Si chupas, que no conduzcan

Iván Gutiérrez, un talentoso escritor joven, nos presenta un nuevo caso en su columna “El revólver del cocodrilo” en la revista dedicada a la vergüenza. Una de las historias más dolorosas que hemos publicado hasta hoy.

Si chupas, que no conduzcan

Polonia, 24 de abril de 1990

La madrugada del 24 de abril, un automóvil BMW modelo 75 color azul marino impactó contra la pared de una de las calles de la avenida central. El motorizado iba conducido por el estadounidense Paul Smith, quien había llegado a la capital polaca para pasar un tiempo fuera de la rutina. Acompañándolo iba la bailarina exótica de veinticinco años de edad Sonia Novakowska. La policía tardó unos minutos en llegar hasta el lugar y asignar a un investigador para el recuento de los últimos hechos del turista y la bailarina.

El 20 de abril, Paul ─de treinta años de edad, metido en el negocio de bienes raíces y como hobby en la fotografía─ llegó a Polonia con mochila en la espalda, una gorra negra, botines cafés y gafas de aviador. Buscó un hotel barato para turistas y se dedicó a caminar y a pasar un día tranquilo. Al tercer día decidió rentar un auto del sobrino del dueño del hotel, quien le indicó la ruta a una calle muy conocida por la masiva actividad nocturna.

Sonia Novakowska despertó el 23 de abril con resaca y ganas de llorar, de repente le invadían las ganas de cerrar las cortinas y llorar. A veces se apoderaba de ella una niebla que la llevaba a depresiones constantes. Tres días antes había cumplido veinticinco años. Dejó de hablar con su padre quince años atrás, su madre murió en un accidente de tránsito, se enteró una tarde de domingo, algún momento de algún año, llevaban diez años sin hablar.

Colgó el teléfono y pensó en un margarita cargado, lo tomó, fumó un cigarrillo y decidió no pensar jamás en eso. El 23 de abril comenzó su primera rutina a las 22:05, los dos primeros bailes eran los mejores, era cuando más dinero ganaba. El gringo le puso un billete en la ropa interior y después tuvieron un privado. Pasaron un tiempo y decidió llevarla al hotel.

Antes de subirse al taxi con dirección al aeropuerto, miró hacia la ventana y dijo adiós con una sonrisa y un movimiento lento de las manos. Ella sonrió y vio partir el auto amarillo. Cuando se quedaba sola en la casa le daba miedo. Prendió la radio, abrió una botella de vino y preparó una lasaña, sus amigas la visitarían esa tarde. Ella les contaría que él se fue esa mañana a Polonia. Recibirá la noticia dos días después del accidente. Colgará, llorará, lo odiará y lanzará el anillo.

El reloj del kilometraje aumentaba sin descanso, el volumen de la radio estaba al máximo, escuchaban un rock de cuando él tenía quince años. Ella reía y le mostraba las piernas desnudas, las manos de él se perdían en su entrepierna y ella solamente cerraba los ojos. Su pie caía con aplomo en el pedal del acelerador, una ciudad extranjera le permitía la libertad que en su país no hubiera accedido nunca. De repente ella se inclinó y le abrió lentamente la cremallera mientras él esquivaba con torpeza unos baches. Abrió la boca y aterrizó en su miembro. Cerraron los ojos. Segundos después, no escucharon nada.

El policía informó a la prensa que un BMW del año 75 color azul marino se estrelló contra el muro de contención de una de las calles centrales. El conductor, de treinta años de edad, estaba en estado de ebriedad y murió en la ambulancia camino al hospital. La acompañante, una bailarina exótica de veinticinco años, minutos antes del accidente se encontraba agachada aplicándole sexo oral al conductor. Por el impacto del choque cerró la boca con fuerza y los dientes mutilaron parte del órgano masculino. El hombre murió desangrado.

Una bala es más efectiva que cualquier tratamiento

Iván Gutiérrez, para el tercer número de la revista Punto Aparte que puedes descargar en pdf aquí, nos relata un nuevo caso de crónica negra literaria. 

Caso 3: Una bala es más efectiva que cualquier tratamiento
Tarija, 5 de noviembre de 1986

La tarde del 5 de noviembre a tres cuadras de la plaza principal un estallido de una 38 paralizó la actividad normal de todos los transeúntes. Atónitos observaron cómo caía un hombre de setenta y dos años al piso con la cabeza sangrando y las manos estrangulando una bolsita blanca, unas cuantas gotas mancharon la pared de la cooperativa de jubilados y otras pocas dejaron un pequeño rastro en el vidrio de la ventana que da a la calle. Segundos después un sujeto de treinta y cinco años de edad se dio a la fuga dejando en el piso el arma.

Después de dos días de búsqueda, lograron dar con el paradero del asesino. En el domicilio encontraron unas cuantas pertenencias que anteriormente habían sido denunciadas como robadas. El culpable, al ser llevado por el patrullero, fue enfrentado y atravesó por forcejeos con la gente que se había reunido en el lugar. Después de una serie de negociaciones se logró transportarlo hasta las dependencias de investigaciones.

El 5 de noviembre a las 11:00 am, el señor Juan Carlos Terán de setenta y dos años había salido de la clínica con una receta y unos análisis para comenzar un tratamiento urgente debido a un tumor avanzado. Almorzó solo en una pensión a la que pagaba en cuotas mensuales, pagó una llamada internacional, una llamada nacional y dejó su cambio sobre el mostrador. A las 15:00 pm depositó un monto de dinero en una de las cooperativas cercanas a la plaza principal. Las autoridades del caso aún no aclaran la cantidad de la transacción.

Tres calles después la victima ingresa a una farmacia donde compra las especificaciones de la receta para iniciar el tratamiento indicado anteriormente en el hospital. Al salir de la botica es interceptado por el señor Rogelio Aguas Medina quien con la amabilidad y la tranquilidad suficiente sujeta por el brazo a la victima y la arrincona en una calle aparentando ser su amigo. Registra sus bolsillos y con paciencia lee y se hace explicar las dolencias del Sr. Juan Carlos. Algunos testigos afirman que al principio el encuentro se veía sospechoso pero a medida que pasaron los minutos existieron unas cuantas risas y ambos demostraron cierta confianza en la conversación.

Cuando la gente dejó de prestar atención, la víctima sacó una botella pequeña de licor y la ingirió con rapidez, después se despidió con una sonrisa del sospechoso. Inmediatamente un arma apareció en la cabeza del Sr. Juan Carlos y en cuestión de segundos la presión del gatillo ejecutó a la víctima.

El acusado fue declarado culpable, pero en el interrogatorio afirmó y juró que llevó a cabo sus acciones con pleno consentimiento de la víctima. Recibió una llamada horas antes y dejó el depósito necesario para los servicios contratados. Según el asesino todo le parecía extraño, pero el monto era lo suficiente como para correr el riesgo.