FLOJERA | Revista Punto Aparte, Número 8

 

REVISTA 8 FLOJERA portada

Queridos lectores:

Aquí encuentras nuestro octavo número de la revista, donde quisimos hablar de uno de los grandes pecados: la flojera. Puedes descargarla haciendo clic en este enlace: REVISTA 8 FLOJERA.

Para lograr este número, nos colaboraron:

Comité editorial:
Cecilia De Marchi Moyano
Ariel Revollo
Lourdes Reynaga Agrada
Mayra Romero Isetta

Columnistas:
Ch’aki (Ariel Revollo)
La maja en tacones (Mayra Romero Isetta)
La loca de los gatos (Cecilia De Marchi Moyano)
El revólver del cocodrilo (Iván Gutiérrez)
Amores perros Perrini-ini (Mayra Romero Isetta)
El ojo crítico (Lourdes Reynaga)

Colaboran en esta revista:
Ramón Rocha Monroy
Jack N. Kennedy
Carolina Hoz de Vila
Alexis Argüello
Sergio Harb
Veronica Adriani
José Luis Claros López
El físico secreto

Imágenes:
Jota Gordillo (ilustrador)
Andrés Herrera
Lesly Moyano
Liz M. Mendoza
Katsunori Osoegawa

Diseño y montaje:
Renato De Marchi Moyano

Documentación y coordinación:
Mayra Romero Isetta

Edición:
Lourdes Reynaga
Mayra Romero
Cecilia De Marchi Moyano

Correctora en jefe:
Mariela De Marchi Moyano

Portada:
Jota Gordillo (El gato hidráulico)

Contratapa:
Lesly Moyano

 

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De tacto y contacto en Manhattan Pulp

A continuación presentamos un artículo de Lourdes Reynaga Agrada sobre el cuento Manhattan Pulp de Matias Candeira, parte del libro La banda de los corazones sucios de la editorial El Cuervo. El artículo fue originalmente publicado en el número 1 de nuestra revista Punto Aparte: TACTO. ¡Buena lectura!

De tacto y contacto en Manhattan Pulp

Manhattan Pulp es un cuento, esa es casi una obviedad. Lo que no resulta tan obvio es todo lo que está en juego en sus páginas, o cuando menos no para quien, acostumbrado a la presunta división absoluta entre lenguajes, no relaciona al instante al Otto Octavius protagonista con el archienemigo de un superhéroe arácnido de historieta. Y es que Manhattan Pulp es un cuento, sí, pero un cuento cuyos referentes inmediatos están en la historieta. Sin embargo, Manhattan Pulp pone en juego, más que una continuación a la historia de los personajes, un concepto inadmisible fuera del espacio ficticio. Me refiero a la posibilidad de establecer un contacto con y a través de un objeto, a la posibilidad de tocar rebasando las fronteras del cuerpo, incorporando un elemento inanimado (no del todo, eso es discutible, pero sí ajeno) en la relación con el otro.

Otto, o bueno, el Dr. Octopus, está dotado de miembros adicionales completamente funcionales. Es más, en las extremidades metálicas es posible detectar la presencia de una conciencia autónoma, aunque generalmente en consenso con la de Otto. Candeira, el autor del cuento establece dos niveles narrativos para visibilizar la división del cuerpo en piel y metal coexistiendo definitivamente: En el primero está la narración en primera persona de Otto, intercalada por algunos diálogos; en el segundo, en cursiva, están los comentarios de la consciencia múltiple de los miembros metálicos.

He hablado de un consenso, que involucra una relación, ambigua, eso sí, pero imposible de ignorar. Una relación en la que a veces hay un enfrentamiento, opiniones encontradas que terminan por definirse en una dirección gracias a que alguna de las partes cede, pero que también es una relación de complicidad. Y aunque a veces la distancia es más clara: “Mis tentáculos estaban de pésimo humor, y, mientras buscaba algo en la nevera industrial, un yogur o un poco de gelatina (…) han empezado a hablarme con esos chillidos grimosos.” (137) e incluso se explicita una cierta subordinación de los tentáculos a la mente de Otto, hay otros momentos en los que la división entre cuerpo y objeto no es tan sencilla, actos de humanidad efectuados por los tentáculos y actos de suprema crueldad llevados a cabo por el cuerpo y la piel de Otto. Eso sucede, por ejemplo, con la muerte de Peter (“el tardoadolescente”, “el retrasado mental que me llamó así [Dr. Octopus] por primera vez”). Son los tentáculos quienes detienen a Marcia, evitando que destroce a Parker, pero es la mano de Otto la que termina con su vida mediante una inyección letal, la misma mano que pasará la siguiente hora arreglando el deshecho traje azul y rojo para enviarlo (empapado en la sangre de Marcia) al Daily Bugle.

