VENGANZA | Venganza

Este es el cuento de Veronica Adriani, traducido al español por Cecilia De Marchi Moyano. Puedes encontrarlo en la revista dedicada a la venganza.

Venganza

Uno, dos, tres, respira.
¿Sabes cómo es cuando lo tienes allí, ese nudo en la garganta? ¿El aire cada vez más enrarecido, la dificultad de tragar, la sensación de asfixia?
Eso.
Cuatro, cinco, seis. Puedes lograrlo.
Me arrastro fuera de la tina. Cómo, ni yo lo sé. Todavía siento mis pies congelados.
Definitivamente, debería limpiar este baño más seguido. La capa de polvo que me cubre, mezclada con el agua, formando una especie de rastro de saliva negra como si fuera el monstruo de Loch Ness, no augura nada bueno.
Pongo los pies en el suelo, todavía goteando. El tapetito rosado de pelo, ese que me dejó ella como recuerdo de su partida, está siempre en su lugar. Da asco como siempre, pero no lo quito de allí.
Me sirve para recordar lo que hice.
Esa perra.
Trato de secarme con la primera toalla que encuentro. A juzgar por los corazoncitos, supongo que es de ella. Podía llevarse esta también, ya que estaba en eso, en lugar de dejarla aquí para que combine con ese tapete de maricas.
Dios, cómo la odio. Cuánto la amé y cuánto la odio ahora.
Me puse con desgano lo que logré encontrar seco en la casa. Los cajones y los roperos abiertos, una mitad vacíos. Las fotos despegadas de las paredes, incluso están faltando los utensilios de cocina: “yo compré el colador de pasta, acaso pretendes que te lo deje?”. Una casa que alguna vez pensamos como nido de amor, ahora no es otra cosa que una cáscara vacía. Vacía y sucia, porque de cualquier manera no tiene sentido limpiarla.
Verla partir no ha sido lo que más me ha emputado. Esa cara de sabelotodo que me vomitaba encima todas mis faltas, haciéndome sentir responsable incluso de lo que no había hecho. No, no ha sido eso tampoco. Incluso si con la excusa de llevarse sus libros me robó algunas de mis cosas, que ahora no encuentro más, como el último de Chuck Palahniuk. No ha sido eso.
Tal vez tampoco fue encontrarla en la cama con mi mejor amigo. Vamos, yo no estaba, él sí. Yo trabajaba, él no. Las ventajas de estar desempleado: te tiras la mujer de otro. No es poca cosa.
De cualquier manera, con él al final podría haberlo re-suelto. Hasta cuando se fueron a vivir a casa de él, no lo he tomado tan mal.
Es solamente esta noche que no me la puedo tragar. No puedes dejarme empapado bajo el agua cuando voy a pedirte que me devuelvas el vinilo original de Joe’s garage de Frank Zappa. No puedes tampoco hacer de cuenta que es tuyo, maldita perra malnacida. Recuerdo todo de aquel disco, desde cuando lo compré en Bolonia en ese mercadito de Navidad hasta cuando lo tocamos en Año Nuevo de 2009 en casa de Andrea, completamente chinos de la cabeza a los pies. Era mío, y tú te lo llevaste.
Por ti puedo decidir calmarme, por Zappa no.
Me siento en el sofá, enciendo la tele. Ya hablan de ello.
Ver tu trasero que arde, querida mía, es la mayor satisfacción.
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. Pero a mí siempre me ha gustado comer los platos calientes.
Y ahora, muérete.

La vergüenza de ser italianos

En la anterior entrada del blog publicamos un artículo de Veronica Adriani, parte del cuarto número de la revista dedicada a la vergüenza. A continuación les presentamos la traducción al español.

La vergüenza de ser italianos

Traducción de Cecilia De Marchi Moyano

Quien es italiano conoce bien la vergüenza: por toda la vida los italianos son etiquetados como comedores de espaguetis, tocadores de mandolina o mafiosos. Parece ser que en el patrimonio genético de los italianos no haya otra cosa que música, tuco y criminalidad. Como si uno, recién nacido, entonase O sole mio, pidiera fideos con tomate en lugar de leche y amenazara a los otros bebés con extorsión de juguetes.

Estereotipos.

Desde hace algunos años, la situación ha empeorado. Ahora ya no somos “espaguetis, mafia y mandolina” sino “Berlusconi y Bunga Bunga” (no entro en detalles, pero créanme: no es nada dignificante.  En el exterior,  los políticos que denominan Kapo a otros políticos o hacen los cuernos durante las fotos de grupo en una cumbre internacional. Igual no son tomados en serio.

