La abuela que odiaba a los gatos

A continuación encuentras un muy buen cuento de Andrés Indaburu, publicado originalmente en las Apostillas a la Venganza. Buen provecho.

La abuela que odiaba a los gatos

Mi abuela odiaba a los gatos. A mí siempre me han gustado.

Cuando nuestros padres nos trajeron de regreso a un país que eramos demasiado jóvenes para recordar, nadie habló de los motivos de nuestra partida. Pero habíamos vivido cuatro años en México por alguna razón de fuerza mayor y no fue sino hasta que regresamos a Bolivia que escuchamos por primera vez las palabras desaparecido, preso político, represión y dictadura.

La primera en encontrar empleo fue la mamá, y nos pensionamos en un restaurante del Prado. Luego el papá encontró trabajo y pudimos ir al cine los sábados. Después nos mudamos a un piso en la 6 de Agosto junto a un snack que vendía unos donuts y helados de máquina que no estaban nada mal. Pero hasta que eso fue posible, tuvimos que vivir con la abuela en una casa vieja con las paredes pintadas de verde y el piso embaldosado. Un lugar refrescante y sombreado de haber estado en Macondo, pero insoportable para el clima de La Paz.

Cuando regresábamos a ese congelador gigante después de haber memorizado fechas de derrotas y nombres de mártires en el colegio, nos pasábamos la tarde contando los minutos para que la mamá regresara de la oficina y correr a envolvernos en los flecos de su ruana, aspirando ansiosamente su perfume a cosa viva.

Siempre nos traía algún regalo. Normalmente papas fritas. Nunca sentí tanta felicidad como cuando recibía una de esas bolsas blancas de plástico grueso decoradas con alguna caricatura que luego recortábamos y guardábamos en una vieja caja de zapatos North Star. ¡Qué lejos estaban los sonidos juguetones y los colores vivos de la Gran Tenochtitlán! Mis padres habían sobrevivido al exilio sin que nos diéramos cuenta de la suerte que habíamos tenido. Pero ahora estábamos obligados a vivir lejos de mi barrio y mi ciudad, y nos habían puesto de niñera a la momia de Guanajuato. Los niños no tienen bagaje ideológico para soportar esas cosas. Simplemente se amargan, se cabrean y lloran cuando nadie les está mirando.

II

Una tarde, en un torpe intento de hacerme un regalo,  la abuela me dio una cartuchera que me iba demasiado grande y  no iba en la cadera sino debajo de la axila. Sin saberlo, la abuela me había regalado una sobaquera de verdad que algun compañero falangista se dejó olvidada. Porque además de ultracatólica, la abuela había sido facha. En su sótano podías encontrar cartuchos vacíos y ejemplares de La Antorcha mordisqueados por ratones. Era imposible mirar el Monstruo Milton en la tele porque siempre tenías un ojo puesto en algún Cristo cuzqueño abierto en canal a latigazos o alguna virgen con el corazón atravesado por siete sables. O en ese pobre Niño Dios de cera que alguien se dejó al sol por accidente, dejándolo desfigurado y temible, como el anticristo sonriente de algún Belén infernal.

Todo ese arsenal de imágenes invadían mis sueños, aunque intentase pensar en algo bonito para no enloquecer de terror: En mis papás, en los domingos en el Laikakota, en la virgen María, en el niño Jesús, en el Chavo del ocho, en el pato Saturnino. Pero nada funcionaba, y los miedos no se evaporaban con el amanecer.

Por las tardes, mi abuela recibía visitas. Casi siempre alguna beata como ella. Enfermas de cataratas, seniles o faltas de yodo con enormes tumores colgándoles del cuello. Con parientes en la cárcel, con problemas de dinero. Daba igual el día que fuera, sentarse a tomar el té con mi abuela y sus protegidas era asistir a la parada de los monstruos.

III

Una tarde, mirando Cajón de Juguetes, esperando a que empezara Sankuokai, vi por la tele a un afable alemán tejiendo un jersey para uno de sus hijos y me entró la curiosidad por aprender a tejer. Ese domingo aproveché para preguntarle a la ahijada de mi abuela si quería enseñarme a tejer y ella me dijo que le pidiera unos palillos prestados a mi abuela y me enseñaría con mucho gusto.

El cabreo de la momia fue monumental.

