Necrofilia

A continuación presentamos un artículo de Lourdes Reynaga. Ella nos escribe sobre uno de los temas de los que, en general, nos negamos a hablar: Necrofilia. Es parte del segundo número de la revista Punto Aparte que puedes descargar aquí.

Necrofilia

La experiencia ha sido atroz. Y la he repetido, con el coraje de quien cree que podrá recuperar el trozo de alma que había muerto, para desengañarse después extrañando un nuevo pedazo que ha huido espantado. Pero lo he hecho y lo volveré a hacer en cuanto mi cuerpo y mi mente se recuperen, en cuanto la sinapsis de mis temblorosas neuronas parezca nuevamente capaz de soportarlo. Conducta autodestructiva, para qué estamos en el mundo sino para ir muriendo.

¿De qué estoy hablando? No parece, pero de una película; mejor dicho, de una escena (no la más ni la menos perturbadora) de una película monstruosa. El hombre, actor dopado con una especie de afrodisíaco animal, posee a la mujer golpeándola cruelmente, no conforme con ello toma un machete y la decapita, continuando el acto con el cuerpo muerto hasta que manos ajenas lo separan por la fuerza. Son sólo unos minutos de “A Serbian film” de Srdjan Spasojevic que fue censurada en muchos lugares (se entiende el porqué) y que, no obstante, ha llegado hasta nosotros.

Y aunque mucho puede decirse de la película, me centraré en un aspecto: la necrofilia. ¿Por qué? Desde ya porque en sí, la idea misma de obtener placer erótico con un cadáver, es bastante perturbadora. Sin embargo, en nuestra capacidad de apertura mental o, más bien, de crear mecanismos defensivos, hemos aprendido a encontrar otras formas de acercarnos a esta filia. No digo que cada uno haya pensado con placer en una noche de amor con un cuerpo muerto, disfrutando de la cercanía de la podredumbre y el embriagador aroma de la carne descomponiéndose. No. Lo que digo es que simplemente encontramos abundantes ejemplos de otra visión de la necrofilia.

Desde la pasión arrebatadora hasta la locura hay decenas de atenuantes a la necrofilia: La pasión despertada por la irresistible belleza de Kim Jeon-Young en “Beautiful”, la película coreana, que evoca también a la insoportable belleza de Rosa en “La casa de los espíritus” de la novelista Isabel Allende (bellezas monstruosas, cabe decir). La veneración en “Santa Evita” de Tomás Eloy Martínez, el amor desgarrador de nuestro “Manchay Puytu”, historia luego novelizada por Néstor Taboada Terán, y hasta la obsesión por los dientes de Berenice en el cuento de Poe.

Pero los atenuantes no la liberan de esa carga brutal, espeluznante. Lo demuestra “A Serbian Film”, lo demuestra el cuerpo decapitado que se mantiene todavía lubricado, lo demuestra el director ordenando la separación de los cuerpos, lo demuestra la escena final en que irrumpe la policía –ellos también parte de la perversión– y filman a la familia de tres, muerta sobre la cama. Lo demuestra el diálogo final, la orden del jefe al subordinado que ya ha comenzado a desabrocharse el pantalón: “empieza con el pequeño”.

 

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Hablar sobre la muerte

Estimado lector:
Nuestra intención era pedir a un médico que nos explicara, de una forma literaria, el proceso de descomposición del cuerpo humano. Para ello contactamos a Alejandro Villarroel, gran amigo, buen médico y escritor. Creemos que el texto que nos ha facilitado es precioso y lo publicamos tal cual está, aunque es menos científico y más literario. Si te interesa conocer más del proceso mismo de descomposición, te recomendamos hacer una visita a la wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Descomposici%C3%B3n
Para leer la revista completa, descárgala en pdf aquí.

 

 Hablar sobre la muerte

Hablar sobre la muerte.
En cierta forma es también hablar sobre ti.
Sobre el torso del toro que yace sobre la arena, con ese sabor a óxido y sangre.

Hablar sobre la muerte implica silencio. Y más que silencio este frío, esta ausencia de calor que penetra en mi carne, que me despoja de los barros de tu piel.

Verme expatriado, confinado a esta celda, a este exilio involuntario. Con este tinte rojizo que me otorga la cualidad cadavérica de poseer mi propia lividez.

De pronto siento sed, pierdo ríos, oleadas de sal. Me deshidrato, y solo quiero lamer de tu ombligo.

¿En qué punto de la vida me abandoné? ¿Una mañana cualquiera? Quizás entre los bostezos de la noche.

Lo cierto es que estoy yaciente, maltrecho, durmiendo este insomnio eterno, rodeado de sombras y silencios, sin poder ver más allá de la pupila.

El cuerpo se me cae cansado, a pedazos.

Pierdo los músculos y mis tendones. Aflora la osamenta como el gemido de un bandoneón. Esta carne podrida alimenta a mis huéspedes que rastreros se mueven.