De cualquier manera, estas escenas de las que hoy reímos han creado muchos problemas para los italianos en el exterior. Hace dos años, un joven alemán se sorprendió que sellara mi pasaje de bus: “¡los italianos siempre viajan sin pasajes!”, me dijo. Durante mi último curso de alemán, en Austria, el docente preguntó en qué países fuera más fuerte la emigración de nuestros compatriotas:  una joven albanesa y una rumana no mencionaron intencionalmente Italia, a pesar de que esté entre los primeros lugares de las clasificaciones para la inmigración de los Balcanes y el este de Europa. En el mismo curso, a la pregunta “¿cuál es el personaje histórico más famoso en tu país?” recuerdo muy bien las risitas y el “Berlusconi” susurrado por distintas partes del aula. Y era difícil encontrar rápidamente un personaje (actual) que pudiera hacer de contraste (sobre todo moral).

Porque Italia, tristemente -por causa de la mentalidad de muchos- no es solo Dante, Giuseppe Verdi y Leonardo Da Vinci. Es un país de gente que ha aprendido a arreglárselas como podía, muchas veces pasando por encima de leyes y derechos ajenos. Lo hizo para sobrevivir a las invasiones, a las guerras y a las divisiones internas, pero sobre todo lo aprendió de la mala costumbre política, muchas veces un pésimo espejo de la sociedad. Y muchas cosas no pueden ser negadas.

La vergüenza más grande para un italiano nace cuando habla con alguien que viene de un país donde son válidas las reglas de la vida civil. Por ejemplo, con un suizo que explica que en su país, si no puedes estar presente en el día de las elecciones, puedes depositar tu voto en los días anteriores con la seguridad de que no será falsificado. O con un alemán, que en su país paga por impuestos universitarios menos del 10% de lo que pagas tú por un servicio mucho peor. Nace cuando se caen pedazos del Coliseo o frescos de Pompeya, o cuando en Roma los medios públicos no funcionan por días, dejando a pie a turistas y ciudadanos. O, tal vez, cuando ves alguien que trata de pasar delante de todos en la fila en la oficina de correos o en el supermercado. Porque es cierto –en el fondo- que, si pueden, los italianos no pagan el pasaje del bus.

Pero por suerte viajando y leyendo los periódicos te das cuenta también de algunas cosas. Por ejemplo, que en tu país no hay muchos locos que hacen masacres en las escuelas. Que en algunos países “más civilizados” tienen un grado de corrupción política más alto que el nuestro. Que seremos el país de la pizza y los espaguetis, pero no nos toca la obesidad infantil. Que nuestras universidades sacan del horno algunos de los licenciados con mejor nivel mundial (que van a hacer investigación en el exterior, pero esa es otra historia…). Y entonces te sientes un poco mejor, y la vergüenza disminuye. Solo un poco, tal vez. Pero créanme, no es poco.

Mi abuela

A continuación encuentras la traducción del artículo Mia nonna, de Veronica Adriani, parte del tercer número de la revista Punto Aparte, que puedes descargar en pdf aquí.

Mi abuela

Traducción: Cecilia De Marchi Moyano

Normalmente se tienen cuatro abuelos. A mí me ha quedado una sola, mi abuela paterna. A uno nunca lo conocí, otro murió tres años atrás. Mi abuela materna, en cambio, aquella con la que pasé los primeros 11 años de mi vida, murió el año pasado.

No es que cuando era pequeña no tuviera una familia: todo lo contrario. Solo que mi familia –es decir mi madre y mi padre, ya que soy hija única– trabajaba todo el día. Papá salía de casa aun antes de que me despertara y regresaba a las ocho de la noche o más tarde, según la cantidad de trabajo que había en la oficina. Mi madre salía de casa hacia las nueve entre mi llanto y mis pataletas y volvía poco antes de la cena, teniendo mil cosas que hacer, casi nunca conmigo.

No es sorprendente que mi punto de referencia para la idea de “familia” fuese mi abuela.

No es fácil vivir con una persona anciana dentro de casa, pero de niños eso no se lo comprende. Solamente más adelante, al crecer, percibí claramente que cocinar pasta con salsa de estofado a una niña de seis años para dársela a las cuatro de la tarde como merienda no era del todo normal. Y también que llamar a mi madre cada vez que alguien tocaba la puerta con el terror de que se tratara de terroristas era un poquitín paranoico.

No, en ese momento esas cosas yo no las veía: pasaba con mi abuela todo el día –o medio día, una vez que inicié la escuela– entre mi cuartito y la cocina, entre una telenovela argentina y una minilección de costura, entre una fábula contada cuando estaba en la cama enferma y los ñoquis hechos en casa robados del mesón cuando estaban aún crudos.