Me gritó durante casi cuatro horas frente a todo el mundo. Me dijo que esas eran cosas de mujeres. Que los hombres no podían aprender a tejer. Que si lo que quería era convertirme en mujer ya podía empezar a ponerme la ropa de mi hermana. Que lo que me hacía falta era recibir una tanda de correazos para que se me quitaran esas ideas de invertido. Todavía puedo sentir cómo caían mis lágrimas en el ají de fideos que luego tuve que tragarme frío, mientras mi abuela daba rienda suelta a un furor del todo innecesario, sin que uno solo de entre todos mis parientes alzara un dedo para defenderme.

Vieja bruja.

IV

La abuela fue hija natural de una terrateniente paceña de alta cuna y algún hijo de puta alemán que la dejó preñada y luego la abandonó.

Los únicos regalos que recibió durante su niñez fueron un vestido nuevo por navidad y otro por su cumpleaños.

Cuando la bisabuela volvió a casarse y tuvo una hija como Dios manda, mi abuela tuvo que cuidar de su media hermana y verla brillar envuelta en sedas y vestidos nuevos hasta que se la llevó un maravilloso marido con quien partió a Buenos Aires y no se supo más de ellos. Dicen que mi abuela estaba enamorada de él.

Se casó dos veces, y en ambas ocasiones enviudó a los pocos años. A los veinte años ya era viuda de guerra. Sacó adelante a tres hijas dando clases de corte y confección. Fumó dos paquetes al día hasta que perdió los dientes y dejó de fumar gracias a su obstinación y unos ingresos que no le permitían costearse ningún vicio si lo que quería era poner comida en la mesa. Se echó un par de canas al aire. Bailaba tango y charleston y en sus fotos de joven no estaba nada mal.

Una tarde le pregunté, solo por preguntar algo, qué recordaba de la Guerra del Chaco y aunque empezó dándome evasivas, terminó contándome todo lo que le había tocado vivir con un talento de narradora y un virtuosismo de detalles que todavía me ponen la carne de gallina. En esas tres horas aprendí más de historia que en todo un semestre y creo que la abuela se sacó algún peso de encima porque desde entonces me empezó a tratar un poco mejor. Pero su bondad llegó a destiempo. El veneno que había inoculado en mí se había añejado y descubrí que aparte de vengativo, había aprendido a ser un hipócrita.

No estuve ahí cuando se murió, ni asistí a su entierro. Estaba en la Cinemateca, creo que echaban una de Gus Van Sant. De vez en cuando tuve algún ataque de tristeza epidérmica, pero (seamos sinceros) lo primero que leí en una pared cuando lleguamos a La Paz era un papel descolorido que proclamaba NI OLVIDO NI PERDÓN, y debo de haber interiorizado esos conceptos demasiado bien.

Ahora me doy cuenta de que la abuela no era más que una mujer difícil que llevó una vida que nunca quiso llevar, y me pregunto si no nos parecíamos mucho más de lo que nos habría gustado aceptar y por eso íbamos siempre a la greña. Pero ni soy ni he sido realmente un buen tipo y ni ella ni yo tuvimos la grandeza de alma para mejorar con el sufrimiento. Solo fuimos buenas personas cuando fuimos felices. Que en el caso de mi abuela no fue mucho. Y en mi caso fue un poco más, pero uno nunca es lo suficientemente feliz cuando el vaso está medio vacío.

Todavía tengo pendiente esto de aprender a tejer. Lo haré cuando el knitting deje de estar de moda. Por alguna razón, últimamente me ronda por la cabeza la idea de tejer una bufanda enorme y lanuda con la mejor lana de angora que pueda encontrar para ponerla en su tumba cuando vaya a visitarla. Incluso puede que me siente un rato a conversar con ella y le pida que no dé demasiada guerra donde quiera que esté.

Pero para eso tendré que pedirle direcciones a alguien, porque nunca he sabido donde queda su tumba.

Y no me molestaré en averiguarlo hasta que haya aprendido a tejer.

La venganza como una forma más de la memoria

Este es un ensayo de Christian J. Kanahuaty, publicado en las Apostillas a la Venganza. ¿Alguna vez sentiste que el blanco de tu venganza eras tú?

La venganza como una forma más de la memoria

Si uno pudiera perdonar sería realmente horrible la vida. No quiero decir que uno deba salir y matar para cobrar venganza o revancha por algo sucedido hace un tiempo. La venganza es una forma de la memoria, es la manera en que la memoria no permite perdonar ni olvidar.

