Hablar sobre la muerte

Estimado lector:
Nuestra intención era pedir a un médico que nos explicara, de una forma literaria, el proceso de descomposición del cuerpo humano. Para ello contactamos a Alejandro Villarroel, gran amigo, buen médico y escritor. Creemos que el texto que nos ha facilitado es precioso y lo publicamos tal cual está, aunque es menos científico y más literario. Si te interesa conocer más del proceso mismo de descomposición, te recomendamos hacer una visita a la wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Descomposici%C3%B3n
Para leer la revista completa, descárgala en pdf aquí.

 

 Hablar sobre la muerte

Hablar sobre la muerte.
En cierta forma es también hablar sobre ti.
Sobre el torso del toro que yace sobre la arena, con ese sabor a óxido y sangre.

Hablar sobre la muerte implica silencio. Y más que silencio este frío, esta ausencia de calor que penetra en mi carne, que me despoja de los barros de tu piel.

Verme expatriado, confinado a esta celda, a este exilio involuntario. Con este tinte rojizo que me otorga la cualidad cadavérica de poseer mi propia lividez.

De pronto siento sed, pierdo ríos, oleadas de sal. Me deshidrato, y solo quiero lamer de tu ombligo.

¿En qué punto de la vida me abandoné? ¿Una mañana cualquiera? Quizás entre los bostezos de la noche.

Lo cierto es que estoy yaciente, maltrecho, durmiendo este insomnio eterno, rodeado de sombras y silencios, sin poder ver más allá de la pupila.

El cuerpo se me cae cansado, a pedazos.

Pierdo los músculos y mis tendones. Aflora la osamenta como el gemido de un bandoneón. Esta carne podrida alimenta a mis huéspedes que rastreros se mueven.

¿Dónde te quedaste?

¿Por qué no te veo?, ¿por qué no me abrazas ahora?…

Ese olor, ese olor a flores podridas, a madreselvas marchitas y claveles dormidos.

A barro recién echado.

Ese olor es el olor del abandono.

Ya no quiero este hueco, esta colección de atardeceres, único bastión de mi propia inmoralidad.

Me morí, y en mi vida fue lo único no planificado, el único cálculo no realizado. Pero esta muerte no se compara a ese vértigo que clavaste en medio de nuestra historia. Me morí, y al morirme te liberé.

… La lluvia, por fin la lluvia, y mi voz que se apaga.

Ya no quiero que agonices en mí.

Quiero estar con los pies apuntando hacia la puerta y con esta mortaja que reemplaza mi piel. Quiero que el último de mis pensamientos esté dirigido hacia ti, aunque tú ya no estés.

Me voy, y seré este hedor que se desprende de la tierra, seré la calavera pálida que da de mamar al sepulcro.

Como dije, hablar sobre la muerte en cierta forma implica hablar también de ti.

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La única forma de construir es imaginar

En el centro de la revista Ñatitas publicamos un diálogo con Ramón Rocha Monroy, uno de los más queridos escritores cochabambinos y cronista de la ciudad. A continuación encuentras esta entrevista.

La única forma de construir es imaginar

El run run de la calavera nos lleva a un mundo lúdico de la muerte, del cotidiano, pero también es ir a un panorama de las costumbres de Cochabamba… ¿Fue tu intención escribirlo así?

Una solución fácil es ver el run run como una novela costumbrista, y no es así porque yo soy un escritor de covers. Así como hay bandas que hacen covers, tributos, este es un tributo a un escritor francés llamado Boris Vian. Además es un tributo, digamos no explícito… Mi hija Camila me dio la clave del asunto cuando, una vez, me dijo que en Alicia en el país de las maravillas está toda la narrativa contemporánea, y yo dije, “¡cómo vas a decir semejante barbaridad!”. Pero es completamente cierto, es decir ver el otro lado del espejo, ver el otro lado de las cosas. Ver la vida después de la muerte es un ejercicio vianesco, y además… En la segunda parte hay un personaje que es un loco que apellida Zabalita, en homenaje al Loco Zabala, que se da cuenta que esto es un libro y que ese libro no se puede caer. Entonces remonta hasta los inicios, y se encuentra con la primera letra, y luego se va encontrando con los personajes que le reclaman por aparecer demasiado poco o el olvido de sus deudos, luego se va a la última y se da cuenta que está encerrado en las páginas de un libro. Hay una intuición además sobre un hecho que para mí es magia pura: es el hecho de escribir y es el hecho de leer, porque cuando escribes estás reduciendo un mundo tremendamente colorido y abigarrado a un estampado de 28 signos en una superficie blanca, en una pinche mendiga página. Cuando lees estás recodificando eso y estás convirtiendo esa superficie blanca, con unos signos que parecen hormigas, en un mundo, en un mundo muchas veces más vital que el de los autores… Porque el Quijote es más vital que Cervantes.

