Amores perros I

Perrini es un perrito de peluche, adorable y suave. Escribe para nuestra revista. Sí, un peluche escribe para nuestra revista. Este es su artículo del primer número, dedicado al tacto

Soy un perrito de peluche. Abrazable. Si tengo que hablar del tacto puedo decir eso: soy abrazable. ¿Qué animal de peluche no lo es? Díganme, cuando eran niños o niñas ¿acaso no se aferraron a un juguete hasta gastarlo?

Pues resulta que los juguetes adquirimos nuestra esencia justamente si alguien nos abraza, nos viste, nos peina, nos baña, nos hace dormir… bueno, todo lo que se puede hacer con un juguete, tocándolo.

Los niños son los que más energía nos dan. No obstante, lo que más me divierte es ver cómo los adultos se resisten a volver a tocarnos, y a intercambiar esa vibra que nos conectaba; cuando van por la vida quejándose de que les falta contacto.

Si bien un juguete no podrá darle esa sensación que se conoce como contacto humano, no me cabe ninguna duda de que cuando nos abrazan –y mucho más si somos juguetes que hemos sobrevivido a la infancia y adolescencia- la calidez de la nostalgia que transmitimos es tal vez, mucho más reconfortante que el human touch.

Es una verdad innegable que con nosotros todos ustedes, seres humanos, han tenido sus primeros contactos con el mundo exterior. Tocándonos han descubierto las texturas que los rodeaban. Son pocos los adultos que conservan ese gustito adquirido por tenernos cerca, confiarnos sus vivencias y todavía abrazarnos para dormir.

La verdad no entiendo porqué a medida que crecen nos van olvidando y encajonando, pero yo tengo la suerte de ser uno de esos juguetes que no ha sido encajonado (todavía) y que goza del contacto de su mami, así que, a partir de ahora, hablaré por todos los juguetes y peluches que quieren ser escuchados. Esta vez los incito a todos ustedes, seres de carne y hueso, a volver a abrazar a sus muñequitos, verán lo reconfortante que es volver a su infancia a través de nuestra “piel”.

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De tacto y contacto en Manhattan Pulp

A continuación presentamos un artículo de Lourdes Reynaga Agrada sobre el cuento Manhattan Pulp de Matias Candeira, parte del libro La banda de los corazones sucios de la editorial El Cuervo. El artículo fue originalmente publicado en el número 1 de nuestra revista Punto Aparte: TACTO. ¡Buena lectura!

De tacto y contacto en Manhattan Pulp

Manhattan Pulp es un cuento, esa es casi una obviedad. Lo que no resulta tan obvio es todo lo que está en juego en sus páginas, o cuando menos no para quien, acostumbrado a la presunta división absoluta entre lenguajes, no relaciona al instante al Otto Octavius protagonista con el archienemigo de un superhéroe arácnido de historieta. Y es que Manhattan Pulp es un cuento, sí, pero un cuento cuyos referentes inmediatos están en la historieta. Sin embargo, Manhattan Pulp pone en juego, más que una continuación a la historia de los personajes, un concepto inadmisible fuera del espacio ficticio. Me refiero a la posibilidad de establecer un contacto con y a través de un objeto, a la posibilidad de tocar rebasando las fronteras del cuerpo, incorporando un elemento inanimado (no del todo, eso es discutible, pero sí ajeno) en la relación con el otro.

Otto, o bueno, el Dr. Octopus, está dotado de miembros adicionales completamente funcionales. Es más, en las extremidades metálicas es posible detectar la presencia de una conciencia autónoma, aunque generalmente en consenso con la de Otto. Candeira, el autor del cuento establece dos niveles narrativos para visibilizar la división del cuerpo en piel y metal coexistiendo definitivamente: En el primero está la narración en primera persona de Otto, intercalada por algunos diálogos; en el segundo, en cursiva, están los comentarios de la consciencia múltiple de los miembros metálicos.

He hablado de un consenso, que involucra una relación, ambigua, eso sí, pero imposible de ignorar. Una relación en la que a veces hay un enfrentamiento, opiniones encontradas que terminan por definirse en una dirección gracias a que alguna de las partes cede, pero que también es una relación de complicidad. Y aunque a veces la distancia es más clara: “Mis tentáculos estaban de pésimo humor, y, mientras buscaba algo en la nevera industrial, un yogur o un poco de gelatina (…) han empezado a hablarme con esos chillidos grimosos.” (137) e incluso se explicita una cierta subordinación de los tentáculos a la mente de Otto, hay otros momentos en los que la división entre cuerpo y objeto no es tan sencilla, actos de humanidad efectuados por los tentáculos y actos de suprema crueldad llevados a cabo por el cuerpo y la piel de Otto. Eso sucede, por ejemplo, con la muerte de Peter (“el tardoadolescente”, “el retrasado mental que me llamó así [Dr. Octopus] por primera vez”). Son los tentáculos quienes detienen a Marcia, evitando que destroce a Parker, pero es la mano de Otto la que termina con su vida mediante una inyección letal, la misma mano que pasará la siguiente hora arreglando el deshecho traje azul y rojo para enviarlo (empapado en la sangre de Marcia) al Daily Bugle.