No quiero hablar de esa venganza dirigida a otro, a un tipo que simplemente nos puso chicle en el asiento del banco o se metió con la chica con la que salíamos ni al tipo que le rompió la nariz a tu madre. No, de ellos no hablaré. Más bien hablaré de esa venganza contra uno mismo. Del autocomplot. De la vergüenza que uno siente cuando se encuentra culpable de un crimen que ni sabe que cometió pero que reiteradamente se encarga de purgar a como dé lugar. La venganza de no ser feliz, por ejemplo.

Cuando uno comete un error no está dispuesto a asumirlo y corregir en el acto las cosas. Lo que hace es sacrificarse, inmolarse y luego con el tiempo siempre, siempre sabotearse y decir que uno no sabe cómo hacer cierta cosa o no sabe cómo actuar y por eso debería pagar una culpa. Una culpa cuyo precio no sólo es repetir y repetir la misma historia sino dejar historias sin terminar y no permitirse uno mismo afrontar nuevas cosas, se encierra en un proyecto que está condenado desde el principio.

Las palabras, los símbolos, las imágenes y ciertas canciones, en ese momento son las herramientas del destino macabro de la venganza. Una venganza sistemática donde no quedan piedra sobre piedra en nuestra autoestima y nos hacemos daño. Un daño tan terrible y concreto que no sanará ni con todo el tiempo del mundo. A menos a que aprendamos a olvidar, pero como eso no siempre es posible, por lo menos habrá que aprender a perdonar.

Hay ocasiones, incluso en que la venganza no es planificada, simplemente aparece, se hace sentir y llega. A veces en un buen momento, casi siempre lo hace en un buen momento de nuestras vidas, cuando creemos que todo empieza a salir bien, ahí aparece el verdugo de nuestra felicidades que es la venganza. Algo que hayamos hecho, por mínimo que sea, toma cuerpo y se adapta a nuestra nueva realidad y desde ahí atenta contra nuestro mente y nuestra paz psíquica y adiós felicidad. La venganza la hacemos nosotros contra nosotros. Yo contra yo. El yo que quiero ser contra el yo que se sintió mal por algo en el pasado. Resolverlo es un proceso de introspección y de autointerpelación consciente, sin miedo ni dudas, un acontecimiento de demolición, donde uno ya no puede dejar de ser el mismo, porque una buena parte se fue, con la venganza incluida, si tenemos suerte.

La venganza, puede matar el alma, puede ir más allá y dañar el cuerpo cuando uno mismo siente que es el cuerpo de carne y hueso el culpable de los fallos y maltratos recibidos por otras personas. La venganza está viva y la alimentamos con el dolor, la frustración, la soledad y el abandono. No la dejamos enjaulada, no se ríe de nosotros, sólo aguarda agazapada el mejor momento y ahí da el zarpazo, de un toque te vuelve de agua y te lanzas a llorar y te resquebrajas y te olvidas de todo el camino que recorriste. Así, te olvidas de lo que eres y de lo que tienes para dar y sobre todo, del por qué muchas personas aún te cuentan entre sus amistades. No sé si eso tenga que ver con tu autoconcepto o con las múltiples imágenes que lanzas o la manera insistente en colocarte en situación de permanente víctima. Pero lo cierto es que a pesar de que ejerces venganza sobre ti, hay otras personas que no desean dañarte ni ajusticiarte. Y es muy posible que las amistades que tienes te saquen poco a poco de ese hueco profundo que cada día excavas para enterrarte en él. Quizá, un día, decidas dejar de ejercer violencia sobre ti y seas una persona un poco diferente.

Pero a la venganza no le gusta eso, a ella le encantaría que siempre te lamieras las heridas y que estuvieras sosteniendo interminables soliloquios. Donde una y otra vez en el espejo veas tu rostro y sólo en esa figura demacrada veas al culpable, al que debe pagar por todas las horas previas de dolor o de miedo o de silencio.

