Cantando en Culpepper Garden…

A continuación te proponemos el artículo de Juan-Cristóbal Ríos Violand, cineasta boliviano y director de Ludocinema, que nos cuenta sobre su abuela Emma. Este artículo es parte del tercer número de la revista Punto Aparte que puedes descargar aquí.

Cantando en Culpepper Garden

Una tía finola, de rancio abolengo, orgullosa de pertenecer al club de tenis y elegante a lo Sarah Pallin, me prohibió “estrictamente” hablar de la pensión de mi abuelita Emma. Aquella pensión que algún día reconstruiré cinematográficamente, donde mi abuelita, para mantener a seis hijas, tres en el extranjero, tres en Bolivia, trabajaba alquilando cuartos y dando DELICIOSAMENTE de comer a distinguidos comensales en la casa de la Calle Sánchez Lima en el hermoso barrio de Sopocachi de La Paz. Dado que mi abuelo se encontraba en el exilio, mi abuela desarrolló un matriarcado apabullante y avasallador, que sigue presente en mi estrambótica familia Violand, donde (lastimosamente o gracias a Dios) las que mandan son las mujeres. De esa pensión me quedan muchas anécdotas. Pensionistas que no pagaban su mensualidad a tiempo, fastuosas fiestas plagadas de cueca y alegría, y una que otra gringa intelectual que ahora trabaja como la mera mera en alguna universidad prestigiosa de los Estados Unidos. Mi abuela trabajaba en una ocupación donde podía tener cerca a sus tres hijas menores y donde ejerció una culinaria digna de las fastuosas comilonas en las películas de Scorsese. Mi abuela formó, en estas circunstancias, una impresionante ética laboral, un amor obsesivo al deber y a la responsabilidad. Hay que ganar al tiempo. Un día que pasa, nunca vuelve. Vos, Juan Cristóbal, eres igual que los chapacos, les encanta estar echados. Esos son algunos dichos de mi abuelita, que ojalá algún día haga caso. Trabajo y responsabilidad marcaron a Emma Berena Sánchez Rossel, tanto así que a sus 90 años se volvió ciudadana estadounidense, memorizando un examen elemental y medio absurdo de la historia y la cívica del imperio del Tío Obama.

Mi abuelita ahora vive en un senior center, un lugar para jubilados. Culpepper Garden es el nombre de este espacio para la vejez. Ahí está sometida a una rutina que le da cierto orden y salud. A las 10 de la mañana hace gimnasia junto a otros viejitos, que según ella no hacen los ejercicios tan bien como Emale. A las 11:45 disfruta del delicioso almuerzo que Culpepper proporciona. Posteriormente vuelve a su departamento y a recordar, cantar tangos y, lo más importante, a rezar se dijo. Luego, dada su popularidad de impresionante matrona, recibe llamadas telefónicas de amigas, hijas y sobrinas y niet@s. Por la noche, las sagradas telenovelas y finalmente un vaso de leche, a rezar de nuevo y a dormir. Cuando yo empiece a quedarme solo de Sui Generis es el perfecto soundtrack para la realidad actual de Emma Berena. Claro que la palabra “solo” es relativa, dado que cuando se acercan las fechas festivas o de su cumpleaños, el departamento de mi abuelita se llena de gente. Desde bisnietos, pasando por el estrambótico Crispín, mi abuela es el personaje más visitado en Culpepper Garden, más visitada que comadre en vísperas del gran poder o que el mismísimo padrino Corleone.

Del Cielo cayó una palma coronada de matices con un letrero que dice que cumplas años felices, tu abuelita te desea, con toda sinceridad, largos años de ventura y mucha prosperidad. Esa canción chapaca es el trademark, la canción típica de mi familia en cada cumpleaños. Mi abuela, gracias a su lucidez, se acuerda de los cumpleaños de toda su familia. Ve con una lupa, con dificultad, pero el amor es más fuerte en estas oportunidades y ese canto, así sea a mis primos gringos que no saben un ápice de español, lo disfrutan por el cariño y por la buena voz de esa chapaquita de tierra adentro como ella misma se hace llamar.

De su legado, me quedo con la alegría, la vitalidad y el dar por dar y seguir dando para poder dar, porque dar es dar, no porque Fito Páez lo dice, sino porque mi abuelita no solo lo canta, sino que lo practica. Todo lo que tengo, desde mi sofá de tres patas, hasta mi cama, que siempre se desarma, es gracias a mi abuelita. Pero también, por ella, es parte de mi irreverencia, el poco o mucho amor que tengo para dar. Y el Ángel de mi madre, que como ella me lo confesó en un almuerzo espiritual en el McDonald’s, está siempre con ella, especialmente encuentra a sus virgencitas perdidas. Si sé que Dios existe, es porque habita en el cuerpo de una viejita irreverente que vive en un departamento lleno de tangos y llamadas telefónicas, allá en Culpepper Garden.