¿Dónde te quedaste?

¿Por qué no te veo?, ¿por qué no me abrazas ahora?…

Ese olor, ese olor a flores podridas, a madreselvas marchitas y claveles dormidos.

A barro recién echado.

Ese olor es el olor del abandono.

Ya no quiero este hueco, esta colección de atardeceres, único bastión de mi propia inmoralidad.

Me morí, y en mi vida fue lo único no planificado, el único cálculo no realizado. Pero esta muerte no se compara a ese vértigo que clavaste en medio de nuestra historia. Me morí, y al morirme te liberé.

… La lluvia, por fin la lluvia, y mi voz que se apaga.

Ya no quiero que agonices en mí.

Quiero estar con los pies apuntando hacia la puerta y con esta mortaja que reemplaza mi piel. Quiero que el último de mis pensamientos esté dirigido hacia ti, aunque tú ya no estés.

Me voy, y seré este hedor que se desprende de la tierra, seré la calavera pálida que da de mamar al sepulcro.

Como dije, hablar sobre la muerte en cierta forma implica hablar también de ti.

Fronteras

Esta es una nota de Cecilia De Marchi Moyano, parte de la revista Punto Aparte dedicada a las Ñatitas que puedes descargar en pdf aquí.

Fronteras

He estado tratando de no escribir este artículo casi todo el mes. No me resulta fácil hablar de la muerte. He olvidado de manera metódica todos los fantasmas que se me acercan con guadaña, esquivando enfrentar el horror de un final. Cuando decidimos hablar sobre este tema en una reunión de los editores, pensaba escribir sobre las fiestas que se hacen en algunas poblaciones y en algunas familias cuando una persona muere. (En mi familia, por ejemplo, que se toman todo de manera tan jocosa, la muerte es recibida como la oportunidad perfecta para recordar el goce de tenernos unos a otros, y acaba armándose jarana). Ahora, en cambio, creo que no podría hacerlo.

Hoy abrí mi correo después de un par de días, y me encuentro con la carta de un amigo mío muy querido, que me avisa que su enfermedad ya está muy avanzada, y que le quedan solo unos meses de vida. Hace un par de meses se fue a otro país, aquí no conseguían diagnosticarle su mal.

No sé si podré volver a verlo. La distancia es muy grande, los costos prohibitivos, la frontera inmensa de papeleo. Podré seguir escribiéndole, como hace tiempo hago, conversar sobre el pasado de la música y el futuro de la literatura; nos pasaremos recetas infalibles para cosas inútiles; recordaremos las pocas caminatas, los colibríes por la ventana y alguna visita a nuestros poetas. Pero no sé si podré volver a verlo. Eso sí, para el dolor no hay confines.

Me aterra saber el dolor por el que pasará, saber que está tan lejos de esta frontera -la de la piel-, que no podré estar a su lado para gritarle ahora mismo que si se da por vencido, lo mato yo misma antes de que se muera, porque no soportaría verlo postrado. Que si necesita mi mano, mi hombro o mi regazo, no podré ir aunque, de cierto modo, estaré allí.

No tengo ganas de escribir. Pero necesito a quién echarle la culpa. Maldita sea.

Amores perros II

Perrini es un peluche. Es adorable. Es, además, uno de nuestros colaboradores en la revista Punto Aparte. A continuación encuentras su nota publicada en el segundo número de la revista, Ñatitas.

Dichoso yo, perrito de peluche, porque soy inmortal… bueno, casi… si me queman desaparezco. Pero hasta mientras, perduraré gracias a las cualidades de la piel sintética. Me quedaré así como se han quedado otros antes que yo. Tengo compañeros que ya van por los cincuenta y tantos años acompañando a generaciones enteras, y lo seguirán haciendo.

Los humanos se han caracterizado por buscar la inmortalidad y crearon bichos como los vampiros, las momias y los fantasmas. Pero señores, ¡la solución es el plástico! Se inventan historias de terror de seres que moran en el Inframundo, y no se dan cuenta de que ya inventaron el elemento que permanecerá por lo siglos de los siglos.

Es cruel decirlo, pero yo les apuesto que si van a un basurero, encontrarán juguetes, que lo único que necesitan es un buen lavado para volver a la vida. Sí humanos tontos, ya está entre nosotros el secreto de la vida eterna. Y hasta donde pude ver en la tele, ya han comenzado a ponérselo en la piel para no envejecer.

Pero eso no les servirá, porque los juguetes tenemos la capacidad de entrar en una especie de letargo, hasta que alguien de nuevo nos llena de vida con su cariño (sí, muy al estilo Toy Story); mientras que ustedes los humanos son descartables.

Lo irónico es que dicen que es el plástico el que se descarta. Mentira. Se recicla. En cambio ustedes se pudren. Y se pudren más cuando desesperadamente buscan retrasar un proceso natural.

¡Oh! Dichoso me siento al ser una creación humana, pues los mortales me dieron la inmortalidad.