Yo no sé si habrá solución para no sentirse víctima y victimario al mismo tiempo, a veces me parece que uno está ahí al lado del otro, como hermanos siameses, y explotan cuando algo nos molesta y no lo podemos resolver. No les sucede a todas las personas, pero a muchas nos ha pasado, espero que no a tantas. Pero lo que sí es seguro es que no hay que convertir la venganza en perdón, porque eso implica una situación de igualdad. De reconocer el poder del mal y el poder que tiene también el olvido y el perdón. Aquí hablo en una situación interna. Quieres vengarte de quien odias y odias a quien quieres vengarte. Y a veces odias y ejerces venganza contra ti mismo. De eso hablo., de uno mismo. De esa situación de uno contra uno, frente al espejo, en soledad.

Al parecer es un tema que da para mucho y genera muchos hijos: odio, por ejemplo y luego miedo. Y uno se vuelve incapaz de salir de esa espiral. A menos que reciba un golpe muy fuerte o una emoción muy completa lo contraiga y lo haga tocar fondo, una vez más, pero con otra idea. La idea de abandonar el odio.

La venganza del platillero

En las Apostillas a la venganza publicamos este cuento de Mijail Miranda Zapata. Muy recomendable. ¿Sabes qué es una wilancha?

La venganza del platillero

La noche cayó de golpe. Llovía. La morenada se acompasaba con las gotas que caían lentas, pesadas. El Choco Bonifaz venía en la primera fila de los platillos. La Real Intercontinental Andina alistaba la coreografía estelar. Chas, chas, chas, silencio, chas, silencio, chas, silencio, chaaaaasssss. Y el júbilo se desata, el ingreso de la banda es apoteósico, glorioso; en las graderías se multiplican los abrazos, alguna lágrima cae, un sexo se humedece y la cocaína de repente corre con más entusiasmo que el alcohol. Chas, chas, chas, los capataces del ritmo azotan el menguado cuerpo del danzante. Chas, chas, chas. El Choco Bonifaz aguza la mirada, entrecierra aún más los ojos de por sí chinos. Sus ojos bailan, en su propio espectáculo, su propia batalla, de izquierda a derecha peleándose con las lentejuelas los escasos haces de luz. Lo presiente ahí, en el tumulto de cuerpos ebrios de cerveza y carnaval. Lo busca, quiere darle una lección.Entonces un brazo lo toma desde atrás y por el cuello. El Choco enmudece, cierra los ojos, se estremece, se sabe desprotegido en medio de una multitud que celebraría un espectáculo de sangre. Casi siente el puñal atravesándole los intestinos. Chas, chas, chas. Un susurro, leve, suplicante. Choquito, llévame contigo.

El Choco despertó con los hedores de la habitación. Violentamente algo había penetrado por sus fosas nasales y parecía habérsele incrustado en el mismísimo cerebro. Sudor, sexo, carne podrida, el perfume barato de la Rossi y su tufo alcohólico; todo junto como una bala con esquirlas. Aquella mañana la ciudad parecía estar a punto de estallar. Era inevitable, en la alta puna se condensaba una fauna de proporciones dionisiacas. “El Palmeras”, en apariencia, era el único sitio apacible. Para los recién llegados era muy temprano para irse de putas. La diversión en la casa había terminado la noche anterior. Celebraban una fiesta privada en la que todas eran libres de llevar al acompañante que quisieran. Menos maricones, decía el Luigi, asegurándose el protagonismo. Era la única ocasión del año en la que “El Palmeras” cerraba las puertas a los clientes. Las mujeres ya se habían agasajado como correspondía.Ahora se avecinaban la verbena y el sábado de peregrinación. Son días fuertes Choquito, no me has de ver. Resignado, Bonifaz decidió desquitarse aquel Jueves de Comadres. Así comenzaba el carnaval del Choco.

El Oso perdió la ruta temprano. Cabalgando en anfetaminas y tras casi 6 horas de insoportable carretera, encaró Oruro casi con odio. Apenas entrando a la ciudad detuvo bruscamente el jeep y se bajó a vomitar. Alzó la mirada, quiso imaginar el antruejo de los Andes, no pudo. Volvió a vomitar. El frío le calaba los huesos. Un zumbido comenzó a calarle los tímpanos. Cerró los ojos, creyó ver que sus párpados se hacían transparentes y que desde la tierra emergía una columna de morenos en ajuares albirrojos, todos encadenados, ensangrentados, con imponentes cornamentas ascendiendo hacia los cielos. Es lo último que recuerda. Despertó casi sin darse cuenta. Algo como una indignación parecía nacerle. Dormía sobre una payasa de paja tendida en el suelo. La habitación era oscura, de paredes celestes, grasientas, un poco de sol penetraba por un imperceptible ventanal de cuatro pequeños vidrios catedral. Al entrar, Sasi adivinó rápidamente el desconcierto de su amigo:No te han querido aceptar en el hotel.Hijos de puta, masculló el Oso. Apenas abandonando su letargo, casi mecánicamente, revisó la funda sobaquera que lo acompañaba siempre. Apaciguado, acarició el Colt Anaconda calibre .44 que su padre le había dejado al morir.