Y aunque Octavius se muestra inyectando sedante de caballos en su columna para adormecer a los tentáculos, no son solo ellos los que definen la muerte de Anna, la mujer que pudo amar. “Hacía mucho tiempo que, con mis propias manos, no apretaba a alguien para romperle los huesos y prometer algo que jamás cumpliré” (151) Y aunque, después del sexo, Otto se ve a sí mismo como un ciudadano normal, de carne y hueso, olvidando a los tentáculos que no se están manifestando, sintetiza esa emoción en una frase contundente: “Un completo imbécil. Ese ciudadano que, en cualquier guerra, cae el primero bajo la ametralladora del enemigo” (153). Por eso no extraña lo que sucede después, la negativa al amor de Anna, el asesinato y el destrozo del cuerpo, más, la elección de volver a ser la criatura ambigua y solitaria que vaga haciendo el mal por la ciudad. Los tentáculos lo dicen: “Hace un rato que estamos despiertos. Pero nos ha parecido bien darte este capricho” (154). Ellos han permanecido en silencio esperando la decisión de Otto.

Cabe preguntarse por el destino de Octopus si este hubiera decidido aceptar el amor de Anna, ceder al impulso de saberse vivo, mejor, humano, así fuera por un momento. Posiblemente los tentáculos se hubieran impuesto, tal vez no, tal vez el cuadro familiar se hubiera cerrado con una fotografía, el matrimonio en solitario en las montañas, la vida de campo lejos de cualquier ciudad y de personas que pudieran opinar. Todo el cuadro que es posible asumir se le cruza por un segundo a Otto por la mente, impregnado de ridículo, como corresponde.

Los tentáculos de Otto desafían la noción de la que se había creído la capacidad más humana e irremplazable, la capacidad de tocar, de relacionarse con otro a través del tacto, a través del contacto piel a piel entre dos sujetos. Porque aunque es posible tocar mediante un objeto a otro ser vivo, la sensación que recibe el cerebro a través de un impulso, es distinta a cuando se emplea la piel. Otto, sin embargo, elige al objeto por encima del sujeto.

Así, la relación sujeto-objeto, mejor, la frontera en esta relación, se problematiza a través del cuerpo ambiguo de Otto, ¿es posible amar u odiar a través de objetos?, mejor ¿es el vínculo sujeto-objeto preferible al habitual entre sujetos? ¿Acaso Otto eligiendo a los tentáculos por encima de la mujer a la que puede amar no nos hace pensar que Marilyn Monroe tenía razón cuando cantaba en aquella inolvidable película: “se siente muy lindo que te besen la mano, pero un diamante es para siempre”?

 (Candeira, Matías. Manhattan Pulp, en La banda de los corazones sucios, antología del cuento villano, selección de Salvador Luis, Ed. El Cuervo, La Paz, 2010. editorialelcuervo.blogspot.com)

Escatología del tacto

Hoy presentamos otro artículo publicado en nuestra revista https://unpuntoaparte.files.wordpress.com/2012/10/revista-1-tacto.pdf, de Ariel Revollo, Escatología del tacto. Recomendamos tomar precauciones para aquellos de estómagos delicados.

Despertar de manera abrupta, encender la luz del baño, y sentarse en el trono esperando aligerar la carga de todo lo que se había consumido la noche anterior, y descubrir que solo es un amague del cuerpo, que un gas desubicado te hace creer que hay más que solo aire por salir; pero bueno, hasta el cuerpo miente, así que por las dudas espero un rato más sentado allí. Me relajé un momento mientras rascaba con gusto mi pancita (el diminutivo para esta parte de mi cuerpo es un acto de tacto). El tacto, más allá del sentido fisiológico del mismo, es también esa capacidad para mentir sin mentir, para decirlo con “tacto”; es la habilidad de llevar con delicadeza, con sutileza, con táctica, un asunto difícil de tratar. Como en todo, podemos ver lo positivo del tacto, podemos por ejemplo sentirnos considerados con el otro, o vernos como apaciguadores o tal vez diplomáticos al hacer uso del tacto, pero también podemos vernos como manipuladores hipócritas y con doble moral.