Y aunque Octavius se muestra inyectando sedante de caballos en su columna para adormecer a los tentáculos, no son solo ellos los que definen la muerte de Anna, la mujer que pudo amar. “Hacía mucho tiempo que, con mis propias manos, no apretaba a alguien para romperle los huesos y prometer algo que jamás cumpliré” (151) Y aunque, después del sexo, Otto se ve a sí mismo como un ciudadano normal, de carne y hueso, olvidando a los tentáculos que no se están manifestando, sintetiza esa emoción en una frase contundente: “Un completo imbécil. Ese ciudadano que, en cualquier guerra, cae el primero bajo la ametralladora del enemigo” (153). Por eso no extraña lo que sucede después, la negativa al amor de Anna, el asesinato y el destrozo del cuerpo, más, la elección de volver a ser la criatura ambigua y solitaria que vaga haciendo el mal por la ciudad. Los tentáculos lo dicen: “Hace un rato que estamos despiertos. Pero nos ha parecido bien darte este capricho” (154). Ellos han permanecido en silencio esperando la decisión de Otto.

Cabe preguntarse por el destino de Octopus si este hubiera decidido aceptar el amor de Anna, ceder al impulso de saberse vivo, mejor, humano, así fuera por un momento. Posiblemente los tentáculos se hubieran impuesto, tal vez no, tal vez el cuadro familiar se hubiera cerrado con una fotografía, el matrimonio en solitario en las montañas, la vida de campo lejos de cualquier ciudad y de personas que pudieran opinar. Todo el cuadro que es posible asumir se le cruza por un segundo a Otto por la mente, impregnado de ridículo, como corresponde.

Los tentáculos de Otto desafían la noción de la que se había creído la capacidad más humana e irremplazable, la capacidad de tocar, de relacionarse con otro a través del tacto, a través del contacto piel a piel entre dos sujetos. Porque aunque es posible tocar mediante un objeto a otro ser vivo, la sensación que recibe el cerebro a través de un impulso, es distinta a cuando se emplea la piel. Otto, sin embargo, elige al objeto por encima del sujeto.

Así, la relación sujeto-objeto, mejor, la frontera en esta relación, se problematiza a través del cuerpo ambiguo de Otto, ¿es posible amar u odiar a través de objetos?, mejor ¿es el vínculo sujeto-objeto preferible al habitual entre sujetos? ¿Acaso Otto eligiendo a los tentáculos por encima de la mujer a la que puede amar no nos hace pensar que Marilyn Monroe tenía razón cuando cantaba en aquella inolvidable película: “se siente muy lindo que te besen la mano, pero un diamante es para siempre”?

 (Candeira, Matías. Manhattan Pulp, en La banda de los corazones sucios, antología del cuento villano, selección de Salvador Luis, Ed. El Cuervo, La Paz, 2010. editorialelcuervo.blogspot.com)

Masajes nocturnos

A continuación, presentamos el artículo de Cecilia De Marchi Moyano, parte de nuestro número sobre el tacto de la revista Punto Aparte.

Masajes nocturnos

Hace ya varios días que mi pequeña me pide que, antes de dormir, le haga unos masajes especiales. Nada del otro mundo. Le voy describiendo su cuerpito mientras toco cada una de las partes que nombro y le digo que sienta cómo se llena del agua tibia de la tranquilidad. Sé que es una manera casi ingenua de relajación, pero mi hija es feliz.

Las relaciones de piel a piel con los niños no son siempre fáciles. Me costó lograrla. Soy del grupo de madres que sufrieron depresión posparto. Al inicio, lo confieso, lo único que sentí por mi hija fue la sensación de que alguien se había equivocado. Esa cosita pequeña, tan velluda, tan llena de gritos y uñas no podía ser algo mío. De todos modos cumplí con mis funciones: la levantaba, cambiaba y limpiaba, pero con la misma disposición de quien tiene que sellar tarjeta en un banco.

Me alejé de todas y todos, de cierto modo. Me sentía un monstruo, porque ¿quién puede ser tan horrible de rechazar así a su hija? ¿Quién puede no sentirse feliz cuando acaba de parir? ¿Acaso las mujeres no tenemos ese maldito remaldito instinto materno? Yo solo quería desaparecer, o más bien volver al yo, sola.

Para colmo de males, tuve muchos problemas con la lactancia. Se supone que es un momento íntimo, y si al inicio es algo doloroso, después te conecta mucho con el niño. Patrañas. Yo veía a mi hija como el monstruo que se encargaría de succionarme la sangre, ya que leche no salía. Y me provocaba un profundo horror ver su boquita acercándose a mi pecho.