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Abuelos

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Aquí está, nuestro hijo. Más que un hijo, es un abuelo. Esperamos que lo disfrutes. Puedes descargar la revista en pdf haciendo clic aquí: REVISTA 3 ABUELOS.

La muerte a 24 cuadros por segundo

A continuación presentamos el artículo de Juan Cristóbal Ríos Violand, cineasta y gran amigo. Es parte de la revista Punto Aparte, del número dedicado a las Ñatitas.

La muerte a 24 cuadros por segundo

Por: Juan-Cristóbal Ríos Violand
desde un treceavo piso en LaPazmanta

 Planteaba el filósofo Epicuro la siguiente máxima, que por su contundencia y certeza, alivia de alguna forma la angustia existencial de muchos. La máxima dice: “Porque cuando somos no está y porque cuando está no somos, la muerte para nosotros nada significa.” Poderosa verdad, dado y como diría Ramón Rocha Monroy, el miedo no está en morirse, salvo que sea una muerte dolorosa. El miedo está en no saber qué pasará después. El miedo está en no saber qué haremos, qué seremos, y principalmente y personalmente, en comprender si seremos capaces de aguantar ya sea la nada, el no ser, el no existir. El aguantar la eternidad, la inmortalidad, el ser para siempre. Ante esta situación el cine es el arte que nos alivia. Como estudio de caso de este conflicto, analizo dos películas. Una de autor y otra, una comedia ligera que de nos da algunas respuestas para lidiar con esta poderosa, gigantesca e inconmensurable verdad/intriga que jode.

En la película Memento, de Cristopher Nolan, se plantea el conflicto del detective que intenta desesperadamente vengar la muerte de su esposa de una manera absurda y urgente, dado que ha perdido la memoria a corto plazo y no puedo hacer nuevos recuerdos. Esta conflictiva situación produce que todo lo que realice al planear su venganza carezca de una meta clara. Solo recordará el dolor de esa pérdida y su eternidad será un eterno presente, que en este caso será trágico. “How can I heal time if I cant feel time”. “Como puedo sanar al tiempo, si no puedo sentir al tiempo”, reflexiona al final de la película. Y es que la muerte, para que no sea pesada e insoportable, solo puede ser llevadera si se trasciende al tiempo. No para sanarlo, ni sentirlo, simplemente superarlo. 24 cuadros por segundo eternos. El cine encapsula el tiempo y si la muerte puede encapsular al ser, pues qué compensación más necesaria y qué alivio más certero.

Otro ejemplo de este ejercicio cinematográfico ontológico y existencial, pero en tono rosa y con todas las características del chick flick norteamericano es 50 primeras citas. Esta película del bufón y payaso buena onda Adam Sandler y la patológicamente shinny Drew Barrymore, esboza una trama en la cual la dulce princesa en el paraíso de Hawái no puede, al igual que el actor en Memento, hacer nuevas memorias. Es por ello que, para poder conquistarla, el personaje de Adam está obligado a conquistarla todos los días. Hacer de la imposibilidad de la doncella de hacer nuevas memorias una oportunidad de vivir un eterno presente en el paraíso de Hawái. La muerte debe ser un eterno presente. Un presente sin eternidad ni finitud. La inhabilidad de crear nuevos recuerdos será el antídoto adecuando para soportar una eternidad disfrazada de presente. No fabricar nuevas memorias será la solución, la salvación para librarse de la totalidad del todo y de la totalidad de la nada.

Pero, mas allá de esos dos ejemplos extremos, el cine, valga la necesaria redundancia, encapsula el tiempo. No el cine propiamente dicho en su formato de 35 milímetros, sino el soporte audiovisual, sea este en cámaras compactas, en Red Ones o cámaras de cine Panavisión. Mi abuela en McDonalds hablando del espíritu de mi madre quedará en una cámara de fotos digital y doméstica, al igual que el amor de mi vida descansado en el jardín o simplemente el registro de las calles caóticas de Cochabamba. Esas imágenes y sonidos encapsulados estarán, tal vez no para siempre, salvo que se los suba al YouTube claro está.