De mi abuela recuerdo el perfume del talco y las canciones de los años ’50 cantadas por toda la casa mientras hacía la limpieza. Recuerdo ese acento pesado de quien no ha logrado nunca separarse totalmente del dialecto. Recuerdo los partidos de naipes que jugábamos por las tardes cuando los otros abuelos nos venían a visitar, y partía la clásica pregunta cabrona que solo los abuelos saben hacer: “a quién quieres más, ¿a tu madre o a tu padre?”, pregunta a la que, para gran disgusto de mi padre, daba siempre la misma respuesta.

Abuela era la clásica ama de casa del sur de Italia, dependiente del marido – y una vez viuda, de los hijos – cuyo único objetivo en la vida era encargarse de la casa y dejar al prójimo las demás incumbencias. Pero con nosotros, los nietos, era la abuela dulce, aquella que te cantaba las canciones para hacerte dormir, que te hacía las trenzas de noche para que al día siguiente tuvieras los cabellos con ondas, y que cocinaba para un ejército aunque en la cena éramos cuatro (con el resultado de que el miércoles las reservas de la compra semanal ya se habían terminado)

Abuela se nutría de telenovelas y revistas de cocina. En mi casa no he tenido nunca tantos libros de recetas como en ese periodo: en cada página “interesante” había una hojita, un apunte escrito a mano, con las variaciones propuestas por mi abuela. También porque era golosísima: en mi casa se hacían al menos dos tortas de manzanas semanales –que le salían muy bien y que yo nunca más he logrado reproducir– y ñoquis al menos los jueves.

Abuela se enfermó en los últimos años, y desde entontes nunca más hizo nada de esto. Pero para mí sigue allí, amasando los ñoquis y viendo a Grecia Colmenares, hablando con la televisión como si pudiera escucharla. Para mí sigue allí leyéndome las fábulas con su acento calabrés.

Reflexiones sobre la traducción literaria

Por: Mayra Romero Isetta*

Recuerdo que uno de mis primeros intentos, en lo se refiere a traducción, fue cuando era todavía adolescente; quería saber qué decía Celine Dion cuando interpretaba el tema de la película “Titanic”. Debo admitir que no me fue bien, pues siendo inexperta en el arte de traducción, cometí el error de traducir la letra de la canción palabra por palabra y literalmente.

Ya cuando estuve en la universidad y cursé las materias de traducción, recién pude entender porqué las traducciones que hacía de poemas y canciones carecían de esencia, y sólo parecían un grupo de palabras vacías.

Entonces, fue cuando me detuve a pensar –y esto me llevó a valorar- sobre el trabajo de los traductores y traductoras literarias; pues sobre sus hombros no sólo yace la responsabilidad de transferir un mensaje de una lengua a otra, sino que también deben conservar la intención comunicativa del texto original. Así fue, que llegué a la conclusión que quien se dedique a la traducción literaria también hace las veces de escritor o escritora.

Es fácil traducir si no se considera el contexto socio-cultural y temporal, tanto de la lengua fuente como de la lengua meta, pero ¿el traductor está enviando el mensaje correcto?  Simplemente imaginemos que “Romeo y Julieta” de Shakespeare se tradujera haciendo caso omiso del registro que se manejaba en la época en la que fue escrita. Es un hecho, perdería todo su romanticismo y drama.

Como dice Mario Frías en su artículo Traducción moderna de lenguas antiguas: “Lo que más debe importarle al traductor de una obra es la reacción del receptor, que, en la medida de lo posible, debiera ser la misma que, se presume, tuvieron los primeros receptores del texto original”. Por lo tanto, el traductor debe estar al tanto de la historia, de la cultura y de los cambios por los que atraviesa una lengua. El contexto es el elemento clave para que un traductor deje los tecnicismos y convierta su trabajo en una obra literaria.

No obstante, otro factor que influye muchísimo en la traducción literaria es el conocimiento y la pasión que se siente por un libro o un autor. ¿Cómo puedo causar una reacción en el receptor, si no estoy familiarizada con el texto original? ¿O peor aún, si no hallo en el texto a traducir un motivo para hacerlo de mi agrado?

Una consideración muy personal –pero no dudo que sea acertada- es que quien haya decidido dedicarse a la traducción literaria como actividad profesional, tiene el deber moral de apasionarse por la literatura, para así alcanzar resultados tan o más impactantes que el mismo texto original.

En fin, para ya “terminar” con esta reflexión, el o la traductora literaria, con el afán de mantener la esencia del texto original, prácticamente se convierte en poeta, novelista, ensayista, en fin, se convierte en un o una escritora que “recrea” una nueva obra al traducirla.

*La autora es lingüista.