La venganza del platillero

En las Apostillas a la venganza publicamos este cuento de Mijail Miranda Zapata. Muy recomendable. ¿Sabes qué es una wilancha?

La venganza del platillero

La noche cayó de golpe. Llovía. La morenada se acompasaba con las gotas que caían lentas, pesadas. El Choco Bonifaz venía en la primera fila de los platillos. La Real Intercontinental Andina alistaba la coreografía estelar. Chas, chas, chas, silencio, chas, silencio, chas, silencio, chaaaaasssss. Y el júbilo se desata, el ingreso de la banda es apoteósico, glorioso; en las graderías se multiplican los abrazos, alguna lágrima cae, un sexo se humedece y la cocaína de repente corre con más entusiasmo que el alcohol. Chas, chas, chas, los capataces del ritmo azotan el menguado cuerpo del danzante. Chas, chas, chas. El Choco Bonifaz aguza la mirada, entrecierra aún más los ojos de por sí chinos. Sus ojos bailan, en su propio espectáculo, su propia batalla, de izquierda a derecha peleándose con las lentejuelas los escasos haces de luz. Lo presiente ahí, en el tumulto de cuerpos ebrios de cerveza y carnaval. Lo busca, quiere darle una lección.Entonces un brazo lo toma desde atrás y por el cuello. El Choco enmudece, cierra los ojos, se estremece, se sabe desprotegido en medio de una multitud que celebraría un espectáculo de sangre. Casi siente el puñal atravesándole los intestinos. Chas, chas, chas. Un susurro, leve, suplicante. Choquito, llévame contigo.

El Choco despertó con los hedores de la habitación. Violentamente algo había penetrado por sus fosas nasales y parecía habérsele incrustado en el mismísimo cerebro. Sudor, sexo, carne podrida, el perfume barato de la Rossi y su tufo alcohólico; todo junto como una bala con esquirlas. Aquella mañana la ciudad parecía estar a punto de estallar. Era inevitable, en la alta puna se condensaba una fauna de proporciones dionisiacas. “El Palmeras”, en apariencia, era el único sitio apacible. Para los recién llegados era muy temprano para irse de putas. La diversión en la casa había terminado la noche anterior. Celebraban una fiesta privada en la que todas eran libres de llevar al acompañante que quisieran. Menos maricones, decía el Luigi, asegurándose el protagonismo. Era la única ocasión del año en la que “El Palmeras” cerraba las puertas a los clientes. Las mujeres ya se habían agasajado como correspondía.Ahora se avecinaban la verbena y el sábado de peregrinación. Son días fuertes Choquito, no me has de ver. Resignado, Bonifaz decidió desquitarse aquel Jueves de Comadres. Así comenzaba el carnaval del Choco.

El Oso perdió la ruta temprano. Cabalgando en anfetaminas y tras casi 6 horas de insoportable carretera, encaró Oruro casi con odio. Apenas entrando a la ciudad detuvo bruscamente el jeep y se bajó a vomitar. Alzó la mirada, quiso imaginar el antruejo de los Andes, no pudo. Volvió a vomitar. El frío le calaba los huesos. Un zumbido comenzó a calarle los tímpanos. Cerró los ojos, creyó ver que sus párpados se hacían transparentes y que desde la tierra emergía una columna de morenos en ajuares albirrojos, todos encadenados, ensangrentados, con imponentes cornamentas ascendiendo hacia los cielos. Es lo último que recuerda. Despertó casi sin darse cuenta. Algo como una indignación parecía nacerle. Dormía sobre una payasa de paja tendida en el suelo. La habitación era oscura, de paredes celestes, grasientas, un poco de sol penetraba por un imperceptible ventanal de cuatro pequeños vidrios catedral. Al entrar, Sasi adivinó rápidamente el desconcierto de su amigo:No te han querido aceptar en el hotel.Hijos de puta, masculló el Oso. Apenas abandonando su letargo, casi mecánicamente, revisó la funda sobaquera que lo acompañaba siempre. Apaciguado, acarició el Colt Anaconda calibre .44 que su padre le había dejado al morir.

Lo que necesitas es un buen polvo, dijo entusiasmado el Sasi. El Oso, en cambio, apenas podía entender lo que su compañero de viaje le decía. Te voy a llevar al mejor putero del país. El muchacho abandonó sorpresivamente su ensimismamiento y no daba crédito a lo que acababa de oír. ¿El mejor lenocinio de Bolivia? ¿En Oruro? Y es que no tenía la mínima idea del exhaustivo proceso de selección que había en “El Palmeras”. La casa de putas del Luigi en carnaval era otro cuento. Cientos de mujeres venidas de los lugares más insólitos. Entregadas a la histeria misógina del dueño. Las insultaba, humillaba, incluso las golpeaba para luego echarlas. Bisnes son bisnes, mi reina. Las pocas afortunadas que satisfacían las exigencias del travesti, eran encargadas a Rossi. Ella estudiaba enfermería, improvisaba un inútil examen médico que consistía en desnudar a las postulantes y hallarles algún defecto físico. Todas calificaban.

