Siempre en domingo | FLOJERA

A continuación te presentamos un relato de Carolina Hoz de Vila, que se publicó en la revista de la flojera.

Siempre en domingo

El domingo es un bostezo inacabable; una larga bocanada de aire que se alimenta de la vida floja de la clase media. Los niños de la vida cómoda no tienen nada mejor que hacer que fumarse un porro, engordar y dejar volar las ideas hasta que se esfumen en una nebulosa.

Los chicos de la clase media viven tan bien. Su cultura es el relax. No es por eso extraño que les interese tanto la meditación trascendental, pues su sistema espiritual es llegar al vacío total para esquivar como puedan la verdad. Confortables en su vida de Internet, en sus videojuegos de amor, en su alta tecnología de vida sin acción, adictos a las lecturas del maestro Jodorowski, al verlos tengo la sensación de que no necesitan nada más para ser felices como son.

Me miran sin mirarme con sus sonrisas perplejas de juventud en éxtasis, entre el humo místico de su cigarro de marihuana y su baba cayéndoles por la comisura de sus bocas sin sed. Al verlos tengo sueño y hambre, porque pienso que si no tienen tristeza, tampoco tienen deseos. Sus vidas arregladas me provocan un bostezo infinito, al igual que sus bostezos matutinos para salir temprano  a trabajar, o hacer el esfuerzo de pensar.

Con Nicolás, los días eran un bostezo de domingo. Con él entendí el síntoma de la flojera boliviana en la clase media al intentar empezar una relación. La palabra amor para él era demasiado grande, un camino que su sobrepeso de flojera apenas podría soportar.

Nicolás era el perfecto hombre boliviano: escapista de profesión. El amante colonial que, por tradición, heredó de sus antepasados la magia, la habilidad de desaparecer antes de empezar una relación. El don de la desaparición era una herencia que, por lo demás, le ahorraba inconvenientes.

Nicolás no tenía nada por lo que quejarse. Después de todo era un mago que sabía arreglárselas muy bien, viviendo a sus 27 años con sus padres, pasando el día entero desapercibido en su cueva desordenada, con material inédito de películas XXX, sabía con destreza cómo dejar pasar los días en blanco, sin hacer esfuerzo mental o físico, más que su clásica maniobra solitaria de satisfacer su instinto cuando nadie lo veía.

Con él entendí muy bien el síntoma de la flojera, sobre todo porque su clásico tema era su enfermedad mental. Nicolás era bipolar por comodidad. Siempre se quejaba, “no produzco la hormona del amor”. Era más conveniente para él encubrirse en un disfraz de anormal que tener en el mundo una posición política o una obligación social. Su narración monótona reproducía siempre el mismo discurso: el escudo de la enfermedad contra el acto de luchar.

Dicen que los bipolares tienen una fase oscura y otra luminosa. La apatía de Nicolás era el autismo, durante los días negativos de su bipolaridad. En cambio, su fase luminosa era la euforia de un adolescente cualquiera, que se muestra hiperactivo, siempre que su biología lo llama al deber –aunque a corto plazo.

Nicolás, en este sentido, era bipolar por conveniencia, logrando modificar así el significado de la enfermedad. La última vez que estuve con él, era un domingo. Mientras esperaba que tuviera al menos magia bajo sus pantalones, me encontré con la sorpresa de que el romanticismo tenía flojera de levantarse y su comodidad había decidido dormir también una siesta larga, porque el enésimo porro de marihuana que se había fumado lo dejó exhausto, sin trabajar la hormona del amor.

Entonces bostecé, tuve flojera, miré mi reloj y no vi la hora de marcharme. Descubrí que el niño grande que dormía se sumaba a la lista de ciudadanos desertores, alumnos escapistas de la historia que, para no hacer su tarea, escogen la enfermedad o la guerra, sin derramar una sola lágrima. Tanto recordé, al final, a aquellos héroes que fueron al Chaco en 1932, para no dar la cara a sus novias cuando ellas llevaban en sus vientres la noticia de la cigüeña. Al menos tenían, por entonces, una excusa: la patria.

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Acerca de un viejo amor

Cada número recibimos muchos atículos de otras personas. Te presentamos a continuación un texto de Jack N. Kennedy (Habib Homsi Maese) sobre la flojera:

Acerca de un viejo amor

Banda Sonora: I Love You Forever – Two Steps From Hell

No sé qué tanto pueda o deba decir acerca de Flojera; traerla de vuelta a mis pensamientos me provoca debilidad, siento que en cualquier momento podría sucumbir ante la tentación de un apasionado rencuentro y claudicar en la tarea de romper mi dependencia hacia una vieja y fallida relación.