Creo que quien logró sacarme de ese estado fue ella misma, mi nena. En pocos meses ya tenía esa su sonrisa preciosa, que se me fue quedando grabada. El tiempo pasa deprisa con los niños, y antes de que me diera cuenta ya tenía sus brazos colgados alrededor de mi cuello, me llamaba “mamá” y trataba de hacerme cosquillas cuando me veía triste. Me ganó a fuerza de piel, me impuso su presencia, rompiendo mi resistencia a ser tocada.

Ahora que pasaron los años no puedo imaginar mi vida lejos de esta pequeña. Es más que solo mi hija, es una gran compañera de lecturas, de parques y de vida. Le devuelvo por las noches lo que ella me dio: tranquilidad, esa tranquilidad profunda que se siente en la piel.

Mujer infiel se convierte en alimento de cocodrilos

Iván Gutiérrez inaugura su sección de cuentos negros basados en crónicas reales, en la columna “El revólver del cocodrilo”.

Mujer infiel se convierte en alimento de cocodrilos

Tailandia, 06 de septiembre 2012

Abrió los ojos en el preciso instante en el que el ruido de la calle se difuminaba; y todo en la habitación se internaba en un silencio rotundo, le dolía el pecho y su marido todavía no había despertado. Ya lo tenía decidido, quería renunciar y empezar de nuevo al lado de otra persona. Comenzó a engañarlo exactamente el 29 de junio del año 2012. Todo el tiempo fue cuidadosa, era muy meticulosa en los procesos de borrar sospechas, de elaborar salidas, llamadas telefónicas y encuentros casuales con el amante. Siempre seguían un plan bien organizado, en muchas ocasiones fue el amante quien se encargó en los detalles para cubrir cualquier tipo de susceptibilidad por parte del marido.

El esposo engañado hizo una denuncia de desaparición y no supo nada hasta después de dos días. El 06 de septiembre, el reloj del policía encargado del caso marcaba las 5:20 de la tarde, se habían confirmado las sospechas. Una llamada en la estación denunciaba la aparición de restos humanos que venían de la granja de cocodrilos. Lo primero que vieron fue la mitad de un brazo con la mano cerrada. El oficial colgó el teléfono y antes de irse le dijo a su compañero “el lado bueno, no tendremos que medirle el pulso, sólo hay un brazo nadando por las afueras del río; el lado malo, nunca fui bueno con los rompecabezas”

Interrogatorio.

Después de la llamada en la que le informaban oficialmente que su mujer estaba muerta, el señor Sunai Jisathra se dirigió a la estación de policías para reconocer los videos de seguridad en los que aparentemente se tenía registrado el ingreso de Tiphawan Prakarn al parque de cocodrilos, y posteriormente tendría que dar una declaración.

El señor Sunai Jisathra de 55 años de edad salió de la estación de policía, prendió un cigarrillo y desapareció entre las calles. Caminó lento hasta llegar a un parque. Se sentó en la acera y lloró aproximadamente unos quince minutos. Prendió otro cigarrillo, seguramente la va a extrañar lo suficiente como para no iniciar una relación con otra persona, alguna vez se perderá con alguna puta, le hablará poco y por último recordará a su esposa. Las mujeres con las que llegará a la cama recordarán el caso, le darán un beso en la frente, él se sentirá bien como alguien famoso, prenderá su cigarrillo y la puta dejará la habitación impregnándolo todo con un perfume muy barato.

Después de la declaración y el reconocimiento de la mujer de 33 años, el oficial cerró el informe afirmando que el señor Jisathra no se sentía sorprendido porque la mujer sufría de depresiones el último tiempo. La primera hipótesis era que ella había muerto después de “saltar intencionalmente” en un recinto cerrado donde estaban los animales salvajes. Después de algunos interrogatorios se determinó que Tiphawan Prakarn había conversado con un hombre aproximadamente de 40 años, primero discutieron, hubo un forcejeo y por último un beso, se despidieron, aproximadamente avanzó tres pasos, y la mujer saltó a la boca de los cocodrilos. El hombre está siendo buscado.

Lo último que ella le dijo fue que iba al médico, después pasó la mano por su rostro y sintió como si fuera una gota de agua desparramándose desde la frente hasta la quijada. Su pequeña mano blanca mutaba y se hacía fría, dibujaba las huellas de sus dedos delgados como hilos de una caña de pescar aterrizando en un punto profundo y quieto. Cuando terminó el viaje, hizo un redondo delicado en la punta de la barbilla, sonrió, tomó su cartera y desapareció.

Le dijo que iba a ver a un médico, pero fue hasta una granja de cocodrilos con intención de abandonarlo, o de lo contrario, suicidarse. El informe policial cierra el caso aclarando algunos detalles del supuesto accidente: La señora Tiphawan Prakar falleció por el impacto de la caída, posteriormente fue comida por los animales salvajes.