Animalitos

Este es el artículo que escribió Mayra Romero Isetta para la revista  dedicada a los perros. Esperamos que les guste.

Animalitos

Mario Benedetti cuenta un cuento sobre un hombre que aprende a ladrar para comunicarse con su perro. Después de leer esa breve historia, me puse a pensar y llegué a la conclusión de que, a pesar de mi título en lingüística e idiomas, sé muchas más lenguas de las que podrían aparecer en un certificado; pues para mí resulta mucho más importante –y fácil–  comunicarme con seres peludos, emplumados y escamosos que con gente. No obstante, aquí debo aclarar que lo que aprendí fueron los lenguajes, los sistemas generales de comunicación (incluyendo el lenguaje no verbal… o en este caso el no ladrado, maullado, silbado, siseado etc.), no solo la emisión de sonidos característicos de cada especie.

El primer lenguaje que aprendí fue “lorés”, porque crié desde pichón a un lorito multicolor… aunque más que criarlo como a una mascota, es más acertado decir que él se crió conmigo como mi hermano, al punto de ir a pasear en bici conmigo o jugar con la nieve en invierno (sí, lo sé, suena raro, pero sucedió).

Antes de la aparición de Harry Potter y la oficialización del pársel como el idioma de las serpientes, yo ya me comunicaba con estos no muy queridos reptiles. Kiss fue mi siguiente compañera, como todas las de su especie, su olfato es limitado, pero sí tiene sensores de ciertos químicos en su bífida lengua. Nadie se atrevía a tocarla, pero cuando yo le tendía la mano, me reconocía sacando su lengua y percibiendo mi… “sabor”. Cuando se aseguraba que era yo, se enroscaba en mi muñeca como un brazalete, y me acompañaba el resto del día. Nunca supe cómo, pero yo comprendía siempre lo que quería decirme: si la temperatura de su caja era la adecuada, si tenía hambre o sed, si quería volver a su tronco. Incluso cuando me mordió, optó por quedarse conmigo, en mi muñeca, como pidiendo disculpas por “morder la mano que le daba de comer”, literalmente.

Admito que un idioma que hasta el día de hoy me cuesta entender –y reproducir también- es el gatuno. Los gatos son seres muy místicos para tomarlos a la ligera.

Sin embargo, el lenguaje que tengo casi perfeccionado es el perruno, y no precisamente porque sé ladrar o gruñir. Atribuyo este talento a que yo también tengo algo de canino: mi signo en el horóscopo chino es el perro. Pero más allá de las cuestiones cosmológicas, hallo que no hay criatura más transparente que un perro, supongo que por eso me entiendo con ellos, porque tampoco puedo ocultar o mentir sobre mis emociones o pensamientos.

Los perros son sin duda los seres más leales sobre la faz de la tierra, y no importa qué o quién los maltrate, ellos permanecen, decididos e inflexibles. Para mí, la peor analogía que existe sobre un mal amor es usar el término “amores perros”. Siendo objetiva, en realidad, el único amor eterno que existe es el de un perro.

Saber tantos idiomas es un talento del que presumo sin modestia alguna. Pero, solo puedo jactarme de que me comunico más fluidamente con aquellos que no hablan, con aquellos que en lugar de usar palabras, usan todo su ser para transmitir un mensaje. Sí, me comunico mejor con los que me dicen todo con un meneo de cola, con un silbido, una lamida cariñosa o con solo quedarse a mi lado y dejar que les rasque la cabeza.

Arte de Alejandra Dorado Cámara

Arte de Alejandra Dorado Cámara

Charlie y el cantante | Perros

Esta es la traducción al español del cuento de Veronica Adriani, parte de la revista dedicada a los perros. Traducción de Cecilia De Marchi Moyano.

Charlie y el cantante

“Vamos, si fueras un cantante no dedicarías nunca una canción de un perro.

Fíjate en el gato: suave, peludo, sinuoso, arrogante, independiente. Y podría seguir por horas encontrando adjetivos.