 Esta relatividad con el tacto es lo que le da esa categoría sutil, como muchas otras formas de la mentira indirecta, de esta hipócrita forma de comportarnos, por ejemplo generalizamos para lavarnos las manos de nuestras propias afirmaciones. “No entiendo a las mujeres”, “estos hombres”, la generalización es una suerte de comodín que nos permite achacarle la responsabilidad de lo que ocurre a lo generalizado, además nos concede la sutil distancia de una verdad. Esto nos lleva a otro elemento, las naturalizaciones, convertir en algo natural una afirmación para quitarle la carga ideológica, y por lo tanto convertirla en una verdad absoluta, “es que los hombres son unos putos”, “las mujeres son más emotivas que los hombres”. Si notan, la generalización y la naturalización son muy similares; bueno, podría decirse que es lo mismo, pero tienen sutilezas que las diferencian y, la verdad, no tengo ganas de explorarlas en este momento, la noche ajetreada me ha dejado con gases y como ando medio somnoliento no sé identificar bien un gas de un mojón, así que sigo sentado un buen rato más en mi trono.

 A mí la verdad esto del tacto me parece una manera refinada y creativa de mediar con la realidad  escatológica de las relaciones interpersonales (sí, el tratado de los excrementos, pero manejado metafóricamente, no confundir con el estudio del fin de los tiempos). Sí, sí,  “la escatología del tacto” (el arte de agarrar con los dedos la mierda y no ensuciarnos),  puedo referirme a la escatología del tacto como a esta hipocresía de mierda que no nos permite asumir una postura ante diferentes cuestiones, o el trato amable, ambiguo y sin decisión de las personas al momento de responder. Respondiendo sin responderte, cantinflearle llamaron los mexicanos en honor al cómico Mario Moreno. Divagando un poco sobre las conocidas leyes de Murphy, recuerdo una sobre la falta de papel higiénico en el baño, así que me fijo apresuradamente en que este insumo no me falte (por suerte el rollo aún está bien abastecido), esto hace que también divague en cómo sería este contacto directo con la mierda (en caso de faltar el papel higiénico, o en caso de carecer de tacto, algo de lo que me han acusado muchas veces). Primero uno tiene que hacerse cargo de lo que dice más allá del tacto y la doble moral, o la hipocresía, sería como un meter los dedos en el culo y sacarse la mierda con ellos sintiendo su textura casi oliendo con los poros y las huellas digitales los olores de desecho de esta relación y finalmente un contacto directo con tu ano, es decir ser capaz de responder ante la típica pregunta de “¿cómo estás?”,  “hecho mierda”, aun a riesgo de que el interlocutor ahonde en el tema o decir “yo creo que tú, y no todas las mujeres, eres demasiado emotiva”, decirle “no todos los hombres; sino tú eres un puto” pero eso nos alejaría de uno de los primeros actos creativos que practicamos, uno que lo hacemos de una manera u otra: LA MENTIRA.  Sí, sí, mis amigos, la mentira es el primer acto creativo que ejercemos, incluso se puede decir que la vocación de escritor es ser un mentiroso más pulcro, uno que disfraza sus mentiras con “ficción” y tal vez sea esta relación entre el tacto y la VERDAD y la MENTIRA lo que genera toda esta mierda, y el tacto se convierte en el papel higiénico de nuestra interrelación con la realidad.

 Tal vez lo que hay que hallar son las medidas correctas de toda esta interrelación, no convertir el encuentro con el tacto en un encuentro escatológico de baño, sino más bien en un encuentro culinario, en encontrar el aderezo correcto para que los niveles de verdad y mentira estén adecuadamente dosificados, como quien prepara una buena comida, llevarlo al punto que podamos digerir nuestro contexto, incluso a poder saborearlo, disfrutar los folclorismos de nuestra sociedad y desechar completamente las ideologías con doble moral. Convertir al tacto en el plato donde servimos nuestra actitud al mundo, y no en un papel higiénico que nos deja limpiarnos el culo con todo lo que pasa.

 En fin, ya terminé de cagar. Me siento más libre de continuar con mi día, que por lo visto apunta a ser una mierda, que espero poderla servir en un delicado plato de tacto.