El sol caía perpendicular, el corazón de la ciudad palpitaba vehemente y un halo subterráneo brotaba hipnóticamente. Si no duermes conmigo mejor te vas, Choquito. Bonifaz odiaba esos juegos. Se levantó de un tirón, recogió sus enseres del piso sin escuchar la despedida y las recomendaciones de Rossi, abandonó “El Palmeras”. En la puerta el Sasi y el Oso aguardaban impacientes. ¿No nos atienden?, reclamaron a dúo. Está cerrado, respondió altivo el Choco. ¡Carajo, a mí no me hablas así pendejo! Bonifaz guardó silencio, fijó la mirada en el rostro del Oso. Guardó con precisión cada rasgo, cada mueca, cada defecto, el joven estaba marcado. ¡Qué me mirás, cholo hijo de puta! Dentro de la casa se oyó el taconeo diligente de Luigi. El Choco se abrió pasó entre los muchachos y se marchó. ¿Pero, qué sucede? Entren chicos, por favor, dijo con maneras exageradas. El Oso y el Choco voltearon las cabezas. Se observaron con rencor. Ambos tenían la seguridad de que no sería su último encuentro.

La sangre aún se sentía fresca en las manos de Rossi. La sempiterna picardía de su sonrisa estaba completamente extinguida. En la melancolía de sus ojos ya no había espacio más que para aquel crepúsculo. El Choco abrazó con fuerza el menudo cuerpo de su novia, quiso ofrecerle la seguridad que ella consideraba desaparecida. Con los platillos atados bajo el brazo izquierdo y Rossi en el derecho, Bonifaz abandonó el recorrido de la peregrinación. Con demasiada incomodidad se abrió paso entre borrachos, ladrones y comideras. Lanzó algunas patadas al azar, no recibió ningún reclamo. Nadie sentía nada. La ciudad, con sus anfitriones y visitantes, estaba sumergida en una anhedonia inexplicable. Entonces, el Choco y Rossi franquearon las masas y de a poco se internaron en el vacío, habitado solamente por algunas edificaciones de construcción por siempre inconclusa. Cruzando el umbral hacia la casa del Choco, la mujer se desvanecía. Perlas de sudor helado poblaban sus sienes. La lividez parecía consumirle la vida. ¿Qué ha pasado?, preguntó exaltado Bonifaz. Uno de los chicos de ayer en la mañana ha regresado a la casa. Pero, primero cúrame, te voy a indicar.

Van a cagar, fue lo último que se le oyó decir. Salió quebrando lo que encontraba a su paso. Destruyó a patadas los tradicionales cántaros que contenían las palmeras artificiales que le daban nombre al lugar. A ver chicas, no pasó nada; se apresuró Luigi. Pero qué chiquito ese, murmuró para la Rossi. Con una sincronía preocupante cruzaron miradas. Sabían que el muchacho volvería.

Cae el sol. Seis disparos. Precisos, potentes, sin retroceso. Calibre .44 Magnum, de un solo tiro te vuela los sesos. Seis. Bang, la Maggie, bang, la Celine, silencio, bang, la Rossi grita clemencia, se toma el hombro herido. Bang, bang, bang, el Luigi, silencio. La joven abraza el cuerpo inerte de su hermano y oculta la mirada ante su rostro desfigurado.

Rossi duerme. El Choco la besa, también besa sus platillos, ya vuelvo, les susurra. Camina con precisión felina, puma de los andes; de la Real Intercontinental Andina. Halcón en busca de su presa. Piensa en “la casa”, la familia: Maggie, Celine, su cuñado el Luigi. La ciudad no puede más con su adormecimiento y se extingue, unos pocos minutos, unas pocas horas. Silencio, casi absoluto. Soy un hombre solitario, canturrea extasiado un hombre solitario. Silencio. Llega el alba, el sol nace, la ciudad resucita. Chas, chas, chas. Doblando la esquina, tendido en arco desde un vetusto portón hacia el suelo, el Oso duerme el sueño de los inocentes. No le corresponde, piensa el Choco. Bonifaz, imperturbable, casi religiosamente, levanta el cuerpo del asesino. Lo carga en hombros con fortaleza inesperada. Sube con esfuerzo las callejas que lo conducen a su casa. Al llegar suspira. Sonríe.