Lo que necesitas es un buen polvo, dijo entusiasmado el Sasi. El Oso, en cambio, apenas podía entender lo que su compañero de viaje le decía. Te voy a llevar al mejor putero del país. El muchacho abandonó sorpresivamente su ensimismamiento y no daba crédito a lo que acababa de oír. ¿El mejor lenocinio de Bolivia? ¿En Oruro? Y es que no tenía la mínima idea del exhaustivo proceso de selección que había en “El Palmeras”. La casa de putas del Luigi en carnaval era otro cuento. Cientos de mujeres venidas de los lugares más insólitos. Entregadas a la histeria misógina del dueño. Las insultaba, humillaba, incluso las golpeaba para luego echarlas. Bisnes son bisnes, mi reina. Las pocas afortunadas que satisfacían las exigencias del travesti, eran encargadas a Rossi. Ella estudiaba enfermería, improvisaba un inútil examen médico que consistía en desnudar a las postulantes y hallarles algún defecto físico. Todas calificaban.

El sol caía perpendicular, el corazón de la ciudad palpitaba vehemente y un halo subterráneo brotaba hipnóticamente. Si no duermes conmigo mejor te vas, Choquito. Bonifaz odiaba esos juegos. Se levantó de un tirón, recogió sus enseres del piso sin escuchar la despedida y las recomendaciones de Rossi, abandonó “El Palmeras”. En la puerta el Sasi y el Oso aguardaban impacientes. ¿No nos atienden?, reclamaron a dúo. Está cerrado, respondió altivo el Choco. ¡Carajo, a mí no me hablas así pendejo! Bonifaz guardó silencio, fijó la mirada en el rostro del Oso. Guardó con precisión cada rasgo, cada mueca, cada defecto, el joven estaba marcado. ¡Qué me mirás, cholo hijo de puta! Dentro de la casa se oyó el taconeo diligente de Luigi. El Choco se abrió pasó entre los muchachos y se marchó. ¿Pero, qué sucede? Entren chicos, por favor, dijo con maneras exageradas. El Oso y el Choco voltearon las cabezas. Se observaron con rencor. Ambos tenían la seguridad de que no sería su último encuentro.

La sangre aún se sentía fresca en las manos de Rossi. La sempiterna picardía de su sonrisa estaba completamente extinguida. En la melancolía de sus ojos ya no había espacio más que para aquel crepúsculo. El Choco abrazó con fuerza el menudo cuerpo de su novia, quiso ofrecerle la seguridad que ella consideraba desaparecida. Con los platillos atados bajo el brazo izquierdo y Rossi en el derecho, Bonifaz abandonó el recorrido de la peregrinación. Con demasiada incomodidad se abrió paso entre borrachos, ladrones y comideras. Lanzó algunas patadas al azar, no recibió ningún reclamo. Nadie sentía nada. La ciudad, con sus anfitriones y visitantes, estaba sumergida en una anhedonia inexplicable. Entonces, el Choco y Rossi franquearon las masas y de a poco se internaron en el vacío, habitado solamente por algunas edificaciones de construcción por siempre inconclusa. Cruzando el umbral hacia la casa del Choco, la mujer se desvanecía. Perlas de sudor helado poblaban sus sienes. La lividez parecía consumirle la vida. ¿Qué ha pasado?, preguntó exaltado Bonifaz. Uno de los chicos de ayer en la mañana ha regresado a la casa. Pero, primero cúrame, te voy a indicar.

Van a cagar, fue lo último que se le oyó decir. Salió quebrando lo que encontraba a su paso. Destruyó a patadas los tradicionales cántaros que contenían las palmeras artificiales que le daban nombre al lugar. A ver chicas, no pasó nada; se apresuró Luigi. Pero qué chiquito ese, murmuró para la Rossi. Con una sincronía preocupante cruzaron miradas. Sabían que el muchacho volvería.