Además hay un tributo explícito a Boris Vian. En medio de un velorio gigante, cuando todos los muertos ocupan la plaza con sus catafalcos, hay un pianocktail. Ese es un invento de Boris Vian, un tipo desquiciado que vivió solo 39 años. Se tocaba una melodía en jazz y salía un coctel, y en este no salen cocteles sino platos criollos. O sea, uno toca una cueca bien interpretada y sale un picante surtido.

Esas son las cuestiones que no quisieron ver los que deberían haberlo hecho. El jurado nos negó el primer puesto. Nos dio el segundo lugar y declaró el premio desierto, y el segundo premio compartido con René Bascopé, que escribió también sobre la tumba, una novela que se llama La tumba infecunda y cuando murió la publicaron. Pasó el año, y de la mía nada, entonces publiqué un aviso necrológico indicando la misa de cabo de año del run run de la calavera, porque ya era un año que había muerto y nadie la publicaba. Entonces me enviaron a este hombre del jurado que me dijo “la segunda parte es muy mala, ¿por qué no publicamos solo la primera?”. Como yo nunca he estado seguro de lo que hago acepté y entonces la primera edición -que es la que casi todos conocen- es solo de la primera parte. Esta otra, que es la del periódico, es completa.

Me llama la atención esto del pianocktail, porque de cierta manera es recordar otro elemento que pertenece a la tradición cochabambina, que son los restaurantes piano bares… Hay un elemento interesante, cuando aparece Sáenz se vuelca todo hacia ese urbanismo oscuro. No me suena tan oscuro, no Sáenz sino el urbanismo de Cochabamba. Somos mucho más diurnos, incluso en nuestros muertos; nuestra manera de festejarlos no es dentro de la oscuridad, sino dentro de un juego más lúdico, que se prolonga desde la tarde y termina recién en la noche.

Sí, es evidente. En este barrio, en esta misma esquina de la Perú y Tadeo Haenke, pasando la glorieta, había un gran pianista de chichería que se llamaba el Yaku Ujlla, o sea el que toma agua, ha sido compositor y un intérprete genial, y él es uno de los personajes de mi primera novela Allá lejos. Su hijo actualmente es comandante de tránsito, por si acaso, y efectivamente, uno de los personajes de esta novela es Sáenz. Pero evidentemente nuestra aproximación a la muerte es diurna, es festiva, es alegre.

Otra influencia que es innegable en el run run es la obra de Juan Rulfo, y otra más secreta es la de Elena Garro. Pedro Páramo es una obra mayor, sumamente mejor que esta (señalaba el libro del run run) pero es una obra grave, triste. Esta es una obra alegre porque los vallunos somos borrachos solares. Nuestras pilas funcionan a la luz del día y nos citamos alrededor de un plato, no nos sentamos a chupar nomás, no somos vampiros ni taparankus. Esa estética es prestada de ciudades frías como La Paz donde es bastante frecuente visitarse a la una, dos de la mañana, donde uno toca el timbre y la puerta está abierta. Son otras costumbres lindas, pero son otras formas de ver la vida a la Sáenz…

Hay un fragmento de Elena Garro, de esta gran mujer que figura en la antología de la literatura fantástica que hicieron Borges y Silvina Ocampo, y es una breve obra de teatro sobre un mausoleo en el cual hay movimiento porque van a bajar a un nuevo muerto de la familia, y los muertitos de abajo se acicalan para esperarlo. Las diferencias de edad son vianescas; hay una tía bisabuela que murió hace 200 años pero tiene 3 años y hay un bisnieto que tiene 40 años. Es evidente que algunos mueren antes y otros después, pero en el mundo de la muerte se encuentran y las edades pueden ser caprichosas o más imaginativas.

Justo como ha mencionado a Juan Rulfo… la hallo llena del realismo mágico que caracteriza a la literatura del siglo XX, pero en particular me llamó la atención la personificación de “cosas”, y lo mismo pasa en Potosí 1600 con el viejo, con el cerro. Me gustaría saber cómo es que personifica estos entes que, para el imaginario de las personas normales, no debería ser así.