El silbido del torno y los platillos pone alerta al Oso. Abre los ojos con demasiado esfuerzo, tarda en comprender su situación. Está atado por los pies y la mano izquierda a una pesada silla metálica. Automáticamente, una vez más, acerca su mano derecha, la única que tiene libre, a la funda sobaquera. Colt Anaconda, calibre .44, siente más satisfacción que nunca, agradece a su padre muerto. Lentamente desenvaina el revólver, apunta hacia el Choco, a unos cinco metros, al lado derecho del torno. Aprieta el gatillo. Te has quedado sin balas, huevón. El Oso siente que el corazón le estalla, que un relámpago frío lo quiebra. Se orina los pantalones. A una distancia mayor a la del Choco, el chillido de unas oxidadas bisagras anuncia la llegada de Rossi. Ingresa con soberbia, confites y cerveza. Martes de ch’alla. Mirá, se ha hecho pis. Como los corderitos, dijo con fingida ingenuidad. El Choco continuó su faena inmutable. Al cese del silbido: chas, chas, chas. Los platillos presumían un filo quirúrgico. ¿Sabes qué es una wilancha?, preguntó. Chas, chas, chas y una línea rojo carmesí atravesó pecho y vientre del Oso.

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Apostillas a la Venganza.

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Queridos amigos:
Les presentamos una nueva propuesta de Punto Aparte: unas apostillas con los artículos y cuentos más extensos que, por su tamaño, no pudieron entrar al sexto número de la revista, dedicado a la venganza. Puedes descargar nuestro suplemento especial aquí:

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Para lograr esta publicación, nos ayudaron muchas personas.

Participan:
Alexis Argüello
Mijail K. Miranda
Christian J. Kanahuaty
Andrés Indaburu

Comité editorial:
Cecilia De Marchi Moyano
Ariel Revollo
Lourdes Reynaga Agrada
Mayra Romero Isetta

Diseño y montaje:
Renato De Marchi Moyano
Corrección:
Mariela De Marchi Moyano

Portada: Imagen de Jota Gordillo

Una idea original de Punto Aparte – unpuntoaparte.wordpress.com
Email: puntoaparte.contacto@gmail.com

 

La tetita de Wendy | POP

Queridos amigos, publicamos un artículo de Mijail Miranda Zapata, parte del número 5 de la Revista Punto Aparte: POP. ¡Buena lectura!

Little Bit Magazine | Tigresa, Wendy y Delfín, ¡Reyes del Youfest!

ph. Little Bit Magazine

La tetita de Wendy

Google.com. Fakes Wendy Sulca. Enter. Aparece ella. Con el cuerpo de Selena Spice, pero ella al fin. Ella, su rostro indio: cobre y tierra, nariz grande, acodada, diminutos ojos rasgados, labios gruesos, oscuros, sonrisa amplia de dientes perlados. Ella, india, en el cuerpo de tetas engomadas, pezones relucientes y pubis lampiño de una colombiana de ensueño. Fake. India como Rosemary, su madre. Cuánto te pareces a la Rose, Wendy.

Era el invierno del 89, Ayacucho. Había llegado hace 6 meses. Apenas supe que Clara estaba embarazada armé maletas, robé los ahorros de mi abuelo y huí. Carlos, gran amigo antropólogo, al pasar por Bolivia, en un viaje que lo llevaba por toda Sudamérica, me tenía prometido hospedaje en la provincia peruana. Claro, siempre que él estuviera en su país. Era invierno, el tiempo transcurría lento, como queriendo hacerse sentir. A veces pensaba en Clara, y cuando lo hacía prefería emborracharme. Los días caían pesados, insoporta-blemente inútiles. Cobarde, me decía en silencio, mientras andaba por las calles en busca de algo. No fue fácil hallar trabajo. Es más, nunca pude hacerlo. Primero, por la ridícula carrera que había elegido: Sociología. Segundo, por el inexistente hábito de laburo. A veces pensaba en regresar, buscar a Clara, pedirle perdón, pedirle ayuda al abuelo, disculparme por el hurto y encajarle el bisnieto. Así de simple, pensaba. Casi siempre, al pensar en Clara, Bolivia y mi bolsillo, sacaba la caja metálica del abuelo, contaba unos pocos billetes y corría a las cantinas, dignas de Braulio Hito, más cercanas a la casa de Carlos. El antropólogo se hartó de tenerme como conejillo de indias. El pituco boliviano de ojos azules, descastado, exiliado y esmirriado había perdido su encanto como objeto de estudio. Me echó luego de 3 años de insoportable convivencia. Por suerte, a esas alturas Rosemary ya tenía la guardia baja y estaba dispuesta a entregar refugio incondicional al cielo de mis ojos que, noche tras noche, sucumbía ante la portentosa tierra de sus tetas.