Descríbeme ahora el perro. ¿Qué se te viene a la mente fuera de “el mejor amigo del hombre”? No repitas que también él es suave y peludo: demasiado fácil. Y, de todos modos, no importa el adjetivo que encuentres, el perro no puede competir con el gato: el gato tiene otro estilo.

Si un gato decide que quiere algo, lo obtiene. El perro, si no lo consigue, te agradece lo mismo. El gato come solo comida fina –oh, oui, il est si difficile…– y ronronea solo si y cuando quiere. El perro, en cambio, mueve la cola. Mueve la cola continuamente, sin descanso, sin sentido. Por cualquier cosa. Mueve la cola para ir a recoger un palo, mueve la cola si le tiras una piedra, mueve la cola si regresas a casa después de un día de trabajo. Y bueno, yo no puedo soportar todo ese mover de cola: es un desperdicio de energía. Fíjate en el gato: él usa solamente las energías que le sirven para comer, jugar y lavarse. Sí, porque el gato se lava. No como el perro, que pasa los días rodando en el barro y en cualquier cosa que tenga la forma y textura del excremento, para luego regresar a casa y –moviendo la cola– esparcir por todas las habitaciones limpias esos gloriosos restos conseguidos con tanto trabajo.

Me dirás ahora que puedes llevarte el perro a cazar, o a la montaña. Muy cierto: y luego debes ir a atraparlo en los bosques, porque él va, pero no regresa. Él sigue a los animales. ¡Y no hay una buena vez que logre atrapar uno! El gato, si apunta a un pajarito fuera del jardín… ¡zac! Se prepara, se acerca, se lanza, y de ese pobrecito no queda ni el pico. El gato, sí, es un buen cazador. Presta atención: lo es por instinto, por naturaleza, no lo debes amaestrar para cazar, lo hace por sí mismo.

Y luego, pongamos que tú decides ir una semana al mar en lugar de ir a cazar o a la montaña. ¿A quién dejas el perro? Sabes, ese saco de pulgas que está allí en un ángulo mientras hablo contigo por teléfono, esa sobra de pelos y saliva, justamente él, me costará una fortuna este verano. Lo debo dejar en un asilo, porque él no se puede quedar en casa solo. No usa el arenero, debe salir todas las mañanas a las seis y media para hacer sus necesidades, tanto si nieva como si diluvia. Aunque se caiga el mundo, debe salir. Y rodar en la caca. Y mover la cola al regreso.

Serás mi agente, pero presta atención: yo a ese monstruo no le dedico una canción, que quede claro. Más bien la escribo para el gato”.

*****

Charlie, mientras el Cantante hablaba por teléfono con su amigo, se había acurrucado en un ángulo de la habitación, cerca de un calefactor. Había escuchado todo, y había sacado sus conclusiones.

Pase la comparación con el gato –con el que, al fin y al cabo, estaba bastante de acuerdo– que había llegado a casa antes que él y que –con todo derecho– dominaba un poco la casa. Pase también el discurso de la caca, las carreras en los bosques y la comida: él tenía un espíritu proletario, y estos conceptos pequeño-burgueses lo tocaban solo hasta cierto punto. Pase también la historia del saco de pulgas y del monstruo, incluso lo de sobra: era un bastardillo, habían seguramente perros más lindos, limpios y peludos que él. Pase incluso el nombre Charlie, que –digámoslo– demostraba cierta escasez en la fantasía del patrón, además porque el gato se llamaba Félix, y si hubiera una competencia por el nombre más banal, a ese punto, podía no ser el seguro ganador.

Pero lo del asilo, eso no se lo podía tragar.

Le disgustaba un poco por el Patroncito, el hijo del Cantante, porque habían pasado juntos momentos hermosos. Tal vez se habría sentido mal, quién sabe. Tal vez habría regresado para verlo.

Charlie se levantó en sus cuatro patas, aprovechó que la puerta estaba abierta y salió. El Cantante no lo volvió a ver.

La abuela que odiaba a los gatos

A continuación encuentras un muy buen cuento de Andrés Indaburu, publicado originalmente en las Apostillas a la Venganza. Buen provecho.