Es un recurso dramático que se va imponiendo, uno no sabe en qué momento, pero siempre hay una influencia detrás. Por ejemplo, detrás de la figura del viejo, está la figura innegable de este gran artista que personifica al marqués de Sade en prisión, en la última película; y en el caso de Boris Vian hay este afán constante de ver el revés de las cosas, incluso de las calles. En La espuma de los días hay un rebautizo de las calles de París con otros nombres, y uno se pone a pensar qué se ha incluido por esto…

Yo creo que es un recurso dramático personificar a la historia del cerro en un hombre, en una persona… A veces me cuesta creer que el Potosí actual sea el mismo recinto, el mismo escenario de una burbuja de alegría, de felicidad extrema como cuentan los cronistas. En última instancia yo pienso que la peor maldición que le ha sucedido a Potosí es su cerro porque no les ha dejado más que problemas, no les ha dejado nada. Ahora que se está hundiendo es un problema para todos. Es una ciudad muy pobre, olvidada, iremos al festival de la cultura para darnos cuenta de que no hay la menor huella de ese pasado esplendoroso. La única forma de construir era imaginar. Algunas personas, cuando destaparon la plica y vieron que yo era el autor se desengañaron. La presidenta del jurado me preguntó cuánto tiempo me había tomado escribir, yo le dije “dos años”. Entonces se enojó porque, en una discusión previa, Néstor Taboada había dicho, “yo creo que hay que premiar esta novela porque es una vida consagrada a la investigación, al estudio del pasado de Potosí, yo me imagino que es un anciano escritor que ha dedicado su vida a revisar en los archivos y en todas partes este pasado esplendoroso, entonces hay que premiar el esfuerzo de toda una vida”, y se encuentran con que era yo y realmente se molestaron. Más aún porque me preguntan “¿cuántas veces ha ido a Potosí?”… No la conozco, ahora voy a ir a conocerla…

Y ahora, volviendo al run run, justamente esta misma personificación se ve en el personaje de la ñatita, ¿también hubo esa trayectoria de investigación sobre las costumbres o una suerte de cosas que se veían, que se vivían en ese momento…?

Es evidente esta referencia a la Catrina. Yo no hubiera podido escribir en absoluto el run run si no hubiera vivido antes en México, y si no me hubiera dejado sorprender por la presencia extraordinaria de la muerte como una presencia cotidiana que se da entre el primero y el dos de noviembre. México es una sociedad que tiene una lupa de 120 millones de aumento, que te permite ver no solo a esa sociedad sino muchas otras de América Latina. A partir de esa visión es fácil reconocer cuán próximos estamos, cuán próxima está la vida de la muerte, debe haber un celofán entre una y la otra.

En el caso de la Ñatita, hay un sueño que nunca olvido, en el cual se me presentó una mujer exactamente con esa descripción: no era una mujer desdentada vestida de negro y con una guadañota, sino que era etérea, vestida de blanco y que tenía una pequeña guadañita que le clausuraba sus castos pechos. Se presentó a los pies de mi cama y me ofreció la mano. Yo me levanté de inmediato para irme con ella y mi esposa me jaló del otro lado. En un momento fui disputado y ganó mi esposa, y al parecer no morí, pero me quedé muy triste. De esa nostalgia nació la Ñatita, con la que siempre he tenido una relación más bien humorística y cordial. Le puedo decir “Ñatita, haz de cuenta que no existo, déjame en paz hasta que llegue mi hora. Yo quiero aguantar 15 rounds, irme a duchar y luego prepararme para morir, pero no voy a morir por nocáut o por nocáut técnico, tengo que aguantar los 15 rounds”. Esa es una decisión que ojalá haya transado bien y ojalá me haya entendido la Ñatita.

Justamente te iba a preguntar sobre tu relación con la muerte…

Mi relación con la muerte es muy temprana y la conté en un libro que publicó la editorial El País, La cueva y la intemperie, confidencias del ojo de vidrio, porque yo nací muerto. Es un hecho. Me sacaron como pudieron para salvar a mi madre, que estaba en estado de coma, y a mí me botaron al basurero, técnicamente muerto. Felizmente mi tía Maruja se preocupó por mí. Entró, vio a mi madre en estado de coma y preguntó por el niño. Fue la única que se preocupó. Yo estaba botado en el basurero, me escuchó y tenía todavía el “tic tac”. Gracias a ella vivo. Yo pienso que en ese estado inicial, de la mayor indefensión posible, me agarré a puñetes con la muerte y le gané. ¿Qué más me puede pasar?

Ya fue el primer round…

Claro, y así al primer round conseguí que escape, y aquí estoy. ¿Qué más me puede pasar? Esa es mi relación con la muerte. En toda mi literatura hay una referencia a la muerte, es inevitable. Es inevitable, porque siempre ha sido una presencia constante.