Tiene que ser mi hija, pensé. Youtube.com. Tetita Wendy Sulca. Enter. “De día y de noche, quisiera tomar mi tetita…”. Rosemary hurgó en mis adentros, como toda buena matrona, en busca de alguna utilidad para mi existencia. Sin pensarlo, terminé haciéndole covers a Néctar. Aquellos fueron mis mejores años. En poco tiempo había ganado gran popularidad y ya me codeaba con los grandes. Los coterráneos Maroyus no dudaban en pedirme consejos, supieron aprovechar mi buen oído musical. Hoy, son lo que son. Rosemary también me tenía fe. “Cada vez que la veo a mi mamita, me está provocando con su tetita…”. Más aún después de cantarle aquellos versos. Tu tetita Rosemary, firme, consistente, voluminosa, de puntas caídas y pezones oscuros. “Rico, rico, rico, que rico es mi tetita…”. Gritabas, ebria, presumida y ya no se sabía si la voz te salía de la garganta o de los pechos. Así, cantando “La Tetita”, nuestra época dorada se deformaba inevitablemente. Tu cuerpo, mi cuerpo, nuestros cuerpos macerados en alcohol. Lo conociste al Gerardo, te preñó (¿o fui yo?), te libró de nuestra decadencia, te llevó a la capital y chao Rosemary. Tiene que ser mi hija. El cholo Gerardo nació para el anonimato, como todos ellos. Es mi hija.

Wendy creció, Rose. No es la niña que conocí cantando “Cerveza, cerveza”. ¿Viste las fotos con el vestido púrpura, con las medias de encaje y el rouge en los labios? No es la misma. Cada vez se parece más a ti. A veces siento que la deseo, sólo a veces. En seguida recuerdo que es mi hija. Te lo confieso sin culpa, Rose, porque aún no me acostumbro a la idea de que sea carne de mi carne. Se parece demasiado a ti. Ya tiene 16 y quisiera conocerla, que me conozca. Piénsalo y alguna vez responde, por favor. No podré escribirte tan seguido, como sabes estuve trabajando en un café internet y me pillaron viendo fotos de Wendy. No les gustó la idea. Pd. No dejes que Wendy siga tomándose fotos sensuales. Pronto le brotarán los senos, igual a los tuyos, supongo, evita que use escotes pronunciados. Send. Enter. Youtube.com. Wendy Sulca Like a Virgin. Enter. http://www.xxxchibolitas.pe. Buscar: Wendy Sulca Fake Desnuda. Enter. “Una virgen dentro mío…”

Notas del Autor: Todos los hechos narrados se inspiraron en la figura de Wendy Sulca y sus videos. De ninguna forma pertenecen a la realidad.

“Tetita” es la canción que llevó a Wendy Sulca a la fama, fue compuesta por su madre. En Youtube, tiene casi 10 millones de visitas.

POP | Revista Punto Aparte, número 5

Pop - Número 5 de la revista Punto Aparte

Queridos amigos:

Aquí está el nuevo número de la revista, dedicado al POP. ¡Esperamos que lo disfruten!

Pueden descargarlo de este enlace: REVISTA 5 POP *

* Este número fue posible gracias a:

Comité editorial:

Cecilia De Marchi Moyano

Ariel Revollo

Lourdes Reynaga Agrada

Mayra Romero Isetta

Columnistas:

Ch’akiAriel Revollo

La columna de JotaJota Gordillo

La maja en taconesMayra Romero Isetta

La loca de los gatosCecilia De Marchi Moyano

El revólver del cocodriloIván Gutiérrez (talicho182@hotmail.com)

Amores perrosPerrini-ini (Mayra Romero Isetta)

El ojo críticoLourdes Reynaga

Colaboran en esta revista:

Sebastián Antezana

Alexis Argüello

Guillermo Gustavo Deheza Rabines

Maria do Carmo de O. Fernandes

Alejandra Dorado

Mijail Miranda Zapata

Portada: Cristina Collazos – De La Puta Art Shop

Ilustraciones:

Jota Gordillo

Invitada especial: Sopa Maruchan

Diseño y montaje:

Renato De Marchi Moyano

Documentación y coordinación:

Mayra Romero Isetta

Edición:

Lourdes Reynaga

Mayra Romero

Mariela De Marchi Moyano

Contratapa: Jota Gordillo

Una idea original de Punto Aparte

Email: puntoaparte.contacto@gmail.com