Siempre estuve a sus órdenes, siempre a su merced y siempre dependí de sus cambios de humor. Aunque lo propio de cualquier persona con tres dedos de frente hubiese sido cortar la relación por lo sano, me vi embriagado en sus amores y vi pasar tantos días junto a ella. Creí ser feliz.

Flojera es tan solo su nombre artístico. Su nombre es Pereza, la sensual, aquella a la que no podía resistirme, aquella que, con coqueteos, monopolizaba mi existencia; dormía conmigo, especialmente los días de invierno, entre sábanas tibias, se acurrucaba junto a mí, compartiendo su calor, hasta que Hambre –mi fiel e inseparable amigo y compañero de cuarto– me sacara del embeleso y el sopor en el que me sumergía. Su otro nombre es Negligencia, la cariñosa, la que encontraba fascinación estando junto a mí, la que me hacía creer que lo nuestro era real.

Y que los dioses me libren de Descuido, su horrenda mascota; Descuido eran tan viejo como nosotros, pero más dependiente que un perro de cartera; su olor era el mismo que emanan los días olvidados; sus aullidos  –tan horrendos como él– tenían la capacidad de alborotar a Hambre, alboroto que dejaba como resultado una serie de platos rotos –o más propiamente: vacíos– que después yo me veía obligado a pagar.

Tuve largas y fatídicas peleas con Hambre; sin embargo, él siempre supo ser un buen amigo y, a pesar de nuestros enardecidos encuentros, se mantuvo leal y siempre presente durante mi relación con Flojera.  

Creí que era feliz, creí que lo tenía todo, pero ella quería más, más de lo que yo podía darle; así fue como empezó a buscar aventuras con la gente a mi alrededor. No pasó mucho tiempo hasta que me diera cuenta de que la muy puta –aquí llegamos a la parte donde mis palabras se sinceran y son más consecuentes con mis pensamientos– había compartido las sábanas con demasiados otros, quienes, tan débiles e ingenuos como yo, cayeron ante su encanto.

Pero resulta que, tan puta como era ella, era también yo, y así somos cada uno de nosotros, porque te aseguro que, indiferente de tus gustos o inclinaciones, ella se metió contigo y, aun sabiendo que ella ya se había metido con tantos otros y otras, tú accediste.

Para no ser redundante con los improperios diré, a manera de rima, que ella fue astuta; astuta porque a cambio de su servicio –un insustancial momento de placer–, le pagué con lo más valioso que tenía, tiempo.

Ella sigue siendo así, sigue acumulando los tiempos que le dedico, y que tú le dedicas, cada vez que cometemos el clásico y tremendo error de llamar a una expareja en momentos de debilidad. Así seguirá acumulando tiempo, hasta que alcance el valor equivalente al de una vida.  

Dicen que la carne es débil, pero comprobé que hasta el espíritu y la voluntad flaquean al oír los seductores susurros de Flojera. Flojera es hermosa, tan hermosa como letal; es un súcubo y no va a para hasta matarme.

Ella nunca me amó y, ahora, yo no la amo; tan sólo tenemos una transacción de placeres cuando nos vemos –cuando yo le permito venir–. Todavía no soy tan sabio como para practicar el desapego que me permitiría librarme finalmente de sus tretas, pero por lo menos soy lo suficientemente racional como para entender que lo nuestro es algo más casual: un simple intercambio de beneficios. 

Después de tantas remembranzas, que no se confunda mi sincero coloquialismo con un tono misógino, porque al final de cuentas, soy humano, qué otra cosa podría decir ahora, cuando mi intención es hablar con franqueza.

Siempre lo supe, Flojera no es tan solo uno de mis grandes amores, Flojera es también mi perdición. 

Todavía te quiero, puta. Gracias por todo.

La madre de todos los vicios

En este número, Ramón Rocha Monroy (el cronista de Cochabamba) nos hace llegar su punto de vista, siempre tan personal, sobre la flojera.

La madre de todos los vicios

A mí la flojera, la ociosidad, el ocio me sedujeron desde que oí una frase de mi madre: La ociosidad es la madre de todos los vicios. ¡Wow! ¿De modo que bastaba echarse de panza para conocerlos? Esa sensación está ligada a los pecados que no pude. Cierta vez me propuse escribir un artículo más bien cachondo y humorístico sobre el tema, pero cuando me puse, me salió un texto terriblemente triste y melancólico. Es que los pecados que no pudiste por seguir la moral judeocristiana permanecen en el limbo y te van a atormentar toda la vida, y quizás después de ella. Cuántas veces estuviste a punto, ya te habías rendido y de pronto reaccionaste y te fuiste. Eso te dolerá eternamente.

