quiere decir “No sé lo que quiero, no quiero nada”.

Todos conocemos, o creemos conocer, el etimo de la venganza. El primer Acto de Venganza, un acto que nos ha llevado a declararnos una guerra tímida, que además se pone vieja con el pasar de los años; acto que no genera escarmiento, siendo eso, precisamente eso, lo que se ha esperado, lo que se espera y se sigue esperando. Esperamos la llegada del último Acto de Venganza, creyendo haberlo identificado y desengañándonos a diario. Esperamos, la espera del abandono, repantigados en un cómodo sillón, dentro de un café, con café en mano y, detrás de una ventana, detrás del vidrio. Esperamos, como espectadores, no como partícipes. Esperamos el último Acto de Venganza, en vez de cometerlo… O tal vez, prestos a interpretaciones, simplemente… “No me lo digas, demuéstralo”… esperamos cobardes… “Ese fue tu gran error”… el último acto de perdón.