Y en el cotidiano…, tú ya eres un hombre que ha vivido bastante, y es probable que varios amigos o personas cercanas se hayan adelantado un poco. ¿Cómo manejas esa pérdida?

A ratos -y a mi edad- la existencia parece insistencia. Yo creo que uno mide la proximidad de la muerte en la conciencia de la respiración y la conciencia del paso del tiempo, que son felizmente olvidos, porque si uno tuviera una conciencia constante de que está respirando se angustiaría y se moriría. Por eso tenemos una percepción de nuestra respiración cuando estamos enfermos, cuando nuestra respiración es pesada. También hay una conciencia permanente del paso del tiempo. Si nosotros hacemos un recuento del segundo tras segundo, no aguantamos un día. Felizmente nos olvidamos y la cosa va pasando. Hay momentos, sobre todo en la noche, donde uno tiene conciencia de su respiración y del paso de las horas, de los minutos… ahí es cuando más se aproxima la idea de morir, porque como tú dices muchos se me han adelantado; y no solamente mayores que yo; a veces bastante menores, como mi amigo Zappa, que era muy chico, y mucho más porque nuestro lema de jóvenes era “amigos viejos, amigas jovencitas”.

Hablando de eso, nos gustaría tener una panorámica tuya de los escritores jóvenes que has visto en Cochabamba.

Yo siempre he sido devoto seguidor de los jóvenes creadores. Hay gente de mi edad o mayor que yo que ve la cultura como un páramo y que viven añorando los tiempos pasados. Yo nunca he tenido nostalgia del pasado, tengo nostalgia del futuro. ¿Qué cosas vendrán? En esas cosas que están viniendo hay una presencia ineludible de los nuevos creadores. Me apasiona ver los momentos de ruptura, entre los hábitos de lectura por ejemplo, que es lo que a mí me atañe, y además los hábitos de escritura. He presentado libros de Sebastián Antezana, de Mauricio Murillo, de algún otro joven escritor, les he hecho notar cierta paralogización sobre lo que ellos escriben, y me dicen “bueno, eso es completamente cierto, pero en homenaje a la verdad debemos decirte que tú eres de los viejos el más próximo a nosotros”. Bonito elogio porque es la inquietud que yo tengo y creo que fundamentalmente yo siento las locaciones más definidas y las oportunidades de estudio más claras, y en esa medida la comparación es triste porque en mi generación todos somos autodidactas o la mayor parte y no vamos hacer de un defecto virtud. No voy a aconsejar a gente que sea autodidacta, más bien que agoten todas las formas de estudio, porque están dadas las condiciones. Cuando yo tenía que estudiar, la única posibilidad de tener un barniz de cultura era estudiar derecho, no había antropología, no había letras, a no ser alguna carrera muy cara en el exterior. Había que estudiar derecho, yo soy abogado por eso. Escritores más famosos como García Márquez o Vargas Llosa, hasta don Franklin Anaya, han sido estudiantes de derecho.

Yo creo que también nos tomamos demasiado en serio. Siempre cuento el ejemplo de Boris Vian. Él presento su novela La espuma de los días y no le dieron el premio de la editorial Gallimard. Era de lejos el ganador y tenía el apoyo de Maurice Merleau-Ponty y de Jean Paul Sartre, pero André Malraux, que estaba de presidente del jurado, se salió con su gusto y premiaron a un señor que se llama Jean Grosjean… Menospreciaron a Vian y eso fue un golpe muy duro para él. Entre varios golpes, a este quiero referirme: él lleva el manuscrito de El arrancacorazones… “no, tú escribes macanas, no podemos editar esto, más bien estamos necesitando una novela negra, pero solo tenemos una semana. Si sabes de alguien, danos”. A la semana aparece con unos originales de Vernon Sullivan, que tenía un perfil raro: era americano, era negro, vivía en el Bronx y era músico de jazz. Su novela, Escupiré sobre vuestra tumba, fue un éxito extraordinario. Sullivan se vendió como los dioses. De pronto un periodista le hizo una impostura “exclusivo, entrevista a Vernon Sullivan, el autor de Escupiré sobre vuestra tumba” y era mentira, porque Boris Vian en una semana había escrito esta novela, incluso se había inventado el nombre de Vernon Sullivan. Una vez que se supo, y pese a que se supo, él no vendía; pero publicaba como Vernon Sullivan y vendía como los dioses… entonces no hay que tomarse muy en serio.