Chico ps era yo, pero cuando nos visitó Carlos Medinaceli allá por el año 1928, se puso verde de envidia, un decir, al comprobar que Cochabamba estaba bien provista de jóvenes de buen ver, dueños de haciendas y de casas solariegas, que no cometían nada excepto leer, escribir, estudiar en la universidad, viajar a París o sentar cabeza con el matrimonio, el ministerio, el cargo diplomático. Eran muy distintos a los potosinos como Medinaceli, que debían cumplir penosas gabelas burocráticas para escribir, leer o estudiar a deshoras. Medinaceli mismo había sido empleado público en una oficina ófrica durante buena parte de su juventud, y por eso envidiaba a los jóvenes cochabambinos dedicados a la lectura, la escritura y el estudio de temas universales. Acaso no era tiempo todavía para comprobar cómo de provincianos y al mismo tiempo de universales somos los cochabambinos. ¿Por qué tenían ese privilegio? Porque tenían sus haciendas, su patrimonio, pero sobre todo el prejuicio colonial de no trabajar, porque el trabajo, en el pensamiento y la moral de sus mayores, ensuciaba las manos, la mente y el corazón. Para eso estaban los pongos, las sirvientas, los cholos, para cumplir esas artes y oficios que un “caballero” jamás haría con sus propias manos.

Vino la reforma agraria de 1952 y Cochabamba estaba todavía llena de badulaques distinguidos. Conocí a algunos cuyas manos jamás se habían ensuciado con el trabajo. Incluso cuando cayó el Muro de Berlín y se derrumbó la Unión Soviética, en los cafés se discutía cuántas ojivas nucleares habían quedado en Rusia y cuántas otras en Ucrania o Uzbekistán. Los contertulios eran minuciosamente cochabambinos, pero hablaban con enorme soltura de algo que habían aprendido leyendo Selecciones soviéticas.

Hoy somos un pueblo laborioso en el cual quienes más trabajan son las mujeres. El ocio es una enfermedad y un placer desconocido en Cochabamba. Sin embargo, los ciudadanos griegos y romanos ejercían a diario el otium cum dignitatem, ocio con dignidad; y el ocio, el tiempo libre, ha sido ya materia de más de 20 congresos mundiales. Teóricamente la jornada se divide en tres períodos de 8 horas: 8 para trabajar, 8 para dormir y 8 de tiempo libre. Este último período es el de los sueños, las utopías, los deseos de mejorar, de soñar y crear una sociedad más justa. Es un período quizá más importante que los otros dos; por eso los medios lo inundan de publicidad. Es tan importante que no se lo puede dejar a merced del tamaño del bolsillo de cada uno. Es una alta función del Estado planificarlo y ofrecer alternativas, parques, deportes, entretenimiento, educación alternativa. Un país sin tiempo libre planificado por el Estado es un país del alcohol, de la droga, del sexo temprano, de la vida vacía y sin futuro. Quizá es atractivo vivir así un tiempo, pero toda la vida y en todo un país, es lo más irresponsable que podamos ser y hacer.

FLOJERA | Revista Punto Aparte, Número 8

 

REVISTA 8 FLOJERA portada

Queridos lectores:

Aquí encuentras nuestro octavo número de la revista, donde quisimos hablar de uno de los grandes pecados: la flojera. Puedes descargarla haciendo clic en este enlace: REVISTA 8 FLOJERA.

Para lograr este número, nos colaboraron:

Comité editorial:
Cecilia De Marchi Moyano
Ariel Revollo
Lourdes Reynaga Agrada
Mayra Romero Isetta

Columnistas:
Ch’aki (Ariel Revollo)
La maja en tacones (Mayra Romero Isetta)
La loca de los gatos (Cecilia De Marchi Moyano)
El revólver del cocodrilo (Iván Gutiérrez)
Amores perros Perrini-ini (Mayra Romero Isetta)
El ojo crítico (Lourdes Reynaga)

Colaboran en esta revista:
Ramón Rocha Monroy
Jack N. Kennedy
Carolina Hoz de Vila
Alexis Argüello
Sergio Harb
Veronica Adriani
José Luis Claros López
El físico secreto

Imágenes:
Jota Gordillo (ilustrador)
Andrés Herrera
Lesly Moyano
Liz M. Mendoza
Katsunori Osoegawa

Diseño y montaje:
Renato De Marchi Moyano

Documentación y coordinación:
Mayra Romero Isetta

Edición:
Lourdes Reynaga
Mayra Romero
Cecilia De Marchi Moyano

Correctora en jefe:
Mariela De Marchi Moyano

Portada:
Jota Gordillo (El gato hidráulico)

Contratapa:
Lesly Moyano