Cae el sol. Seis disparos. Precisos, potentes, sin retroceso. Calibre .44 Magnum, de un solo tiro te vuela los sesos. Seis. Bang, la Maggie, bang, la Celine, silencio, bang, la Rossi grita clemencia, se toma el hombro herido. Bang, bang, bang, el Luigi, silencio. La joven abraza el cuerpo inerte de su hermano y oculta la mirada ante su rostro desfigurado.

Rossi duerme. El Choco la besa, también besa sus platillos, ya vuelvo, les susurra. Camina con precisión felina, puma de los andes; de la Real Intercontinental Andina. Halcón en busca de su presa. Piensa en “la casa”, la familia: Maggie, Celine, su cuñado el Luigi. La ciudad no puede más con su adormecimiento y se extingue, unos pocos minutos, unas pocas horas. Silencio, casi absoluto. Soy un hombre solitario, canturrea extasiado un hombre solitario. Silencio. Llega el alba, el sol nace, la ciudad resucita. Chas, chas, chas. Doblando la esquina, tendido en arco desde un vetusto portón hacia el suelo, el Oso duerme el sueño de los inocentes. No le corresponde, piensa el Choco. Bonifaz, imperturbable, casi religiosamente, levanta el cuerpo del asesino. Lo carga en hombros con fortaleza inesperada. Sube con esfuerzo las callejas que lo conducen a su casa. Al llegar suspira. Sonríe.

El silbido del torno y los platillos pone alerta al Oso. Abre los ojos con demasiado esfuerzo, tarda en comprender su situación. Está atado por los pies y la mano izquierda a una pesada silla metálica. Automáticamente, una vez más, acerca su mano derecha, la única que tiene libre, a la funda sobaquera. Colt Anaconda, calibre .44, siente más satisfacción que nunca, agradece a su padre muerto. Lentamente desenvaina el revólver, apunta hacia el Choco, a unos cinco metros, al lado derecho del torno. Aprieta el gatillo. Te has quedado sin balas, huevón. El Oso siente que el corazón le estalla, que un relámpago frío lo quiebra. Se orina los pantalones. A una distancia mayor a la del Choco, el chillido de unas oxidadas bisagras anuncia la llegada de Rossi. Ingresa con soberbia, confites y cerveza. Martes de ch’alla. Mirá, se ha hecho pis. Como los corderitos, dijo con fingida ingenuidad. El Choco continuó su faena inmutable. Al cese del silbido: chas, chas, chas. Los platillos presumían un filo quirúrgico. ¿Sabes qué es una wilancha?, preguntó. Chas, chas, chas y una línea rojo carmesí atravesó pecho y vientre del Oso.

Sin apuro, sin demora

Este es un artículo de Alexis Argüello, que se encuentra en el suplemento Apostillas que publicamos a inicios de abril. Buena lectura.

Sin apuro, sin demora

Para Andrea Callejas Herrera.

Es la espera del abandono que inquieta. Y no se va.

Es la espera, y la espera del abandono, que paciente se queda. Aquellos clientes chilenos que desordenaron mis estantes y reacomodaron sus recuerdos; posibilidad y expectativa. Es el recuerdo, y la espera de su abandono; lo que lleva a bajar la cabeza, desde el mentón hasta el más llamativo de los cabellos parados; lo que inquieta; lo que lleva a blandir los puños y, conscientes o no, clamar, reclamar Venganza.

El número acumulado de NO(s), el número inflado de SÍ(s). Recuerdos que van tras de algo más que recuerdos. Recuerdos, siempre en busca de algo más, entre la espera del abandono que inquieta… Y no se va.

Toda esa gente que olvida rápido su enojo, minutos después, ya sufre de Alzheimer; de Síndrome de Korsakoff, sufre los efectos de la Ley de Ribot, sufre por no sufrir, por haber sufrido un cambio o… mejor dicho, no haber sufrido ninguno…

He sido interrumpido, ocurre a diario. Cobro el precio convenido; me vendo y no. Sonrío. Suena de fondo Te eché al olvido, de Estanis Mogollón, interpretado por Tony Rosado.
Errven Torrez, cantando el tema, me enseñó a cantarlo, me enseñó a no perdonar y a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.