La precisión del recuerdo encapsulado eternizará la muerte. Es por eso que el cine juega con el tiempo, jode el tiempo, lo gana, lo supera. El flashback, el flashforward, el presente está en todos estos tiempos. El editor en el timeline de un software de edición, como lo diría el director de cine Ruso Tarkowsky, esculpe el tiempo. Los 24 cuadros por segundos a veces pueden aumentar los cuadros, otras reducir los cuadros. Esos cuadros por segundo elastizan el tiempo. Solo la música puede llegar a manipular estos juegos con el tiempo. Pero la música no tiene imágenes y las imágenes del audiovisual lo concretizan todo. Pensar en cine y muerte, por un lado eterniza la vida para sobrellevar la muerte, y por otro lado nos recuerda que una imagen vale más que mil eternidades. A morir y vivir 24 cuadros por segundo.

La Epitumia del Panzón

Este es un artículo del primer número de nuestra revista. Juan Cristóbal Ríos Violand, cineasta boliviano y director de Ludocinema, nos presenta una semblanza de vida del “invitado especial” de la revista: Ron Jeremy.

La Epitumia del Panzón

Por: Juan Cristóbal Ríos Violand
(Mangueando internet y libros de la Biblioteca de Georgetown en D.C.)

Parafraseando a un filósofo griego, que en inglés se llama Timaeus, el latido del corazón señala la estimulación de los espíritus, mientras los pulmones enfrían al corazón para conseguir una sincronía entre el alma y la complaciente razón. La parte del alma que tiene apetito voraz para la comida y la sed está ubicada entre el diafragma y el ombligo. Y la tercera parte del espíritu, que está por todo el cuerpo y toda la epidermis, donde la opinión y la razón no existen, provoca que los apetitos del cuerpo no estén relacionados al eros, sino a la epitumia animal, que no seduce ni encanta, sino que devora y se sacia mediante un tacto lascivo que satisface, pero solo temporalmente. El eros está en la razón, la epitumia en el cuerpo, en la grasa, en los agujeros, especialmente para el panzón favorito del mainstream porn gringo, Ron Jeremy. Esa epitumia animal de comida, sexo, fama y diversión llevó a Ron a exacerbar las pasiones y simplemente gozar por gozar y ser compensado por ello, because money talks, always. Hedonismo pop, sin conciencia ni culpas, simplemente como el panzón lo señala: “Porn is just harmless fun”.

 

Una escena azarosa en el internet. Un video porno. Ante la presión de los padres, una pequeña adolescente filipina necesita de un entrenador que la ayude a bajar de peso y estar en forma. Su entrenador, un colosal hombre de bigote asincrónico y con ligeros tintes porno terroristas la ayuda en su cometido. El ligero roce y tacto sutil entre los personajes, no dura ni 10 segundos. La filipina después de muy poco ejercicio cede a los deseos de su entrenador, y ambos experimentan tactos voraces que duelen, que dominan y que forman parte de esa extraña costumbre americana, la satisfacción inmediata, el morbo fast food y, bueno, el ombligo de Jeremy que es deforme y grotesco es proporcional a la epitumia que lo domina. Ron Jeremy es un bufón de ligera calvicie y gordura obtusa. Sin embargo, es su seguridad y su peculiar sentido del humor lo que nos impresiona, cuestiona y en algunos casos atrae. Jeremy es el ejemplo de los controversiales ganadores del american dream liberal. Mucha gente en Estados Unidos no sabe el nombre del Gobernador de su Estado, tampoco cantará más allá de las primeras frases de su himno nacional, pero sí habrá visto, alguna vez por lo menos, las golosas escenas del panzón, y más de una centena de obesos adictos al McDonaldshabrán deseado tener su suerte. Recuerdo un intenso debate, cuando unos activistas religiosos pop, denominados la Iglesia XXX, denunciaban el daño de la pornografía en la vida americana. Ron Jeremy defendía su oficio con coherencia, argumentando que el mismo nivel de objetivización de la mujer se veía no solo en la pornografía masiva, sino en los videoclips de Britney Spears, pero sin penetración, sin simulación de tacto epitúmico y epidérmico. Porque el porno es tacto, del engolosinado pero tacto al fin. Porque para ser obsceno, se requiere valentía y el Panzón es consciente de la doble moralidad de los gringos. Sin embargo es la contradicción la que ilustra la vida de Ron. Empezó actuando en películas porno al no conseguir ningún trabajo como actor en Nueva York. Más adelante, se casó y fue a la universidad a estudiar un máster en educación especial, y hasta trabajó de profesor sustituto. Fue el santo y el pecador, una especie de San Agustín light, pero con sobrepeso. Su carisma y buena onda lo llevan a debatir y defender el porno y hacerse amigo de Graig Gross, el famoso pastor de la XXX Church. Incluso, cada vez que debatían, cenaban juntos; claro está que la XXX Church siempre pagaba, dado que Jeremy no tenía el tacto para compartir la cuenta, su tacto estaba para otros apetitos.