La abuela que odiaba a los gatos

Mi abuela odiaba a los gatos. A mí siempre me han gustado.

Cuando nuestros padres nos trajeron de regreso a un país que eramos demasiado jóvenes para recordar, nadie habló de los motivos de nuestra partida. Pero habíamos vivido cuatro años en México por alguna razón de fuerza mayor y no fue sino hasta que regresamos a Bolivia que escuchamos por primera vez las palabras desaparecido, preso político, represión y dictadura.

La primera en encontrar empleo fue la mamá, y nos pensionamos en un restaurante del Prado. Luego el papá encontró trabajo y pudimos ir al cine los sábados. Después nos mudamos a un piso en la 6 de Agosto junto a un snack que vendía unos donuts y helados de máquina que no estaban nada mal. Pero hasta que eso fue posible, tuvimos que vivir con la abuela en una casa vieja con las paredes pintadas de verde y el piso embaldosado. Un lugar refrescante y sombreado de haber estado en Macondo, pero insoportable para el clima de La Paz.

Cuando regresábamos a ese congelador gigante después de haber memorizado fechas de derrotas y nombres de mártires en el colegio, nos pasábamos la tarde contando los minutos para que la mamá regresara de la oficina y correr a envolvernos en los flecos de su ruana, aspirando ansiosamente su perfume a cosa viva.

Siempre nos traía algún regalo. Normalmente papas fritas. Nunca sentí tanta felicidad como cuando recibía una de esas bolsas blancas de plástico grueso decoradas con alguna caricatura que luego recortábamos y guardábamos en una vieja caja de zapatos North Star. ¡Qué lejos estaban los sonidos juguetones y los colores vivos de la Gran Tenochtitlán! Mis padres habían sobrevivido al exilio sin que nos diéramos cuenta de la suerte que habíamos tenido. Pero ahora estábamos obligados a vivir lejos de mi barrio y mi ciudad, y nos habían puesto de niñera a la momia de Guanajuato. Los niños no tienen bagaje ideológico para soportar esas cosas. Simplemente se amargan, se cabrean y lloran cuando nadie les está mirando.

II

Una tarde, en un torpe intento de hacerme un regalo,  la abuela me dio una cartuchera que me iba demasiado grande y  no iba en la cadera sino debajo de la axila. Sin saberlo, la abuela me había regalado una sobaquera de verdad que algun compañero falangista se dejó olvidada. Porque además de ultracatólica, la abuela había sido facha. En su sótano podías encontrar cartuchos vacíos y ejemplares de La Antorcha mordisqueados por ratones. Era imposible mirar el Monstruo Milton en la tele porque siempre tenías un ojo puesto en algún Cristo cuzqueño abierto en canal a latigazos o alguna virgen con el corazón atravesado por siete sables. O en ese pobre Niño Dios de cera que alguien se dejó al sol por accidente, dejándolo desfigurado y temible, como el anticristo sonriente de algún Belén infernal.

Todo ese arsenal de imágenes invadían mis sueños, aunque intentase pensar en algo bonito para no enloquecer de terror: En mis papás, en los domingos en el Laikakota, en la virgen María, en el niño Jesús, en el Chavo del ocho, en el pato Saturnino. Pero nada funcionaba, y los miedos no se evaporaban con el amanecer.

Por las tardes, mi abuela recibía visitas. Casi siempre alguna beata como ella. Enfermas de cataratas, seniles o faltas de yodo con enormes tumores colgándoles del cuello. Con parientes en la cárcel, con problemas de dinero. Daba igual el día que fuera, sentarse a tomar el té con mi abuela y sus protegidas era asistir a la parada de los monstruos.

III

Una tarde, mirando Cajón de Juguetes, esperando a que empezara Sankuokai, vi por la tele a un afable alemán tejiendo un jersey para uno de sus hijos y me entró la curiosidad por aprender a tejer. Ese domingo aproveché para preguntarle a la ahijada de mi abuela si quería enseñarme a tejer y ella me dijo que le pidiera unos palillos prestados a mi abuela y me enseñaría con mucho gusto.