Eco no perdona a Narciso, Apuleyo no perdona a Eco, Umberto no perdona ni a Apuleyo ni a Narciso ni a Eco. Borges dice: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Anónimo dice: “Hay un hombre que no olvida: el olvidado”. Me quedo con Anónimo y Errven Torrez que, ya lo dije, me enseñó a decir: “Ese fue tu gran error” y “No me lo digas, demuéstralo”.

El espejo, no hoy, no ayer, me lo ha dicho: Hay casas, casos, cosas que no se recuperan, que no se olvidan. El televisor, la radio, el periódico y los libros de texto me dicen lo contrario. Me quedo con el espejo que sólo se contradice cada que me contradigo… yo. La subjetividad siempre ha sido colectiva, y es por eso que prefiero callar cada que veo a más de dos personas vistiendo la misma marca y riendo con los mismos chistes de siempre; prefiero callar porque supongo que comparten una misma interpretación y que, tal interpretación, no se presta a interpretaciones… responde a una “verdad”: “la verdad de todos”. Esa clase de gente, dirán algunos, debería causarme desprecio, pero no; en estos casos uso la palabra desencanto. El desprecio llama a la acción y el desencanto sólo a la lástima y apatía. Tal vez, para hacer algo más que sentir lástima, debería imprimir y repartir tarjetas que lleven la siguiente frase de Nietzsche: “No hay hechos, hay interpretaciones”.

Son tiempos en que, para los lectores de Foucault, las ciencias humanas se desarrollan para conocer al hombre y dominarlo mejor; la razón de la opresión y la opresión por la “razón”. Son tiempos de Venganza, o mejor dicho, tiempos para identificar el momento adecuado, el momento de la Venganza; si es que tal no ha pasado ya, claro. El paso que antecede al primer paso, es el primer paso; el más difícil de todos. Identificar el Cuándo. Esperar como el fotógrafo y el cazador que, llegado el momento, al presionar sobre algo presionan sobre sí mismos. La Venganza, lo mismo, requiere de paciencia, de actuar sin apuro y sin demora, exige el ritmo exacto y la mirada de la “víctima”, requiere su atención y conciencia en el momento en que se desarrolla; si no, no es Venganza.

Venganza.

Pocos son los Actos de Venganza, contados son los que no han sido confundidos. El victimario, hoy es casi regla, asume el rol de víctima, niega el rol y la existencia del contrario, despojándole de todo; incluso de su condición de víctima. Pocos son los Actos de Venganza y, aunque es lo que se acostumbra, no, no se puede considerar Acto de Venganza al abuso y agresión que, socapado en excusas, termina en abandono o asesinato. La Venganza es lo más cercano a la justicia y se comete de pocos a muchos; sí, en ese orden, siguiendo la dinámica de cierto superhéroe de cuyo nombre no me quiero acordar. Es cierto, no devuelve la felicidad pero, ¿quién hoy en día es realmente feliz?, ¿acaso necesariamente venimos a este mundo para ser felices? La Venganza atenta contra lo reiterativo de uno o más recuerdos que abren la herida; sí, esa herida que amenaza con no cerrar. Exagera los hechos o, mejor dicho, los toma por primera vez en serio.

Acto poético cuando se hace en nombre de todos y cada uno, y cursi cuando se hace en nombre del “amor”. La Venganza es, tal vez, el único mecanismo de defensa ante lo frustrante de vivir una vida que no quiere ser vivida por nadie; una vida, la suya, por ejemplo, que dice “Lo quiero todo” cuando quiere decir “No sé lo que quiero, no quiero nada”.

Todos conocemos, o creemos conocer, el etimo de la venganza. El primer Acto de Venganza, un acto que nos ha llevado a declararnos una guerra tímida, que además se pone vieja con el pasar de los años; acto que no genera escarmiento, siendo eso, precisamente eso, lo que se ha esperado, lo que se espera y se sigue esperando. Esperamos la llegada del último Acto de Venganza, creyendo haberlo identificado y desengañándonos a diario. Esperamos, la espera del abandono, repantigados en un cómodo sillón, dentro de un café, con café en mano y, detrás de una ventana, detrás del vidrio. Esperamos, como espectadores, no como partícipes. Esperamos el último Acto de Venganza, en vez de cometerlo… O tal vez, prestos a interpretaciones, simplemente… “No me lo digas, demuéstralo”… esperamos cobardes… “Ese fue tu gran error”… el último acto de perdón.