Elogio del abuelo

Gustavo Cárdenas Ayyad, poeta, cuentista, ensayista y gran amigo, nos escribe para contarnos de su abuelo, de su llegada de Palestina y su encuentro con Bolivia. Es parte del tercer número de la revista, dedicado a los abuelos.

Elogio del abuelo

Es el tiempo Yaba, el que va desdibujando la memoria y me queda el consuelo feliz de imaginarte en aquellos días sin pañuelos ni despedidas. Qué locura Yaba, qué locura de amor, quemar tus naves para venir a este país en busca de tu hermanos mayores, aquellos que se sintieron seducidos por el nombre de Bolivia, tú me contaste Yaba, que ese nombre sonaba a hembra. Olía a mujer joven. A muchacha, como tú decías Yaba.

Y las piedras de las calles de Cochabamba ya tenían memoria de tus pies, te habían informado que los vieron por esa ciudad, y cuando te convenciste que no era más que una mera confusión, un retrato muy parecido al  que tú mostrabas a todas las personas que se te cruzaban, decidiste seguir camino adentro, guiado a veces por tus sueños, otras por el cansancio, y tu cabeza se fue llenado de caminos negros como caminos de hormigas, y más de una vez pensaste que tu búsqueda era inútil, que quizás Ahmed y Adib yacían irónicamente bajo una cruz.

Nunca te diste por vencido Yaba, y  el amanecer de un  día domingo, llegaste a  los Montes Claros. Nadie sabía nada de tus hermanos. Y para sorpresa Yaba, te encontraste con Jamid  Albuyambla, tu vecino mayor en ese pueblito de Dardabuan, de tu ilimitada Palestina y muy pronto te casaste con su primogénita Yaba, y de ahí vengo yo, del país de la Al Kimiya.  No pensaste Yaba en ningún momento en transmutar la tierra en oro. Te dedicaste a  enseñarme la ubicación exacta de los astros, más de una vez contemplamos lluvias de estrellas fugaces y eclipses veloces de asteroides. Como quien enseña la primera palabra, tus manos de deslizaban por mi rostro de niño maravillado, y una palabra mágica: Habibi.  Sin noticia alguna de tus hermanos, un día, la muerte, te dio el artero  hachazo.  Y pensé que te habías ido para siempre. Pero no tardaste en regresar al paraíso de mis sueños, para hablarme  del camino interminable de la poesía, recuerdo aquello: pueden gastarse tus pies, pueden quedar solo los muñones de tus rodillas, pero sigue caminando, sigue reptando si es posible hijo, el camino de la escritura no tiene fin. En parte, en gran parte, Yaba, yo escribo por tus constantes visitas. Por tus descripciones del Almanara que ilumina el templo interior de mi cuerpo.

En el último sueño que además de conversar corrimos por un jardín, recuerdo Yaba que me dijiste “qué te han hecho mi niño, por qué ya no ríes”. Yo me colgué de sus ingrávidos hombros y te susurré al oído: espérame Yaba, tú sabes aquello que aprendí de ti: gorrat ul heim, tú eres la luz de mis ojos.

Abuelos

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Aquí está, nuestro hijo. Más que un hijo, es un abuelo. Esperamos que lo disfrutes. Puedes descargar la revista en pdf haciendo clic aquí: REVISTA 3 ABUELOS.