El cabreo de la momia fue monumental.

Me gritó durante casi cuatro horas frente a todo el mundo. Me dijo que esas eran cosas de mujeres. Que los hombres no podían aprender a tejer. Que si lo que quería era convertirme en mujer ya podía empezar a ponerme la ropa de mi hermana. Que lo que me hacía falta era recibir una tanda de correazos para que se me quitaran esas ideas de invertido. Todavía puedo sentir cómo caían mis lágrimas en el ají de fideos que luego tuve que tragarme frío, mientras mi abuela daba rienda suelta a un furor del todo innecesario, sin que uno solo de entre todos mis parientes alzara un dedo para defenderme.

Vieja bruja.

IV

La abuela fue hija natural de una terrateniente paceña de alta cuna y algún hijo de puta alemán que la dejó preñada y luego la abandonó.

Los únicos regalos que recibió durante su niñez fueron un vestido nuevo por navidad y otro por su cumpleaños.

Cuando la bisabuela volvió a casarse y tuvo una hija como Dios manda, mi abuela tuvo que cuidar de su media hermana y verla brillar envuelta en sedas y vestidos nuevos hasta que se la llevó un maravilloso marido con quien partió a Buenos Aires y no se supo más de ellos. Dicen que mi abuela estaba enamorada de él.

Se casó dos veces, y en ambas ocasiones enviudó a los pocos años. A los veinte años ya era viuda de guerra. Sacó adelante a tres hijas dando clases de corte y confección. Fumó dos paquetes al día hasta que perdió los dientes y dejó de fumar gracias a su obstinación y unos ingresos que no le permitían costearse ningún vicio si lo que quería era poner comida en la mesa. Se echó un par de canas al aire. Bailaba tango y charleston y en sus fotos de joven no estaba nada mal.

Una tarde le pregunté, solo por preguntar algo, qué recordaba de la Guerra del Chaco y aunque empezó dándome evasivas, terminó contándome todo lo que le había tocado vivir con un talento de narradora y un virtuosismo de detalles que todavía me ponen la carne de gallina. En esas tres horas aprendí más de historia que en todo un semestre y creo que la abuela se sacó algún peso de encima porque desde entonces me empezó a tratar un poco mejor. Pero su bondad llegó a destiempo. El veneno que había inoculado en mí se había añejado y descubrí que aparte de vengativo, había aprendido a ser un hipócrita.

No estuve ahí cuando se murió, ni asistí a su entierro. Estaba en la Cinemateca, creo que echaban una de Gus Van Sant. De vez en cuando tuve algún ataque de tristeza epidérmica, pero (seamos sinceros) lo primero que leí en una pared cuando lleguamos a La Paz era un papel descolorido que proclamaba NI OLVIDO NI PERDÓN, y debo de haber interiorizado esos conceptos demasiado bien.

Ahora me doy cuenta de que la abuela no era más que una mujer difícil que llevó una vida que nunca quiso llevar, y me pregunto si no nos parecíamos mucho más de lo que nos habría gustado aceptar y por eso íbamos siempre a la greña. Pero ni soy ni he sido realmente un buen tipo y ni ella ni yo tuvimos la grandeza de alma para mejorar con el sufrimiento. Solo fuimos buenas personas cuando fuimos felices. Que en el caso de mi abuela no fue mucho. Y en mi caso fue un poco más, pero uno nunca es lo suficientemente feliz cuando el vaso está medio vacío.

Todavía tengo pendiente esto de aprender a tejer. Lo haré cuando el knitting deje de estar de moda. Por alguna razón, últimamente me ronda por la cabeza la idea de tejer una bufanda enorme y lanuda con la mejor lana de angora que pueda encontrar para ponerla en su tumba cuando vaya a visitarla. Incluso puede que me siente un rato a conversar con ella y le pida que no dé demasiada guerra donde quiera que esté.

Pero para eso tendré que pedirle direcciones a alguien, porque nunca he sabido donde queda su tumba.

Y no me molestaré en averiguarlo hasta que haya aprendido a tejer.